Hispanoamericanismo 46 08
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Hispanoamericanismo 46 08
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Estados desunidos ibero-americanos. El ideal racial y la organización
La SI 03/08/46 p. 9

           Se habla mucho del Buen Vecindaje. ¿Por qué no? ¿No indica ello, además, de que ese Buen Vecindaje, que se predica y se desea, no debe haber existido antes, cuando tan gritonamente se le desea?

            Sería una buena obra escribir un libro sobre todo lo que tiene relación en América con la “Mala Vecindad”. Sería una obra altamente instructiva. Sabríamos quién ha alzado bandera de mal vecindaje, y aún buscaríamos en el por qué de esa mala voluntad.
            Encontraríamos, por ejemplo, mucho de mala voluntad entre nuestros pueblos, debido más a la ignorancia de nuestras cosas que a la mala fe del pueblo. Encontraríamos que ha habido, por encima del pueblo, caudillos que han realizado obras pésimas de mala voluntad, y sabríamos si ellas han obedecido a odios entre los miembros de la raza; o a un cierto patriotismo de campanario, porque el buen patriotismo jamás se opone al noble vecindaje; o a dinero recibido o logrado quién sabe cómo, o a cierta estrategia que ha hallado en las hostilidades entre nuestros pueblos motivo de afianzamiento de algún gobierno odiado; en fin, sabríamos a qué atenernos en lo tocante a esas Américas desunidas durante más de un siglo de independencia.
            Y, caminando más al norte, sería también bueno ver los motivos de desunión entre estos pueblos por causas venidas de afuera de la raza. Por ejemplo: hace no más de un año iban a entenderse y a reconocerse un solo pueblo como son, cuatro de los seis pueblos centroamericanos. Es evidente que a esas ansias de Buen Vecindaje, que involucraba la unidad incluso, se opuso la cancillería del norte, por más que no exista todavía el que haya levantado el secreto de ese reciente “affaire” racial.
            Se habla de unidad: y lo principal radicaría en conocer exactamente cuál es la causa –cuáles son las causas- de la política desunida durante décadas. Así procede el médico. Sabe perfectamente que, conocidas las causas, es fácil que la terapéutica aplique lo debido, trabajando con exactitud. Viceversa: todo son tanteos si se pretende aplicar remedios desconociendo la causa de la dolencia.
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            Se habla mucho del Buen Vecindaje. ¿Qué loco defendería lo contrario, deseando para estos pueblos –para cualquier pueblo- un Mal Vecindaje? ¿Quién no conoce los males que han de provenir de un vecindaje mal llevado, cuando los vecinos pelean tontamente pared en medio?
            Todavía entre individuos y hogares hay cierta solución para los que tienen la mala costumbre de vivir inamistosamente con los vecinos. Puede cambiarse de residencia. Y un simplista sacaría la consecuencia de que, en este caso, el Mal Vecindaje se acabó.
            Nos parece, sin embargo, que no sería así. Los malos instintos o el mal carácter, que llevaba un mal vecindaje, no son otra cosa del “lugar”, sino algo que se lleva dentro. Se trata de una manera de ser. Y como tratándose de la felicidad, que la encuentra en todas partes el que la lleva dentro, así es cosa del interior los buenos tratos entre vecinos, acompañándonos el bueno y el mal carácter, las más de las veces, donde quiera que vayamos.
            Sin embargo, son posibles las probaturas: cambiando de lugar, y , por lo mismo de vecinos.
            No así con los pueblos. Donde Dios los ha plantado y la Naturaleza los ha rodeado de un ambiente determinado, allí se quedan “in aeternum”, sin que esté en su mano cambiar de residencia y vecindaje.
            En épocas históricas en formación, y en raras circunstancias, ha habido pueblos que han emigrado en masa. No es esta la normalidad. Pueblos que secularmente se han fijado en el suelo, allí han de gozar con el vecindaje que les ha tocado; o, si lo llevan mal, apechugar con él en constante desavenencia con los vecinos.
            De ahí surge el interés del Buen Vecindaje, que, de conveniencia, se torna necesidad. Es de necesidad que un pueblo no cambie de residencia. Es de necesidad absoluta que sepa convivir con los vecinos que le han tocado.
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