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España en llamas (68) La SI 25/12/37 p. 3-6

374. Retirada rusa
            Hace dos semanas que los cables anunciaron que Rusia había declarado que, en adelante, no podría vender al Gobierno español material de guerra, ni permitir que técnicos soviéticos sirviesen en las filas de las izquierdas. Que necesitaba todos estos elementos para su propia defensa, puesta en peligro internacionalmente a causa de la guerra nipo-china y los pactos antisoviéticos subscritos por algunas grandes potencias.
            La información concordaba con el criterio que hemos seguido constantemente en estas crónicas acerca de Rusia y su intervención en la guerra española. Por lo mismo, no quisimos hablar de ello, hasta habernos informado particularmente dónde podíamos obtener datos fidedignos: una fuente diplomática absolutamente –y realmente- neutral. Podemos ahora exponer en pocas palabras lo que hay en el asunto.
            Desde el comienzo de la guerra social española, los Soviets acariciaron la idea de una República socialista en España. Decimos socialista, a guisa de la rusa, que no, desde ningún aspecto comunista, desde las dos reformas substanciales de 1921 y 1929, remachadas en la Constitución actual.
            Para ello, varios expertos rusos llegaron a Madrid, conferenciaron largamente con los más representativos hombres del Gobierno español. A los pocos días habían formado juicio, y a la verdad era exacto: no había posibilidad alguna de ello. Y pertenecen al Informe presentado a los Soviets por uno se esos Enviados Extraordinarios estas palabras: “Conceptuamos que las dos terceras partes de los prohombres de la República Izquierdista española son menos avanzados en cuestiones sociales y derechos del proletariado que las mismas Derechas españolas de jóvenes falangistas”.
            Esta observación vale oro. No han sabido hacérsela ni muchos derechistas extranjeros ni los capitalistas españoles. Estos no comprenden –pero lo van a comprender pronto- que el individualismo liberal de la República española, con unas medias tintas de leyes sociales timoratas, era mucho más favorable al capital sin moral y sin Dios que el programa de los militares españoles, sacado de las falanges, abiertamente social y filoproletario.
            Aquellos enviados se retiraron a Cataluña, esperando que podrían lograr aquí lo que en Madrid había sido imposible. Se encontraron que, a los pocos días de su llegada, el parlamento catalán y, en seguida, el ayuntamiento de Barcelona, declaraban que por manera alguna intentaban suprimir la propiedad privada, sino extenderla y más justamente repartirla. Usaban palabras, ellos, ateos, del programa del catolicismo social.
            Rusia se situaba entonces en el plano del que aprovecha la guerra para dar trabajo a los desocupados y vender al exterior, con fuertes adquisiciones de oro. Exactamente, aunque en menor escala, lo que ha realizado Italia con las Derechas. Exactamente lo que realizaba Estados Unidos durante los dos primeros años de la guerra mundial: sacarles el jugo a los combatientes, y hacer lo posible para que la guerra se alargase, y ese biberón inesperado no concluyese.
            Desde entonces, el Soviet mandaba a España cerca de 1.500 técnicos en artes militares, especialmente en fabricación, pagados a peso de oro sonante. Vendía, exactamente, como hacían los demás países, todo el material que tenía, especialmente el viejo y anticuado, siempre pagado con oro inmediato. Igualmente muchas toneladas de alimentos, siempre, salvo el que mandaron aquellos obreros, con dinero al canto.
            (Un paréntesis. Hemos aludido a la duración de la guerra. El lector ha de fijarse como ningún país extranjero ha enviado a sus amigos, Derechas o Izquierdas, las tropas o material suficiente para la victoria. Juan March y el duque de Alba han conferenciado largamente con los gobernantes de Italia. En total, entre vivos y muertos, se acerca a 150.000 hombres la cifra lograda, muy inferior a la que se hubiera necesitado para emprender tres ofensivas a la vez y concluir con esa lucha fratricida. Rusia