España 34 10
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Las tres crisis de España La SI 06/10/34 p.1
Documentación. Los 19 puntos de la Acción Popular La SI 13/10/34 p.18

            a) Cuando cayó la monarquía, en Abril del año 31, notábamos en estas mismas columnas una cosa esencial, que, de no ser evidente, habría podido considerarse como algo de previsión de hechos. Digo “de no ser evidente”; porque aquellas frases adivinativas del porvenir próximo no tenían otro mérito que saber ver los hechos y saber sacar corolarios sencillos de claros teoremas.
            La monarquía –decíamos- no ha caído por empuje republicano. El rey, caballero perfecto, no merecía odios ni los tenía. No son tan torpes los españoles del rasero medio para creer supersticiosamente en formas de gobierno como remedio político. Saben bien que dentro de monarquías y de repúblicas hay todos los matices de buen gobierno, de incapacidad y aún de enlodamiento. Y lo saben sin saber historia: basta una visión actual de cómo se comportan en el mundo reyes y repúblicas.
            Mi frase –que ha sido circulada, luego, intensamente- fue ésta: “España no ha ido a la República, sino que se ha ido de la Monarquía”. España no era ni es republicana ni antimonárquica. España, simplemente, ha desahuciado al médico monárquico, llamando al doctor republicano, como un enfermo despide al médico despreocupado y llama con ansia, ya a la vez con temor, al nuevo médico. Con ansia, porque está cierto de que el anterior fracasó y está anheloso de salud. Con temor porque ¿quién asegura que el nuevo médico acertará?
            España vivía adolorida, víctima de no menos de media docena de enfermedades orgánicas. La Monarquía no supo, siquiera, que existiesen. El rey, personalmente intachable, impotente en cuanto a los partidos que lo apoyaban, no acertó a tocar, no digamos a resolver, uno solo de estos problemas.
            Y ¡qué gravedad, ciertamente! Problema de una burocracia tan frondosa como incapaz, floración microbiosa de partidos electoralistas a base de usufructo de empleos. Problema de un latifundismo ignaro e inmoral, cuya esencia consistía en el no-cultivo correcto del 90% de la España meridional y el acaparamiento de la tierra por rentistas viciosos de una nobleza carcomida. Problema regionalista, Vascongadas y Cataluña, cordialmente separadas de España a causa del centralismo afrancesado y antiespañol aplicado por los Borbones, desde Felipe V. Problema de unos partidos impopulares y corruptos acaparando la gobernación, el gobierno político divorciado de la realidad social española. Problema de unos presupuestos hinchados y sin rumbo, biberón de una clase abundosa en chupópteros insaciables. Problema de un ejército mal pagado, excesivo, abandonado, sin material moderno y, en cambio, ocupado en intentos políticos que remedien su mal. Problema de una organización electoral y camaral avejentada y rutinaria, incapaz de comprender los gritos de los nuevos tiempos. Problema de una enorme masa, en rebelión plena, dividida en comunista, anarquista, socialista y anarco-sindicalista, constituyendo ya las cuatro ramas de la rebeldía del demos ínfimo un porcentaje mucho más que mayoritario en las mismas posibilidades electorales... ¿A qué acumular nuevos problemas alrededor de esos ocho, que a modo de cánceres estaban consumiendo los tejidos de la nación?
            La Monarquía permanecía trágicamente infecunda ante ese pavoroso cuadro. Cierto que, bien mirado, es el cuadro general a todos los países. Pero no era esto, ciertamente, motivo de inercia. El “mal de muchos consuelo de tontos” no podría, evidentemente, aplicarse a España.
            El rey veía estos problemas. El que escriba la historia del quinquenio 1917-1923 podrá mostrar claramente como el rey, personalmente, no sólo veía estos problemas, sino que forcejeaba por acometerlos, buscando en su seno una solución saludable. Desgraciadamente, el rey vivía en las mallas de sus partidos monárquicos, que adolecían de una triple caducidad: su individualismo esterilizador, su afán presupuestívoro, la ñoñez y arcaísmo de sus hombres.
            Por esto la monarquía cayó como sin preverse, como cae repentinamente un hombre aparentemente fornido de un ataque al corazón. La enfermedad era interior. Y el colapso había de venir más o menos tarde, pero inevitablemente. Y vino.
            Recientemente ha declarado don Alfonso que no comprende ahora por qué se fue sin