España 37 07 03 10
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España 37 07 03 10
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España en llamas (45) La SI 03/07/37  p. 6-7
España en llamas (46) La SI 10/07/37  p. 7-8

242. Un salvaje (continuación del ejemplar anterior)
            Todos hallan en la Legión un refugio, en el cual está prohibido preguntar  a cada cual, ni aún por parte del jefe: “¿Cómo se llama usted? ¿De dónde viene? ¿Qué hacía antes de ahora? Se acepta al que llega, sin averiguaciones. Se le inscribe con el nombre que él quiere, siempre falso. Se tiene en cuanta lo que hace, no, lo que hizo. Y hallan así, en esta noble y bella institución, refugio de los que ya no creían tenerlo, olvido de los que necesitan olvidar, y hasta una muerte gloriosa, al frente del combate, los que desean morir, sin llegar a la cobardía de matarse.
            Pero, ¿habrá institución que no tenga sus lunares? La Legión Extranjera española tiene éste: se da una exagerada importancia al valor desesperado, sin tener en cuanta las virtudes morales. Así es como ha podido ascender  a teniente de la Legión un salvaje como este ruso, alma de bandido, de Dimitri Ivanoff.
Dimitri Ivanoff pesará siempre sobre la conciencia de José María Gil Robles. Este político, siendo ministro de la guerra, cometió la mala acción de llevar moros a Asturias para ahogar en sangre una revolución loca y salvaje. Los moros (está probado hasta la evidencia) saquearon bancos en Oviedo, autorizados por un general que pagó ya su deuda, deshonraron mujeres cristianas. Y Gil Robles no tuvo más que palabras de elogio para ellos. Así, desde las trincheras derechistas, hombres sin norma siembran semillas de anarquismo y de venganza.
Uno de los oficiales de una “mia” mora era ese ruso bandido de Dimitroff(sic). Fue el asesino, en plena ciudad y ante las autoridades, del periodista Artal.  Mataba a los obreros ligados con esposas a tiro limpio, en lo cual le ayudaba el desgraciado que actuaba de general de la tropa, pasado ya malamente al otro mundo. Dimitroff cometió decenas de asesinatos a la luz del día. Gil Robles no tuvo ni siquiera una palabra de amonestación para el asesino, extranjero además.
Ahora le llegó la hora. ¿Hay deuda que no se pague? Dimitroff ha caído prisionero en el frente del Jarama. El asesino no tuvo coraje para morir peleando. Y se entregó a los milicianos, por si hallaba en el corazón del pueblo el resto de misericordia que no conoció él jamás.
Dimitroff ha recibido ya veinte tiros en la cabeza. Si hubiese vivido en la Edad Media, habría merecido el martirio.
Monstruos de esta clase son inevitables en todas partes. Gobiernos que los protejan son muy raros. Gil Robles se acordará de él mientras viva.

243. La nobleza degenerada
            El triste espectáculo que está dando la ex familia real española, viviendo separados los reyes y reblandecido el cerebro de ese pobre muchacho afectado por la terrible enfermedad que traía su madre al trono español, el príncipe de Asturias, no es algo esporádico y excepcional. Los Borbones han vivido en plena degeneración desde los días grises del idiota Carlos lV y -regis ad ejemplum-  la nobleza española, con excepciones tan raras como magníficas, no anda por zonas más elevadas.
            Recientemente la prensa extranjera se ha preocupado de dos casos que son expresión de esta lamentable situación moral de la aristocracia hispana.
            En Londres acaban de descubrirse dos cuadros famosos, de Goya, que en 1932 desaparecieron misteriosamente de España, así como uno de Rubens y otro de Cocin. En su día, mucho se habló de ellos, y su dueño, el duque del Infantado, no trepidó en atribuirlo a robo y aún mezcló maliciosamente en ello posibilidades políticas. El gobierno español lanzó a expertos y detectives para atrapar a los ladrones... El duque del Infantado, su dueño, los había pagado, por quien sabe qué enormes deudas (valen más de un millón de pesetas) contraidas al encontrarse en Londres, con un británico que mantenía las telas bien guardadas.
            La indiscreción de una sirvienta ha hecho luz en la materia ahora. El duque enajenaba glorias españolas, a espaldas de la ley, y cargaba el muerto a sus enemigos.