España 39 06 y 07
Índice del Artículo
España 39 06 y 07
Página 2
Página 3

Los discursos del general Franco, sintomáticos La SI 24/06/39 p. 3
Queipo del Llano eliminado La SI 29/07/39 p. 6

            El Jefe del Estado español ha pronunciado últimamente varios discursos. Necesitamos aludir a dos, porque ellos nos darán una idea de hacia donde va la España nacionalista.
            No hemos de llamar la atención, otra vez, acerca de la necesidad de un espíritu absolutamente objetivo para entrar en estas críticas. Desgraciadamente, la guerra española no fue religiosa (aunque era la religión uno de sus factores), sino social e internacional. Removía, por lo mismo, lo más hondo de los círculos abanderados, anulando muchas inteligencias y primando los apetitos respectivos. Y, lógicamente, desviando juicios sobre hechos elementales.
            Para nosotros, “hágase el milagro aunque lo haga el diablo”. No nos interesan las personas, sino los hechos. Y los dos discursos del general Franco nos ponen ahora en plena mostración de este criterio, único aceptable. Porque uno de sus discursos probablemente será encomiable, y otro es posible no lo sea.

            a) El primer discurso a que nos referimos lo pronunciaba el general después de un acto celebrando la victoria derechista, y contiene afirmaciones que, no por delatar un estado de miseria extraordinario, dejan de ser francamente encomiables.
            Comienza Franco afirmando algo que nosotros hemos venido predicando desde el mismo instante de la sublevación del ejército contra la República: que la guerra no era más -era nada menos- que una guerra social. Dice Franco así, copiando parte de sus palabras: “Y esa miseria del trabajador y las injusticias sociales que la nueva España eliminará de cuajo, fueron las causas de la anarquía social que hizo necesaria la guerra.”
            Cierto. Las raíces de esta guerra están en una monarquía antisocial formada por una minoría que se llamaba cristiana y era la negación del cristianismo, y una república que, en vez de dar tierra y pan al trabajador, le daba panfletos, odios o martingalas y exterminación a la vez de comunistas y burgueses.
No solo aquí coinciden estas declaraciones con lo que constantemente hemos venido predicando en estas columnas. Hemos dicho en varias ocasiones que, socialmente hablando, la Falange iría mucho más lejos hacia el radicalismo social que la República: fijar precios a todo lo vendible, es ya ley. Con presidio efectivo hacia los burladores. Y ante los ojos tenemos el Fuero del Trabajo, cuyo radicalismo no nos convencería, si no fuese que los hechos (como la antes nombrada fijación de precios máximos) nos muestran que están decididos los nuevos gobernantes a realizar lo que en el Fuero han prometido.
Estas declaraciones de Franco vienen respaldadas con otras del general Queipo, cuyo texto, si no viniese firmado, parecería más bien una arenga de Stalin contra los ricos.
El general Franco nota en su discurso la extrema pobreza nacional. Es algo impresionante esa revista pasada a la realidad existente, aunque alumbrada por una fe absoluta en un resurgimiento. El plato único durante 5 días semanales, una pésima cosecha, la compra de más de 100.000 quintales de trigo en el exterior, la escasa rentabilidad de negocios en reconstrucción, el tener que entregar la producción minera en pago de deudas o a cambio de elementos de reconstrucción material: todo indica una pobreza que contrasta con la riqueza rebosante de los años anteriores a la guerra. Y es loable la sinceridad con que el Jefe de la Nación confiesa el lamentable estado presente y se dispone a embocar remedios heroicos.

            b) Otro discurso pronunciado en Bilbao muestra el común denominador desnacionalizante que une al régimen actual con la monarquía fracasada y la también fracasada república, ambos a tres desligados de los hechos naturales y de la tradición hispana. Y da pena este hecho, que muestra como la historia de España es desconocida por los de arriba desde hace siglos, desconectados los gobernantes de la fuente viva de la tradición peninsular.
            En este discurso se habla de la unidad española, confundiéndola lamentablemente                  -elementalmente- con la uniformidad. Y se emplean argumentos tan raros como el de que Vasconia debe fundirse (despersonalizarse) con Castilla porque en la toma de quien sabe que ciudad marchaban juntos los vascos con los castellanos.