España 41
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Alfonso Xlll, abdica La SI 22/02/41 p. 8-9
Alfonso Xlll ha muerto La SI 08/03/41 p. 5-6
Dos fiestas recientes sobre la actualidad española  La SI 02/08/41 p. 11-12

Alfonso Xlll, abdica La SI 22/02/41 p. 8-9

            En el lecho de enfermo de Roma  don Alfonso ha rubricado un Manifiesto a los Españoles, manifestando que renuncia a sus derechos a la Corona, traspasándolos, según la Ley española del tiempo de la monarquía, a su hijo menor don Juan de Borbón y de Battenberg.
            Este problema abarca varios otros, y algunos de ellos relacionados estrechamente con la actual situación de España.
            a) Don Alfonso, personalmente hablando, ha sido uno de los reyes más sensatos de España, a pesar de sus múltiples fallas y torpezas que caracterizaron su reinado, tan largo como estéril.
            Nacía ya rey, afectado en su salud por enfermedades heredadas de su padre, que moría aplastado de dolencias ocasionadas por una vida disipada y poco inteligente. Esta carga hereditaria   -especialmente su dolencia incurable oto-lalangeas- dejaba a don Alfonso en estado de inferioridad física, que en parte contrarrestaban los cuidados eminentes de su madre la reina Cristina, así como una vida regulada del todo, especialmente en comidas y farrerías.
            A pesar de haber recibido su educación en la soledad poco educativa del palacio real, lejos de muchachos de otras capas sociales, don Alfonso tenía una instrucción especialmente histórica muy amplia. Tenía el don de enterarse, siempre que un asunto de Estado lo hacía necesario. Es así como recibía a sus visitantes, discutiendo con inteligencia los diversos asuntos consultados, lejos de toda terquedad y suficiencia, a pesar de sus excelentes informes.
            Dentro de la atmósfera viciada en que lo tenían encerrado los partidos que lo apoyaban, don Alfonso mostró siempre tacto, tino y aquel aire de elegante consideración a la opinión ajena que, llevado a los últimos extremos, le hacía alejarse de Madrid y abandonar el trono en los instantes en que unas elecciones mostraban que la causa de la República estaba arraigada en el alma popular votante.
            Se ha escrito mucho sobre la caballerosidad del ex–rey. Cuanto se haya podido decir sería poco. Y ella, si podía ser, se voluminizaba y acrecía cuando trataba a sus enemigos, cuyas opiniones respetaba con amplio espíritu de tolerancia y gran caudal de “savoir vivre” verdaderamente real.
            Sería tratar un asunto demasiado conocido entrar en el examen de cómo los dos partidos que funcionaban alrededor del trono lo carcomieron, haciendo que aún los partidarios del rey abominasen de una monarquía servida por un montón de parásitos vivientes a costa de la tradición monárquica. El desprestigio de los viejos partidos, la desfachatez inmoral de sus jefes, la trama sutil de sus “affaires”, el caciquismo más grosero, la burla de la voluntad popular, la inmoralidad en todas partes, el olvido de todos los grandes problemas, la charlatanería más insulsa como pámpano despistador: todo ese rosario de lacras y ruindades son cosa universal del sistema en España, en Francia, en el norte y en el sur, para que pintemos nuevamente un espectáculo tan asqueante.
            La podre de esos partidos arrastraba al trono. Cierto que don Alfonso hacía en varias ocasiones esfuerzos para salirse de ese ambiente y entrar en otro purificado y purificador. No tenía talla para esas luchas. Habría sido un buen rey asistido por políticos decentes. Respetado como caballero, fue un rey mediocre a cause de sus amigos políticos.

            b) Antes de pensar en el porvenir político inmediato de España a causa de esa abdicación, hay que recordar que don Alfonso no representaba en España a los católicos, como creen buenamente las almas piadosas de estas Américas, sino precisamente lo contrario: los dos partidos que habían hecho guerra terrible  contra el Catolicismo, que habían expulsado a los frailes en total, apoderándose de sus bienes, y que, en un solo día, habían asesinado, en asonadas populares, a centenares de ministros del Señor. No diremos que personalmente perteneciese don Alfonso a esos partidos. Pero su nacimiento lo sentaba en el trono que, a través de la siguiente historia del siglo XlX, representaba todo esto.
            El catolicismo puro español lo sostenía el carlismo, cuyo último representante directo, doña María de las Nieves, moría en Viena precisamente en los instantes en que don Alfonso abdicaba. Los