España 33 05
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La mujer española vota por primera vez  La SI 01/05/33 p.1
Una ojeada crítica, desapasionada y justa, sobre la labor de dos años de República en España La SI 01/05/33 p.4-5

            Buen día para la mujer esa 23 de Abril español. Ella ha votado por vez primera, aportando a los resultados electorales la idea y la voluntad femeninas.
            Más, por otros conceptos son también importantes esas elecciones merecedoras de un comentario que traspase la epidermis de las noticias cablegráficas.
            El 14 de Abril de 1931 se celebraban en España aquellas célebres elecciones que determinaron la caída de la monarquía. Eran elecciones municipales, como las presentes, y sus resultados son desconocidos por la inmensa mayoría, que los supone muy diversos de lo que fueron.
            Todas las Municipalidades del país renovaban en aquella ocasión sus miembros. Esas municipalidades son algo más de 10.000, grandes con chicas. Los monárquicos dirigían el acto electoral desde el gobierno, con una imparcialidad impecable. La libertad más absoluta satisfizo al más exigente de los opositores.
¿Cómo esa legalidad  se había impuesto en el gobierno, avezados los dos partidos históricos a las más abominables mixtificaciones? Dos causas influyeron principalmente en esa conducta gubernamental tan digna de encomio: una sorda agitación que venía reinando en el país y la seguridad absoluta que abrigaban los gubernamentales de que habían de salir triunfantes de las urnas.
Después de la Dictadura de Primo de Rivera, que había comenzado tan gallardamente y había acabado de un modo tan mísero, reinaba una doble agitación en el doble sector de las masas obreras y de los partidos históricos. El proletariado, agitado por caudillos irreductibles del tipo franco-tirador de Rodrigo Soriano, sentía la posibilidad de aprovechar la ocasión del descrédito de la monarquía para avanzar en sus propagandas. Socialistas, anarquistas, comunistas, cuanto pertenecía a las capas populares, se movía sordamente contra la monarquía y lo que ellas llamaban sus adláteres: la riqueza y la iglesia. Uno tras otro, los meetings populares, especialmente en las grandes ciudades, se celebraban entre gritos y amenazas. Y se sentía el avance de una lejana ola, como aquel ronco mugir lejano que anuncia el advenimiento de una gran riada.
Eso ponía en los gobiernos, y especialmente en las altas esferas de la monarquía, un cierto temor. ¿Se exacerbaría la masa continuando el estilo simulador de la llamada democracia liberal, dentro de la cual el caciquismo y la mano lista tenían su puesto bien ganado? Probablemente. Y por primera vez después de Maura sintieron los gobiernos la necesidad de soltar las riendas del potro electoral, para que tirase por el lado que mejor le cuadrase.
Por otra parte, estaban seguros de que tiraría por buen lado. Cierto que en numerosos centros de agitación proletaria aquellos sordos ruidos constituían una realidad innegable. Pero España no era Valencia ni Barcelona. Y la tradición monárquica se impondría una vez más en una enorme mayoría del pueblo español. Tan seguros estaban de ese éxito, y de la derrota más absoluta de las llamadas izquierdas, que el mismo día de la elección, en ediciones de periódicos del mismo día, se daba por descontada la más aplastante victoria de los partidos alfonsinos.
Se habían equivocado. No habían sabido medir aquel sordo rumor y su potencialidad. Los resultados fueron malos para el viejo régimen. Cierto que el 65% de los municipios triunfantes eran monárquicos y sólo el 35% republicanos. Pero ese 35% representaba las grandes ciudades, con el 78% del electorado, mientras que un modesto 22% miraba de cara al Palacio de Oriente.
Había otro motivo descalificador de esos resultados. Aquel 65% de municipalidades