España 37 05 01 y 08
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España 37 05 01 y 08
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El bloqueo de España ha comenzado La SI  01/05/37 p. 6-7
España en llamas 37 La SI 08/05/37 p. 5-8

            El 19 de este mes ha sido establecido por 27 potencias –y con la aquiescencia forzada de los dos bandos españoles- el cordón aislador que separa el incendio español de los demás países. Una ojeada totalitaria acerca de este hecho, abarcando varios de sus aspectos, no será inútil
           
a) Ante todo, la base absurda de este acuerdo

            El problema de la No intervención es tan viejo como el hombre. Se ha discutido siempre. En todo instante, con la profunda hipocresía que caracteriza hoy –que ha caracterizado ayer- a todos los gobiernos. Recordemos uno de los instantes más agudos de la No intervención.

            Era a mitades del siglo pasado. El Papa era, además de jefe espiritual del catolicismo internacional,  rey temporal de Roma. Una tercera parte de Italia, la central, formaba los Estados Pontificios. Abarcaban hasta Nápoles por el sur; hasta cerca del Milanesado por el norte. Este reino pontificio –ni mejor ni peor que los demás Estados mundiales- tenía mil años de existencia. Y en la Edad Media, pese a la mala mano de algunos Papas en cosas temporales, pese a mezcolanzas gruesas entre lo temporal y lo espiritual, había cumplido un buen rol. Era algo así como un islote en el cual el Pontífice podía vivir independiente, y de este modo ejercer una especie de superpoder sobre los reyes y naciones: “rex regum et princeps principorum”. Este protectorado se ejerció mal a veces, provocando guerras terribles, como el saqueo de Roma por parte del rey católico de España Carlos V; pero, generalmente, ejerció una influencia saludable sobre los pueblos y los gobernantes.
            Pero, hacia mitades del XlX, reinando Pío lX, hervían en Italia los anhelos de unidad. Lógicos y naturales, Italia, por obra de Dios, formaba una nación,         una familia, con un idioma rico en matices dialectales. El romanticismo, motor de nacionalidades, conmovía la península. Los garibaldinos volaban como aparecidos por una y otra parte, pegando duro a reyes y reyezuelos, repúblicas y republiquillas. Cayó vencido el rey de Nápoles, cuyos descendientes todavía merodean por los centros de “bona vita” de Europa, a caza de diversiones; cayeron los Parma, uno de cuyos descendientes es ese mediocre príncipe Javier, que los carlistas españoles han proclamado pretendiente al trono de España; caían, por fin, los Estados Pontificios, entrando en Roma los ejércitos del muy excomulgado rey del Piamonte, Victor Manuel, quien se instalaba en el Quirinal como rey de Italia unificada. Y el Papa, recluyéndose en el Vaticano, quedaba reducido a Obispo de los Obispos y Vicario de Dios, sin mando temporal. La ansiada Unidad Italiana era un hecho.
            Fue a raíz de este problema –de estas guerras- cuando tomó cuerpo el viejo problema de la No intervención. Los partidarios, en Europa, del papa y de los Estados Pontificios proclamaban el Derecho a la Intervención. Pedían auxilio al emperador de Francia, Napoleón lll, volteriano y tonto; a la reina de España, Isabel ll, liberal y sostenedora de los partidos volterianos; al Austria católica, cuyos emperadores se hicieron el sordo, bailando valses en las orillas del Danubio azul. Los unitarios, liberales, masones y anticatólicos defendían la No intervención: cada país debía arreglar por sí mismo sus propios asuntos, sin derecho los demás a entrometerse en sis conflictos interiores. El Papa excomulgaba a los partidarios de la No-Intervención.
            Esta última es la doctrina que ha ido prevaleciendo poco a poco, hasta llegar actualmente a constituir un principio del Derecho Internacional. En el papel, y firmado con toda clase de tintas indelebles, y sellado con toda clase de sellos, secos y mojados. Porque, en la realidad, sucedía todo lo contrario. Cada país intervenía a favor de sus amigos de los demás países. Y condenaba la intervención de los demás a favor de sus respectivos amigos. La hipocresía de siempre, norma suprema de gobernantes y diplomáticos de todos los tiempos, países, ideas y opiniones.
            Por ejemplo.
            Esos liberales y masones de la No-Intervención eran los mismos, en persona, que, pidiendo humildemente la intervención de ingleses y franceses, de los cuales llegaron varias divisiones, vencían en la guerra de los siete años a los carlistas victoriosos. Los liberales