Hispanoamericanismo 46 10 12
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Día de la Raza: llegó la hora. La raza ibero-americana, apoyándose en su energético Pasado y en el inquieto Presente, se prepara para las conquistas del Porvenir La SI 12/10/46 1-5, 8

 

Día de la Raza: llegó la hora. La raza ibero-americana, apoyándose en su energético Pasado y en el inquieto Presente, se prepara para las conquistas del Porvenir.
La SI 12/10/46 1-5, 8
(en la página 2 de esta crónica, columna 2, párrafo “b”, se hace referencia al 12 de Octubre como ya pasado; ello lo esclarece JBC en la página 5, columna 1, párrafo “f”, al hacer presente al lector que estas páginas fueron copiadas de un largo artículo escrito 20 años atrás, esto es, el 12 de Octubre de 1926, por lo cual apareció en La Unión de Valparaíso, durante la primera etapa de La SI. Nótese que JBC redacta la crónica bajo la conciencia de estar cercano aun el primer centenario de la independencia de los pueblos ibero americanos de este Continente: ver página 3 col. 5 párrafo “c”)

l. La heroica gesta del Descubrimiento
 En los albores del siglo XV el mundo asistió a la lucha suave y esperanzadora entre una agonía y una aurora.
 Entre los estertores de la agonía se iba muriendo la Edad Media, con todo lo bueno que esa Edad tenía, que era mucho, y todo lo malo que, sobre todo en sus últimas décadas, había ido acumulando, como frutos de la vejez de una época. El feudalismo en los campos y la organización gremial del trabajo en las ciudades habían realizado servicios providenciales durante siglos extremadamente difíciles. Más, en manos de groseros usufructuadores, los naturales defectos –que los tienen todas las cosas humanas- se había ido progresivamente agravando, hasta convertir a instituciones sabiamente proyectadas en verdaderos obstáculos para el progreso social de los pueblos. Y de ahí su natural estado de agonía. Toda institución normalmente abusadora está corrompida. Y toda corrupción es anuncio y concomitante de la muerte.
 Más, paralela a esa agonía de las cosas podridas de una edad que se adivinaba se iba muriendo, una aurora de nuevas cosas se anunciaba por el oriente de los horizontes de la historia. Clareaba una nueva Edad, con aquellos rayos inciertos y suaves que preceden a todos los amaneceres. Los gustos cambiaban. La invención de la imprenta traía una revolución en la ciencia y la cultura. La escolástica, recia y granítica en manos de los genios del siglo Xlll, había degenerado en preciosismos lógicos y sutilezas metafísicas en las especulaciones de los filósofos de quinta mano. Y, en su lugar, amanecía vagamente otra ciencia filosófico-natural y una lógica geometrizada, que iban a dar carácter a los siglos venideros. Sobre las ruinas de los poderes feudales mal comprendidos y de la democracia gremial mal interpretada surgía el despotismo de los Césares del Renacimiento. Y aún en lo religioso, nuevas luces comenzaban a aclarar la anterior obscuridad; y en las márgenes del Rhin aparecía la protesta –esencialmente negativa- de Lutero; y en las montañas de Trento surgía una poderosa luz destinada a oxigenar atmósferas asaz rarificadas y a iluminar al mundo marcándole nuevas rutas.
 Todo anunciaba que, al lado de la decadencia y la vetustez que se hundía en el abismo del pasado, alboreaban nuevos tiempos, llenos de juventud y de esperanzas.
 Más, lo que dio un mayor empuje a ese cambio o sucesión de Edades fue, sin duda alguna, los acontecimientos geográficos que, a fines de aquella centuria, se realizaron. Nada hacía preverlos. El mundo europeo vivía –desde dos mil años- concentrado sobre sí mismo, sin mayor intervención ni conocimientos de otros continentes. No mostraba siquiera interés en ensanchar sus límites y ni aún interés científico en novedades geográficas de gran alcance. Se contentaba, respecto del Asia antigua, con enviar allá heroicos misioneros, solo atentos al bien de las almas de aquellos orientales, sin interés mayor de otras finalidades. Los gobiernos, además, no les prestaban el menor auxilio pecuniario ni de otra clase alguna. Y respecto del norte de Africa –pues el resto del continente permanecía en el misterio de lo desconocido- se contentaban los gobiernos del Portugal y España con algunas expediciones a las costas con fines muy limitados y resultados nulos. Recuérdese la más grande de esas expediciones militares, la del rey lusitano don Sebastián, que cayó brava pero inútilmente en las lagunas pútridas de Alcázar Quivir, con más de 500 caballeros y todos sus 20.000 soldados, víctimas del arrojo y fiereza patriótica de los yebalíes, todavía hoy rebeldes a los exteriores yugos.