Hispanoamericanismo 40 10 12
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España y América Latina ante la guerra La SI 12/10/40 p. 1-7


 

Semana enrevesada, que desconcertará a los que, perdidos en los turbios remansos de los detalles, no sepan captar la médula de los acontecimientos que están volcando sobre la humanidad la avalancha de una nueva época. Tantos sucesos han tenido lugar en esos siete días, que sería de no acabar pretender desenredar el cutáneo enredo de tantos entrecruzamientos. Invasión alemana de Rumania, de acuerdo con el gobierno local. Rusia tomando nuevamente el pelo a tanto diplomático que no debería haberlo sido jamás. España en la penumbra, y su Ministro, Serrano Suñer, mareando a la gente con tantas idas y venidas. Noruega deponiendo al rey y organizando un gobierno nazi. Francia pololeada por diversos lados. Japón ocupando militarmente la capital de la Indochina francesa. Los bombardeos sobre Gran Bretaña llegados a una densidad aterradora. Estados Unidos ante el espectro de una guerra con la cual no había soñado jamás el binomio Casa Blanca-WallStreet. Grazziani agazapado sobre Alejandría. Crisis gubernamental en Gran Bretaña y también de mandos militares. Grecia y Turquía en capilla. América Hispana convidada a defender los intereses norteamericanos en el Extremo Oriente. Todo un enrevesamiento inextricable sobre cuya trama loca bordan sus festones de sangre la bomba y el cañón.
Los espíritus optimistas, que gustan del sabroso deporte de los enmarañamientos y las medulares dificultades, tienen aquí donde hurgar, metiendo en tren de trabajo su juicio y echando a volar la loca de la casa. Y los pesimistas, lloriqueando quejumbreces, tienen ahí telas que cortar para sus negrores. El mundo entero se va tornando, a medida que las nubes se van espaciando, negra selva nocturna, apenas iluminada por pequeñas luciérnagas que hacen la noche más obscura con sus guiños burladores.
Los viajeros por las selvas vírgenes notan una rara enfermedad que ha sido llamada “el mareo de las espesuras”. Se amontonan en el corazón presentimientos de catastróficos desvíos bajo la comba de los árboles gigantes. Pensamientos extraños agarrotan el cerebro. La selva antropófaga abre sus fauces insaciables. Y la cabeza se pierde, en una desvanecida sensación de miedo y rara locura.
No importa. Hundámonos en ese ambiente mareador, procurando bucear de algún modo para pescar el hilo interior del momento.

a) Domina todos los acontecimientos, porque es broche de todos ellos, la entrevista del Brennero, entre el Führer y el Duce, habida, para colmo de las contradicciones, el 4 de Octubre, día de aquel peregrino de amor que, en una época no menos enrevesada, iniciaba desde Asís, la honda cruzada franciscana. Sin anuncio previo, como toca a conductores que realizan, llegan los dos políticos totalitarios a la frontera germano-itálica. Y en esa aldea apenas de cien casas tiene lugar otra vez una entrevista que ha de hundir sus influencias en las mismas entrañas del gran drama, extendiendo sus tentáculos invisibles hasta las lejanías de las antípodas amarillas. Alemania, Italia y Japón acababan de rubricar un Pacto que ya existía de meses, esperando el momento de granar sobre la realidad de los hechos. Y el acontecimiento, no por previsto menos importante, tiene volumen de algo extraordinario. A su alrededor ¿qué habrán decidido los dos políticos que vienen llevando el mundo a remolque a base de sus constantes iniciativas?
Notemos que a la reunión asistían dos personajes, uno de los cuales ha sido nombrado por los cables, pero no el otro. Uno, el general jefe del Estado Mayor. Otro, el diplomático nipón que, que desde hace ocho meses, está actuando en Europa con una actividad tan recia como oculta, y que ahora -¡qué casualidad!- estaba veraneando silenciosamente en los bosques de Liechtenstein.
El vacío retórico esta rodeando esa entrevista de Brenner, que seguramente será histórica. Época de charlatanerías el siglo X1X, de cuyas sobras estamos raquíticamente viviendo, es cosa sabrosa el ver ahora a grandes políticos cerrar la boca y abrir la mano; poner un dique a la garrulería y meterse sin descanso a la acción. La política agonizante –la internacional y las nacionales- llevaba clavada sobre sí esa marca deprimente de retórica vacía y de prodigalidad palabrera. Y ha de agradar a hora a quienquiera que aspire a mejores días el que una entrevista histórica de alcances extraordinarios pueda celebrarse sin proemios literarios ni epílogos banquetarios, alfa y omega de unas viejas maneras afortunadamente agonizantes.