03 soc nac 34
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07. El P. Suarez, precursor,  La SI, 08/01/34 p.8
08. El sueño del francés Du Bois La SI 22/01/34 p.8
09. Un nuevo soñador La SI 05/02/34 p.8
10. Las guerras y la paz, según Crucé La SI 19/02/34 p.8
11. Los ideales de Guillermo Penn La SI 12/03/34 p.8
12. El “Gran Dessein” de Enrique lV,  La SI 26/03/34 p.7
13. El Tratado de Westfalia La SI 02/04/34 p.6
13. La Labor de Grotius La SI 09/04/34 p.6
14. Macchiavello La SI 19/05/34 p.9
14. El abate Saint Pierre La SI 07/07/34 p.5
15. Jean Jacques Rousseau La SI 04/08/34 p.20
16. España crea el ideal internacionalista a base del derecho de gentes
La SI 01/09/34 p. 617. Macchiavello y su obra  La SI 24/11/34 p.16
19. Los países federales La SI 29/12/34 p.8

Indice de ideas: sobre Suárez que, tras Vitoria, echa las bases del Derecho Internacional; el Derecho  Natural; la unidad y fraternidad humana; la ligazón necesaria entre las naciones, contraria a la idea de la independencia absoluta de las mismas;  la necesidad de un organismo especial que cumpla la función de ligarlas; el ideal internacional cristiano de la Edad Media y sus tres características

            Tras el domínico Vitoria, el jesuita Suárez, una de las más geniales mentalidades de principios de la Edad Moderna, echa las bases del Derecho Internacional, con aplomo verdaderamente admirable. Vivía en la época, no ya de las grandes conquistas, tanto en América como en Europa, sino en los tiempos en que los que realizaban esas conquistas, en buena parte, no eran otros que los soberanos de España, donde Suárez explicaba sus lecciones filosóficas y jurídicas. No fue óbice a que él opusiera al derecho de la pura fuerza las fuerzas del derecho.
            Hablando del Derecho Natural, común a todos los hombres, se expresa así, teniendo siempre a la vista la necesidad de concretar en hechos la unidad y fraternidad humana:
            “Pero la razón de ser de esta rama del Derecho, es que el género humano aunque dividido en pueblos y reinos, no deja de tener una unidad, no solamente específica, sino también política y moral. Esa unidad está indicada por el precepto natural del amor mutuo  y de la misericordia, precepto que se extiende a todos, aun a los extranjeros, de cualquier condición que sean. Es por ello que todo Estado soberano, República o Reino, aunque completo por sí mismo y fuertemente establecido, es, sin embargo, y al mismo tiempo y en cierto grado, miembro de este gran Universo en cuanto se refiere al género humano. Jamás ningún Estado puede bastarse al punto de no necesitar apoyo, asociación, o relaciones mutuas, tanto para su bienestar como fin útil, como a causa de una necesidad y exigencia moral que resalta de la experiencia misma.
            Es necesario, pues, a los Estados un derecho que los dirija y gobierne en ese género de comunicaciones y de superior sociedad. Sin duda, desde este punto de vista, hace mucho la razón natural, pero ella no basta a todos respectos; y por esto, derechos especiales han podido introducirse por la costumbre de las mismas naciones. Así como en un Estado o Provincia la costumbre introduce el Derecho, así el Derecho de Gentes ha podido introducirse por las costumbres en todo el género humano”.
            De este modo Suárez niega a los Estados la independencia absoluta que defendieron después, con tan desastrosos resultados, Rousseau y Montesquieu, los parlamentarios británicos y los revolucionarios franceses. Suárez no lo admitía. Todo Estado está sujeto, quiera o no, al Derecho de Gentes, a postulados de orden super-humano, cuya no observancia es una conculcación y un crimen.
            De este modo vigoroso el filósofo español echaba las bases del Derecho Internacional y de una necesaria ligazón entre las naciones, que, años a venir, había de concretarse en un organismo especial encargado de esas funciones. La necesidad, tarde o temprano, crea el órgano.
            Vitoria y Suárez representan el ideal internacional cristiano de la Edad Media con tres características de primera fuerza:
            primero, pasarlo de la teología a la filosofía, y de la iglesia a la sociedad civil;
            segundo, dar al Derecho Natural humano carácter jurídico;
            tercero, oponer la sólida filosofía del derecho, la equidad y la fraternidad a las bárbaras costumbres de la Edad Moderna, en la cual los Estados –reyes, parlamentos, países- se creían desligados de todo ligamen internacional.
            De ahí que sean llamados los “Precursores del Derecho Internacional” y de los organismo que concretan en derecho la unidad humana.