Hispanoamericanismo 43
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Hispanoamericanismo 43
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El porvenir de América  La SI 01/05/43 p. 1-5
La nueva esclavitud gomera y los Estados desunidos  La SI 23/10/43 p. 1-3


El porvenir de América
La SI 01/05/43 p. 1-5


    a) Los romanos tenían entre sus adagios uno que podría ponerse por lema a numerosas cuestiones internacionales hoy día. Es un refrán incisivo y cáustico, como conviene a la vez al carácter de la lengua del Lacio y a la manera de ser de los viejos ciudadanos de las Siete Colinas: “tarde venientibus ossa”. Osea, para libremente traducirlo: “los que llegan tarde al banquete no hacen más que roer los huesos”, o, todavía más ampliamente: “el que no realiza en cada instante lo que ese instante demanda, pierde la partida”.
    Es lo que va a tener lugar después de la guerra en ese problema tan complejo –que es el problema áxico de estos tiempos- de la desocupación
    Mr. Wallace, en las diversas etapas de su viaje, ha realizado esfuerzos enormes para ocultar su terror –el terror de todos los norteamericanos- a esa postguerra, que ha de retrotraer a los días trágicos de las millonadas de desocupados. Cuidadosamente el vicepresidente palía sus declaraciones, procurando todavía declarar lo menos posible. Está aterrado por el porvenir inmediato: ¡desocupación!
    Y no sin razón. Ha sido constante idea en estas columnas –desde muchos años atrás- mostrar la capitalidad de este problema. Largas columnas han sido dedicadas a ese tema, ante el cual pasaban las gentes (y aún los hombres de negocio, aunque parezca mentira) distraídos por la música insulsa e irreal de “una mejor distribución” como remedio. Hemos venido machacando entre un mundo de incrédulos. Pero ahora ya todos han venido a parar en lo mismo, aún los que meneaban en son de duda la cabeza, no viendo lo que tenían delante mismo de sus ojos.
    Mr. Wallace ha hablado lo menos posible de desocupación, aún –nos consta- en las conversaciones particulares. Tiene terror al problema y aún a la palabra misma. Habla de “los alrededores” del problema, para que no se aperciban de su terror y vean que todo va a una cosa: a que América Ibérica sea el paño de lágrimas de un gran pueblo, tan grande como poco inteligente en sus supremas esferas directrices. Pero siempre el problema le respirará por todos sus poros, y aún a veces se le escapa la frase misma. Así, reporteado recién por un diario peruano, se le ha escapado esta frase en medio de sus declaraciones, como atestigua una agencia norteamericana: “el problema máximo de la postguerra será la terrible desocupación que nos amenaza”. ¿No lo habíamos dicho desde 1922?
    De ahí el interés iberoamericano a una preparación asidua, constante, intensa, para recibir sin miedos ( y aún ¿por qué no? con alegría de corazón) esa Post Guerra. Con alegría de corazón, a condición de estar para ella preparadas.
    Esta guerra tiene con la anterior grandes semejanzas, como que no son más que dos etapas violentas de una misma evolución. Pero son “dos etapas”, y, por lo mismo, distintas. En la historia se repite la máxima de Leibnitz según la cual es de imposibilidad metafísica la existencia de dos entes o sucesos absolutamente iguales.
    Una de las diferenciaciones entre esta guerra y la anterior será que la crisis de la desocupación vendrá con mucha mayor rapidez y violencia, porque estamos, en esa ruta de un cambio de Edad, más cerca ahora que entonces de la agonía, y los acontecimientos han de precipitarse más rápidamente por razón de etapa. Otra de las diferenciaciones será que, mientras en la otra guerra Estados Unidos, infatuado y torpe, se creía exento de la crisis (cuando era él el punto central del tumor “no hay trabajo”), ahora ve claro y está plenamente aterrorizado por ese hecho próximo. Y, si entonces, su escasa visión no le lanzó a tomar medidas, suaves o violentas, contra los demás, ahora las toma ya desde ahora, y las intensificará cada día más, para ver de curar su llaga con el esfuerzo ajeno, ya que no se ve capaz de hacerlo con el esfuerzo propio.
    He ahí dos motivos para una preocupación muy seria por parte de estos nuestros pueblos, para que la catástrofe no los pille sesteando en el “dolce far niente” de la ciudad alegre y confiada.    Los gobernantes americanos, cuya es la responsabilidad mayor de las decisiones; los hombres de negocios que no quieran parecerse a ese ciego de Hoover, que nada supo ver cuando Presidente de lo que tenía antes los ojos y ahora se entretiene dando consejos sin fundamento; los trabajadores, que serán siempre las víctimas únicas de las crisis, porque las minorías pueden, no sólo liberarse de sus efectos, sino aún de engordar nutriéndose de los