España 37 04 17 y 24
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España 37 04 17 y 24
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6º Aniversario de la República española. La República, la guerra social, los apasionamientos y la honestidad crítica La SI  17/04/37 p. 1, 6
España en llamas (35) La SI 17/04/37 p. 1-4
España en llamas (36) La SI 24/04/37 p. 8-9

            Se celebra estos días un nuevo aniversario de la proclamación de la República en España. Y las salvas de ordenanza serán este año los proyectiles de hombres vivos. Sus iluminaciones serán las bombas incendiarias. Y las banderas ondeantes serán pingajos humanos chorreantes de sangre, las manos crispadas y las órbitas vacías mirando al infinito. Y la celebración académica será este drama inmenso en que Caín y Abel están sacándose las tripas por mil distintas ideologías que son las envolturas, en resumen, de un plato de garbanzos.
            Los veinte días de “limpieza” que nos anunciaba la torpeza de la radio parlante sevillana a fines de Julio, son nueve meses largos, y, para mayor tormento, indecisos. Y las consecuencias de la contienda, venza quien venza, durarán décadas.
            Permítasenos, con motivo de esa fecha, recordar algo que se relaciones con la honestidad crítica, llamando a la serenidad a nuestros lectores, si es que alguno de ellos necesitase este llamado a la cordura, a la buena fe y al propio interés.
            Un día, por juicios críticos emitidos en estas columnas, se nos enojaron las Derechas: los ricos, los posidentes, los curas, cuanto se cobija bajo esta palabra de origen desconocido: Derechas. Era unos años atrás –bastantes- a causa de nuestras continuas prédicas sobre la necesidad del régimen corporativo, y la ineficacia, para el bien, de los partidos individualistas. Muchos derechistas eran cortos de alcances, y más allá de sus narices no solían ver. Y cundió el “santo y seña” sobre el socialismo, el comunismo, el anarquismo del crítico. Eso de corporativismo era una especie de amenaza contra el capital, una propaganda desquiciadora. ¿Para qué llamar al gobierno y a la legislación a los obreros y técnicos cuando tenían estas funciones en sus manos los capitalistas?
            No veían estos pobres de espíritu que, si el corporativismo era hacer justicia al obrero y al técnico, era, más todavía, el único camino para que la burguesía no fuese barrida del todo por la ola popular. No veían, tan ciegos serán, que su sistema de sufragio individualista era la soga que habían tejido los burgueses para que los trabajadores los ahorcasen a ellos mismos, y con todos los honores legales, sin ni el derecho de protesta: habrían sido ahorcados según su propio sistema de sufreagio inorgánico cuantitativo.
            Pasaron pocos años, muy pocos. Pero en el mundo sucedieron muchas cosas durante ellos.  Y esos mismos derechistas que habían querido acorralar al crítico por sus ideas desquiciadoras, eran ahora ellos los que defendían esas ideas como supremo recurso para no ser barridos por la ola popular legal. Y, ¿no son ahora todas ellas eminentemente corporativistas, es decir, desquiciadores indeseables?
            Han tenido que dar la razón al crítico, y reconocer que los únicos desquiciadores –y torpes encima- eran ellos.
            Otra vez fueron los lectores de eso que llaman Izquierda, quien sabe por qué razón los que se enojaban contra el crítico. Vapuleábamos terriblemente al Comunismo ruso. Hacíamos ver que no era régimen de gobernación posible. Mostrábamos como las ruinas afectarían a los proletarios precisamente, en un país en que, por obra de la eliminación capitalista, no había más que propietarios. Deducíamos la necesidad de desterrar estas ideas de nuestros países.
            El enojo fue grande, se pretende siempre que el crítico prescinda de los hechos y juzgue a su antojo; que no se sirva a la verdad, sino a los bandos; que se callen hechos a la vista, que perjudiquen a los de su bando, y, si es necesario que se inventen hechos para abatir a los contrarios.
            No pensaban que esto sería, además de una cobarde injusticia y una deshonestidad, una patente de torpe. Porque los hechos mandan, y al fin habían de triunfar sobre las “previsiones” idiotas de quien prescindiese de ellos y calificarle de mentecato. No veían que una crítica mentirosa a favor de un bando perjudica, antes que nadie, al bando que se quería defender.