Hispanoamericanismo 41 11
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Hispanoamericanismo 41 11
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Panamá expulsa a los japoneses La SI 15/11/41 p. 3-4
EE.UU. se instala en la Guayana holandesa La SI 29/11/41 p. 5-6

            a) El hecho es tan simple como pintoresco: un gobierno constituido según normas civilizadas comunica a una minoría extranjera que habita y trabaja en su suelo, sin aducir motivos y atropellando las leyes internacionales y las propias, que cierre sus negocios y se vaya sin remedio.
            Apenas sería creíble esa tesitura, si no viésemos como ese pequeño Panamá –que sirve a normas extrañas- no hace más que imitar a otras potencias, para las cuales los derechos del extranjero habrían de ser respetables, a cambio, se comprende, de cumplir estrictamente con sus deberes. Hace poco que los egipcios, por exigencia de los británicos, expulsaban a los italianos
De todo el país, incautándose dolosamente de sus negocios. Y Egipto no está en guerra con Italia, pero está bajo las férreas garras de la democracia británica. Más reciente es, todavía, la exigencia impuesta por los democráticos gobernantes de países extranjeros obligando al Irán y al Afghanistán a expulsar a todos los alemanes e italianos de su suelo. Y es de ayer no más la exigencia de que fuesen expulsados de las Indias Holandesas y otros países del Asia y Oceanía los comerciantes japoneses.
            Hechos propios de una democracia y una libertad para las cuales libre determinación de los pueblos quiere decir ponerles el pié sobre el pescuezo, y derechos iguales para todos la persecución sistemática de aquellos que no placen a los egoísmos de los pueblos imperialistas de epidermis democrática.
            ¿Es una ola xenófoba, que otra vez invade a los pueblos, cuarenta años atrás a la China y ahora a los dos grandes pueblos de habla inglesa? Ciertamente que se trata de xenofobia; pero no que se trate de una epidemia que acaba de advenir. Gran Bretaña ha sido siempre eminentemente xenófoba en el mundo moderno, a base de un orgullo de raza ante el cual el resto mundial es un pequeño rebaño de “natives” que debe ser férreamente apacentado. Estados Unidos, hijos de sus padres, son los que iniciaban a fines del siglo pasado la política xenófoba, con sus leyes sobre los japoneses en su Far West, con sus altas murallas contra la inmigración y su Ellis Island, con una serie de medidas cuya base no es otra que el servicio mundial para el bien de aquel pueblo.
            b) Sin embargo, es necesaria una aclaración ,para entrar en el fondo de uno de los problemas más graves de nuestros días arruinados. Cierto que se trata de xenofobia. Pero esta manifestación no es causa y raíz, sino efecto. ¿Podríamos encontrar su causa, y proyectar ese problema de la xenofobia de los actuales pueblos atrasados sobre otros problemas todavía más fundamentales?
            Evidente. Bastará para ello hacer funcionar el raciocinio a base de hechos de todos conocidos.
            El sistema liberal –y no aludimos a política con esa frase, sino al individualismo manchesteriano- hacía gala de una montaña de buenas cualidades, entre las cuales sacaban cabeza bien erguida tres, que constituían verdaderos fetiches para los supersticiosos de esa escuela que se tenía por racionalista: la libre competencia, el desarrollo de personalidades y lucha de precios; la política de libre cambios y puertas abiertas; la concurrencia internacional sin pueblos privilegiados.
            La teoría ofrecía características engañadoras. Era presentada con elegancia y facha de cosa científica. Repicaban dentro de ella palabras sonoras tentadoras: baratura, democracia, libertad, libre lucha...
            No vamos a mostrar como -objetivamente estudiado- todo era pintarrajeamiento y débiles capas de pintura superficial.  Es un problema muy interesante, pero largo de explanar. Nos interesa solamente mostrar cómo todo subjetivamente mirado no era más que deslealtad al propio decir, mentira crasa, simulación a la vista y repugnante inversionismo.
            Todo aquel aparato pseudocientífico de la economía manchesteriana estaba montado sobre una pretensión que en buena parte fue por algún tiempo realidad: la supremacía sobre todo el mundo del pueblo que la creara. Mas, en el instante mismo en que, a la sombra del manchesterismo, la libertad, el librecambio, etc. etc., otros pueblos se alzaban disputando a los manchesterianos la presa del comercio mundial, toda la farsa se venía abajo, apareciendo en el interior lo que había en realidad: un egoísmo grosero que creaba el aparato manchesteriano para apuntalarse y lo rechazaba a puntapiés cuando, a su sombra, los demás surgían.