España 37 01 16
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Ha fallecido Miguel de Unamuno  La SI 16/01/37 p. 1
España en llamas (22) La SI 16/01/37 p. 5-6

            Recientemente, con motivo de la mala mano con que Unamuno entró en la guerra social española, formando entre las derechas e inmediatamente criticándolas acerbamente, hacíamos un sencillo juicio sobre esta discutida personalidad que acaba de pasar las fronteras de esta vida. En rigor hablando, nada tendríamos que añadir. Aquél juicio, bien está.
            Unamuno ha sido, tal vez, el más destacado literato del 98. La generación del 1898, formada por una veintena de escritores-filósofos -entendiendo esta filosofía en compás menor- se distinguía por estas dos características:
            1ª una embestida formidable contra la España tradicional por amor a España.
            2ª una gran erudición y fuerte cerebro, carente de toda base filosófica seria.
            Así, al lado de Unamuno, Azorín, Araquistain, Baroja, Maeztu, Alomar, Ortega y Gasset, para no citar más que la media docena que capitaneaba el nutrido grupo que, bajo la batuta espiritual de Ganivet y Joaquín Costa, se entregaron a “europeizar a España”. Han andado tal las cosas, que ahora no se recatan hombres como Keyserling y Waldo Frank de decir que hay que dedicarse a “hispanizar a Europa”, es decir, al mundo.
            Miguel de Unamuno era “un gran cerebro destructurado y guiado por un noble espíritu de contradicción pro vencidos”. Nadie podrá negar el cerebro extraordinario de un hombre que lo ha plasmado en libros en todos los cuales van substancias botadas por todas las páginas. Si ese hombre hubiese sido “estructurado y normal”, hubiera sido un Belloc, tal vez un Balmes, porque tenía la chispa genial y el olfato mental de éste. Habría sido, además, menos conocido, como es poco conocido el formidable profesor inglés que acabamos de nombrar.
            Pero Unamuno era un caso vivo de anormalidad patente. Esta anormalidad se distinguía, principalmente, por tres características: La contradicción, la vanidad, el amor a las causas vencidas.
            Unamuno contradecía siempre. Se alzaba contra un cura o un obispo, y hacía triza la religión ritualista que prima en tantos sectores. La crítica alababa su anticlericalismo. E inmediatamente cantaba él una oda heroica al cristianismo y a la religión. Cuando la ineptitud del rey primaba en España, Unamuno era republicano. Cuando la ineptitud de la república sucedió a la real, Unamuno fue antirrepublicano. Al dominar Gil Robles era izquierdista furibundo. Cuando Azaña gobernaba, era antiizquierdista acérrimo. Al alzarse las derechas ahora fue antiazañista. Al mes, era antiderechista.
            Este prurito de contradicción –que le valió buena parte de su renombre- lo llevó a extremos absurdos, que delataban su escaso vigor filosófico e histórico. Por ejemplo: el renegar de la tradición nacional y su antivasquismo. Unamuno no ha sabido ver lo que han visto extranjeros como Frank, Maritain y Chesterton, por ejemplo: que la substancia reformadora de los nuevos tiempos está extraída completamente de la tradición hispana. Suponer menos todavía: haciéndose un galimatías con los términos progreso, cultura, nación y raza, negaba lo que se sabe un pequeño estudiante de derecho público: que el pueblo vasco, del cual él tenía cuanto valía, forma una raza en Europa y una nacionalidad étnica en España. Pueden ignorar estas cosas un político de tres al cuarto, un periodista del montón, un desnudo de principios científicos a la manera de Queipo de Llano, o un ávido que va a su negocio, como el “ABC”. No pueden ignorar elementos escritores que explican en una Universidad, aunque sea lengua griega. Pero Unamuno llegaba aquí no por ignorancia, se comprende, sino por espíritu de contradicción.
            Tenía Unamuno una vanidad delicada, que le sobresalía por todos los poros de su alma. Sinceramente cría él que le tocaba ser eterno rector de Salamanca. Cuando el rectorado le fue retirado, su alma sensible se sintió hondamente afectada. Y esa vanidad llevaba un vestido transparente: el de la sencillez y la humildad.