España 36 10 24 y 31
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España 36 10 24 y 31
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España en llamas (11) La SI 24/10/36  p.1-2,6-9
España en llamas (12) La SI 31/10/36 p.1-2,6-9
La Semana Internacional y la Guerra Social Española (aviso a los lectores) La SI 31/10/36 p. 6

68. Otra consecuencia: los odios interregionales (continuación)
            En los tiempos de las dinastías extranjeras los políticos y palaciegos azuzaban las inquinas entre las varias lenguas y regiones para poder mantener su mandonismo. Aún escritores de mérito, de esencia palaciega, echaban leña al fuego de las discordias regionales. Así, en el siglo de oro, mientras el inmortal Cervantes era radicalmente hispanista, sosteniendo las personalidades regionales, el travieso Quevedo, palaciego mucilaginoso, que se arrastraba por las antesalas de los grandes y carecía de moral, escribía folletos virulentos y sin mérito contra Cataluña, defendiendo las más disparatadas teorías, siempre esperando la recompensa de los adictos al conde duque de Olivares, funesto flagelo de España, responsable de la separación definitiva de Portugal.
            Las guerras entre regiones (entre Castilla y Navarra, entre Castilla y Cataluña) de tal modo envenenaron las conciencias, que dos siglos después, a través de nueve generaciones, todavía perduraban odios y rencillas. Fueron particularmente funestos en este sentido los reyes de linaje extranjero: Felipe ll, que aplastó a Aragón, Felipe lV, que quiso suplantar los derechos Portugal y Cataluña, y Felipe V, el primer Borbon, francés, que azuzó miserablemente los odios entre Castilla y Cataluña, no trepidaron en entregar Gibraltar a los ingleses, confirmando esa traición nacional las Cortes castellanas, en odio a los catalanes.
            Como ejemplo de permanencia de odios regionales se puede citar los que todavía están vivos en los portugueses (región de España), desde 1630, después de transcurridos tres siglos.
            Afortunadamente, la guerra de la independencia contra Napoleón, que exigió que cada región tirase por su lado, operando independientemente, borró algo esos odios. Pero a poco, veinte años después, con motivo de las guerras carlistas, volvieron a avivarse. Navarra, Vascongadas y Cataluña se alzaron contra Madrid en guerras sangrientas el siglo pasado, a las cuales hemos aludido. Y esas guerras carlistas eran netamente regionales: regiones enteras (las de habla no castellana) contra regiones enteras.
            Cuando, a principios de este siglo (treinta seis años atrás), España vivía su trágica derrota colonial, en manos de un ejército primitivo, como era el norteamericano, parecía que se serenasen un poco los ánimos desde este punto de vista regional. Pero, bien pronto renacían los enconos. Bastó que en Vascongadas y Cataluña naciesen los partidos regionalistas, reclamando derechos evidentes, para que los partidos de la monarquía pusiesen su máximo empeño en envenenar las relaciones interregionales. Era un crimen. Pero, ¿cuántos crímenes no cometieron esos partidos históricos, con tal de poder perpetuar su dominación sobre España? Se distinguía en este sentido uno de los hombres más funestos y antipatriotas (y saturado de ignorancia bajo formas de elocuencia periférica): Moret, el cual, como explicábamos en otra ocasión, sacaba a Lerroux, agitador comunista, de una imprenta madrileña y lo enviaba, a sueldo secreto de la monarquía, a Barcelona, para que soliviantase a la masa obrera contra sus patrones. De ese origen monárquico y oficial nacía esa terrible oleada anárquica actual en las masas obreras catalanas.
            En estos últimos años hubo un poco de serenidad entre Castilla y Cataluña y un endañamiento entre Castilla y Vascongadas.
            La causa del entendimiento castellano-catalán estaba en los escritores castellanos, todos los cuales se pusieron a favor de la lengua catalana y de los derechos catalanes: los Quintero, Ortega y Gasset, Benavente, Marquina, Pérez de Ayala, cuanto valía en las letras castellanas, que según los consejos del inmortal Menéndez Pelayo, partidario de la igualdad de derechos entre todas las lenguas hispanas y de una radical autonomía en todas las regiones que tuviesen personalidad histórica y étnica.
            Pero, mientras entre Cataluña y Castilla se fundamentaban las buenas relaciones por medio de los escritores castellanos, entre Castilla y Vascongadas las diferencias se ahondaban, y aun entre Vascongadas y Navarra, regiones hermanas, nacidas del mismo tronco racial. Vascongadas se alzaban en fortaleza nacionalista, no queriendo nada con los carlistas. Y Navarra reafirmaba su carlismo al revés, pues, mientras conservaba el nombre, había renegado de los magnos ideales del viejo carlismo.