España 45
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Un diplomático que se enoja sobre España. Un diplomático que disparata La SI 20/01/45 p. 5-6
Bibliografía. Giner de los Ríos, Francisco. Ensayos sobre educación. Buenos Aires. La SI 05/05/45 p. 9
España cayó en la red La SI 30/06/45 p. 7, 9
La evolución de Franco. España cede otra vez La SI 28/07/45 p. 6-7
Don Juan, democrático La SI 11/08/45 p. 5-6
Gobierno español in partibus La SI 25/08/45 p. 6
Segunda edición de la Galeuzca y los Republicanos La SI 01/09/45 p. 1-3
Emilio Herrera en Roma La SI 15/12/45 p. 6-7


Un diplomático que se enoja sobre España. Un diplomático que disparata
La SI 20/01/45 p. 5-6


    Después de la guerra social última, España quedaba débil, atropellada y nerviosa. No es raro. Las convalecencias no solo son largas, sino que -cosas de la biología- conservan durante ellas los síntomas y los males que motivaron la enfermedad pasada. Si la convalecencia está bien llevada, esos síntomas van desapareciendo lentamente. Quiere ello decir que habiendo sido aquella una guerra de clases, no era posible –aunque las ganas no podían faltar- hacer desaparecer los grupos contradictorios, los odios, las antipatías, la misma ser de venganza. Era muy natural decir –y en estas columnas se ha dicho tantas veces- ¿por qué España  no tiraba cruz y cuenta nueva a la misma hora siguiente de acabada la guerra, iniciando una nueva era? La pregunta era de hacer fácil. Los intentos eran inmejorables. Pero una cosa es desear e intentar, y otra que la realidad biológica se preste a una ecuación que sea obra imaginativa.
    Quiere ello decir, en plata, que no solo han estado perdurando los abismos entre unos y otros, sino que posiblemente se han ahondado, al menos en los círculos que se llaman políticos; y que, en España al menos, las palabras aparte y también las intenciones que nunca se discuten, esos círculos no solo no son España, sino que vienen a ser algo pegado y en vida nacional.
    Entre los mil grupitos y grupitos en que está subdivida –podríamos decir triturada y pulverizada- la opinión de los políticos españoles, que no son España, por supuesto, solo de una región han salido palabras nobles y voces cuerdas. Aludimos a los vascos y especialmente a su jefe, Juan Antonio de Aguirre, la parte de la península que mas sufrió en la guerra social. Fue allí, además, precisamente, donde la guerra no fue Social, sino Racial. A pesar  de esto, han sido los vascos los únicos que se han lazado con palabras de paz en la boca, viendo de proyectar sobre el futuro inmediato  de la España poliracial un velo de olvido y de sano optimismo.
    Estamos muy lejos de poder presentar un cuadro exacto de la realidad en España misma. Dados aquellos gobernantes al trabajo, tal como ellos lo entienden –y es natural- casi se rehúsan a perder el tiempo en propagadas en el recto sentido de hechos, cifras, opiniones sanas. Los que de allá vienen, bailan cada uno al son que les tocan sus intereses o sus ideales. Y son tan contradictorias las manifestaciones, que hay que esperar a que venga una mayor posibilidad de información para enhebrar una crítica sobre la labor gubernamental española. 
     Las izquierdas nos hablan de disensiones constantes entre los elementos derechistas españoles y las agencias aliadas convienen en el hecho. Pero son tan amigas éstas, de decir lo que les conviene a sus países y sus intereses, y han inventado tantas veces hechos, que una crítica seria no puede hacer fe, absolutamente, en esas fuentes de información.
    Lo que sí sabemos cierto –porque son los mismos izquierdistas los que nos lo cuentan-los mil bandos en que están divididas esas izquierdas mordiéndose los unos a los otros sin compasión ni mesura. Fue carácter de los gobiernos izquierdistas de España el comerse mutuamente sus bandos, persiguiéndose a matar, con una insistencia y una gravedad casi increíble. Fue constante su incapacidad bajo todos los aspectos, que no llegó a saber aprovechar la mejor ocasión que ha existido para levantar a España, iniciando una nueva era. Ellos mataron la República.
    Carecieron de la menor habilidad, y hasta del menor instinto de conservación. Dieron la muestra de una verdadera cábila en que sus mismos componentes se devoran mutuamente. Se asesinaban en disensiones, acusaciones invectivas. Y ni aún en los supremos instantes en que todo se les hundía bajo los pies, se recobraron de su inmensa inconciencia para saber unirse y no pelearse. En Cataluña, ya arrinconados sus últimos restos, ni así sabían apoyarse mutuamente, en plena disensión con los otros cada uno de los 46 partidos en que se dividían esas izquierdas,, ya generales a toda la península, ya especiales de alguna región racial. 
    Pasó la guerra. Han transcurrido meses, años. Han tenido que devorar el pan de la emigración. Están en suelo extranjero. Ni así han aprendido. Se han dividido en cien capillitas. Todos se proclaman