España 36 03
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El “inesperado” triunfo de las izquierdas. Constituye una seria advertencia a las Derechas, a la Iglesia española y al caciquismo rural La SI 07/03/36 p.1-4  (conclusión)
España al borde del abismo La SI 21/03/36 p. 6-7

            “Nadie puede pedirle que actúe fuera de su programa ni de su situación política; lo único que le pedimos es que se inspira en sentimientos de justicia y de orden, que constituyen el denominador común de todos los partidos en una democracia digna de tal nombre”
            Gil Robles decía, en un discurso ardiente, que “después del triunfo electoral, impondría su programa a rajatabla”. Lo menos que puede hacer, si no quiere ser eliminado del todo, es dejar que las Izquierdas realicen su programa, aunque no a rajatabla, sino delicadamente.

            Las Derechas considerarán que ese programa izquierdista es malo. Es lógico que así piensen. Pero ¿puede pedirse a ningún gobierno decente que “actúe fuera de su programa”, como dicen sabiamente los derechistas Alba y Cambó?
            La cuestión religiosa es el arma temible que usan esas derechas, en su mayor porcentaje volterianas, usando la religión al estilo de los liberales de antaño: como instrumento de gobernación para abusar sobre el pueblo. ¿Tendrán Azaña y los socialistas el buen criterio de no ahondar por ahí? Sería hipocresía realizar una política religiosa de derechas; pero “est modus in rebus”, como decían los antiguos, y la cirugía tiene sus métodos para realizar las cosas con el menor dolor posible.
            La democracia es, en España, un buen medio de gobierno. Aquel “todo el poder para el jefe”, que gritaba la juventud de derechas, es un mal ejemplo que los izquierdistas harían mal en tener en cuenta. Cierto que las derechas no podrían objetar sus propios métodos; pero debe haber algo más, en un gobernante, que instinto de ironía y ganas de retorcer contra el enemigo su propio argumento. En la España actual no es posible una dictadura por cien motivos, el primero de los cuales basta y sobra: no ha aparecido el dictador.

23. El meollo interior de esas Derechas
            En Noviembre pasado, cuando el triunfo derechista parecía –parecía a los cortos de vista- seguro, se reunían en Madrid como 500 caballeros, representantes de la totalidad del patronaje español, formando la “Unión Nacional Económica”. Hablaron largamente, tal como pudieran hacerlo los patrones de 1890, como si en el mundo no hubiese pasado nada y ni siquiera las Encíclicas papales hubiesen sido escritas. Y acordaron. Los acuerdos, luego de un prólogo insubstancial, digno del Limbo, fueron 9. Para probar el estado de torpeza colectiva de esos hombres, bastaría ponerlos ahí en lista. Nos limitaremos a cuatro observaciones, muy suficientes. a) La cuarta conclusión presentada al gobierno reza así: “que la política social se subordine a la política económica”. Es la fórmula exacta, perfecta, del mundo hundido del siglo XlX.
            Esos hombres viven el país de las hadas ingenuas. Ese país de hadas que una oleada social esfuma en horas. El mundo se hundió por subordinar el bien social a las conveniencias de un solo factor social. Ellos no lo saben. Ignoran el abecé de los actuales problemas. Y esos se llaman a sí mismos “elementos dirigentes”. Ellos desconocen, por desconocer, hermosos programas de armonía social elaborados por grupos selectos de patrones en varios países.
            Esa fórmula es  esencialmente heterodoxa, el polo opuesto, en absoluto, de la religión cristiana. (“Deus fecit omnia communia”; Santo Tomás) y de las Encíclicas papales. No les importa. Son hombres religiosos, con una religión que ellos se forjan. Y, ante esa explosión herética de los suyos no se levantó Gil Robles, no protestó “El Debate”; no se publicó una sola pastoral episcopal.

            b) “Que el Estado se abstenga de intervenir en los negocios de agricultura, la industria y el comercio, que deben desarrollarse libremente”. Es el remache del clavo anterior. El pan en Asturias, el día antes de la revolución, costaba 42 centavos el kilo y se vendía a 1.50 pesetas. Y el Estado,