España 48
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Bibliografía. Serrano Suñer, Ramón. De Hendaya a Gibraltar. Madrid  La SI 13/03/48 p. 4 col. 1-3
Se pololea a España La SI 27/03/48 p. 2-3

Bibliografía. Serrano Suñer, Ramón. De Hendaya a Gibraltar. Madrid
La SI 13/03/48 p. 4 col. 1-3

 Alrededor de los sucesos exteriores  de los primeros años del Gobierno post-bélico de Franco, se han escrito ya varios libros. No menos de doce tenemos contados, cada uno desde distintas y particulares miras, según el que lo escribe y los fines que en él se busca, que eran de embaucar al público con los puntos de vista subjetivos de cada autor.
 Algunos de estos libros (por ejemplo, el del ministro norteamericano en Madrid, hombre límbico e ingenuo si los hay) siguen el camino del embaucamiento superficial, entrando rara vez en la entraña de los sucesos. Y, alguna vez que entra, usando de la presión y de la fuerza ante Franco, como de argumento suficiente. El autor era profesor de historia, y es un ejemplar del letradismo ingenuo de la fuerza bruta como si su coloración moral fuese aceptada por todos.
 Otros libros, como el del entonces embajador inglés en Madrid, es un ejemplar de zorrería y de malos modos de un político  de la decadencia inglesa; en el cual se exhibe un temperamento de política inmoral, más malo, por ser decadente. Creyéndose el autor (que es un pequeño politiquero británico, llegado por casualidad a ministro de Relaciones en su país y con agallas fatuas de aspirar a amo de su partido) amo del mundo por selección divina, y como casi encargado de este divino mandato, apunta y escribe cuanto se le ocurre, importándole un bledo el sentido común, la verdad y lo demás.
 Dejándonos de precedentes y volviendo al libro de Serrano Suñer, podremos mitrarlo bajo cuatro aspectos: la personalidad del autor, lo que dice, lo superfluo del libro y lo que no dice y debería ser dicho). 
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 Serrano Suñer no ha nacido para diplomático de esta época decadente y grosera. Apenas se presenta en el escenario político, acaba de llegar de la calle; quiero decir del ambiente universitario, sin pasar por el tamiz intermedio  de las asambleas y demás mixtificadores políticos que cambian, por acción insensible de minuto a minuto, el carácter y la manera de ser de los neófitos.  Debido a ciertas circunstancias involuntarias, pasaba a la política con todos los resabios de una juventud no maleada, que no solo le presionaba para obrar moralmente, sino a decir ingenuamente lo que pensaba, sin el hábito, y menos la voluntad, de mentirlo o contrahacerlo. 
 No negaremos que ello es cien veces superior  al tipo falsificador de hechos e intenciones; y que, naturalmente, eso era conveniente a un régimen nuevo, que aspira a no copiar ni respetar vicios viejos, sobre todo el vicio esencial de la diplomacia usual, que es mentirlo todo y engañar a medio mundo, de hecho y de palabra.
 Esa manera de ser, nueva e ingenua, es la que le movía a obrar entonces; la que era móvil de sus acciones y palabras; la que, aún ahora, a pesar de las amarguras anteriores, le guían la pluma. Y esto hasta en lo áxico y esencial, por ejemplo, en sus móviles políticos internacionales: él confiesa plenamente que era germanófilo; y añade esa inconveniente añadidura: que no lo era por motivos germanos y por fanatismo ideológico, sino por ser ello conveniente, dada entonces las fulminantes victorias bélicas hitleristas, al porvenir de España, del brazo del hipotético vencedor.
 Esa revelación del estado de alma (que es el signo de una nueva diplomacia, patriarcal y veraz) había de serle personalmente dañina. El actuaba como ministro de Relaciones a base de llamarse (y ser) germanófilo, y solo a base de conveniencia española. Y eso había de serle fatal: los unos sabían que actuaban con un germanófilo y debían declararle la guerra; los otros adivinaban que no era un germanófilo “per se”, sino por conveniencia española, y que, por tanto, solo por la total conveniencia española podían contar con él.
 Todo lo que en el libro defiende viene a ser esta compleja línea política. Y es esto uno de los principales aciertos del libro. Y añadiremos que trata ese punto de vista esencial, no solo con honradez autocrítica, sino con acierto dialéctico, no dejando por este lado nada que desear la autodefensa.
 Todo lo demás es accidental y cosa de minucias, y hay que descartarlo.