España 37 08 28
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Valencia reabre los templos La SI  28/08/37 p. 1-2
España en llamas (53) La SI 28/08/37 p. 3-5

            La revolución republicana española -que ganó legalmente las elecciones  cuyo fallo acató caballerosamente Alfonso Xlll- adoleció de numerosos vicios. Desde el mismo día del triunfo hemos ido señalándolos en estas columnas, notando como, a guisa de fraile laico, los republicanos iban cavándose. El crítico oía, en cada instante, la cantinela mística de los jefes republicanos:
            -Morir habemos...
            Sólo que la segunda parte de la sentencia macabra (-Ya lo sabemos), no se aplicaba aquí. Morir habían, tantos eran sus errores. Pero ellos no lo sabían... Era una segunda edición de la ciudad alegre y confiada. Confiada en absurdos.
            Se habla mucho contra las masas republicanas de España y contra sus excesos. Precisamente el defecto áxico de la República fue no estar en manos de esas masas, sino de intelectuales petrificados en los ideales combistas de quien sabe cuantos siglos antes. Porque, de 1890 a 1930, ¿cuántos siglos “intensos” han pasado, aunque no sepan medirlos en profundidad y cuarta dimensión tantos arcaicos políticos de 50 años?
            Entre los defectos y errores de ese movimiento republicano ninguno tan absurdo –ni tan antiestratégico- como la persecución religiosa.
            Los incondicionales de la República –tan fanáticos como los incondicionales de la Monarquía- niegan que haya existido esa persecución religiosa. No podrán negarlo quienes consideren los artículos de la Constitución en que los sacerdotes forman una categoría inferior de ciudadanos (y no lo forman los masones, igualmente religiosos) y, sobre todo, quien conozca el acto grosero e idiota de sacar de las escuelas la imagen del Crucificado, cuya significación máxima es la de la justicia social y la redención del pobre.
            Nadie hubiera extrañado que se hubiesen quitado al clero todos los privilegios, impropios de estos tiempos, que gozaba en los tiempos de una monarquía opresora del pueblo; que se hubiese obligado a los sacerdotes que enseñasen a mostrar títulos o pruebas de capacidad pedagógica; que los bienes del clero hubiesen sido sujetos a la escala máxima contributiva, equiparándolos a los de las grandes sociedades; que se hubiese exigido una serie de cosas, aun siendo duras a veces, no habrían sido injustas. Pero mentalidades atrasadas en cuarenta años creyentes de buena fe en la paparrucha del anticlericalismo, que ni en Francia, padres de la criatura, ha podido durar, ¿qué podían realizar moderno en cuanto tocase al punto religioso?
            Y lo extraño era esto: que no percibiesen que no se trataba ya de injusticias y  persecuciones indebidas, sino de medidas absolutamente antiestratégicas, que habían de dañar más que a nadie a los mismos que las tomaban. La Iglesia sabe reírse, aún llorando, de los perseguidores. Hace dos mil años que los conoce y ha adquirido una cierta filosofía muy sapiente. En cambio ¿qué podían realizar los republicanos atrayéndose las iras del clero en un país  en cuyas dos tercias partes el pueblo, aún sin ir a veces a misa, oye dócilmente la voz del pastor espiritual?
            La República caía en este defecto y tocaba las consecuencias luego. Todos saben que la actual revolución no era posible, aún con la casi totalidad de la oficialidad militar, sin la participación activa del alto y bajo clero.
            Se ha hecho mucho caso (es el error aun del Episcopado español) de las iglesias incendiadas y sacerdotes asesinados. Se han realizado estas persecuciones en España tantas veces, y tan cruelmente, que esto no es más que “un nuevo episodio ya conocido”.
            Nunca podrás asemejarse las barbaridades actuales con las de 1835, cometidas por los monárquicas contra las Ordenes religiosas y el clero, con miles de asesinatos, supresión de todas las Ordenes religiosas y confiscación de todos los bienes materiales del clero y conventos, que no les han sido restituidos. Lo verdaderamente grave era esa “legalidad” inspirada por los intelectuales petrificados del republicanismo que no han sabido siquiera estar a la altura del comunismo francés, que