Océano Pacífico 40 10 19
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Océano Pacífico 40 10 19
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La hora del Pacífico. La agonía del Atlántico. Las autarquías continentales, causas y efectos. La Simulación en la economía tradicional. La raza amarilla se pone de pié. Rusia asoma ante los icebergs norteños. ¿Resucitaría ahora la línea divisoria papal en el centro del Pacífico? La SI 19/10/40 p. 1-5  (texto incompleto, resumido)

            a) Los acontecimientos de estos días, como pocas veces capitales, nos convidan a fijar la atención sobre uno de los grandes hechos más trascendentales de este cambio de Edad histórica.
            Constantemente venimos notando la necesidad de que, apartando la atención de los pequeños hechos, sepamos fijarla en el hecho grande que representa la totalidad de esos pequeños acontecimientos.  Los críticos de vista corta no aciertan a colocarse un poco lejos de la corriente histórica, para poder enfocar en perspectiva un gran espacio. Fijan su vista, hecha para los pequeños análisis, sobre o aquél hecho, con lo cual faltos de ligamen  y de concatenación, se pierde vista la marcha general y la médula unidora.
            No es que pugnemos por la vaguedad de los conjuntos, negando importancia al análisis de cada dato. Estas crónicas son ejemplo de cómo  nos apoyamos constantemente en datos concretos, punto de partida único para apuntar bien el pié y el cerebro, propensos a desvanecerse en las nubes de lo vago. Los hechos concretos son esenciales, especialmente para los que no queremos nada que se aparte de la verdad y de la objetividad: de la verdad, que es un postulado moral, y de lo científico para la recta solución de los conjuntos que son objetividad, que es un postulado las ecuaciones vivas(sic). Sin datos ciertos ¿cómo marcharía –cómo marcha en las críticas de los corderos de la Vl Columna- el raciocinio?
            El siglo XlX, de cuyas sobras vivimos miserablemente todavía, se las daba de positivista y amador de los hechos. Nunca, escribía un apasionado de los hechos, el inglés Chesterton, se había visto en la historia un siglo más prescindidor de los hechos: en moral, estrafalariamente embustero, en ciencia, obcecadamente amigo de teorismos, bizantinismos e hipótesis
De ahí una necesaria reacción contra el teorismo de los que nos han precedido, embaucándonos de supersticiones cientificóideas. Por estamos reclamando constantemente contra el imaginativismo de sedicentes escritores, mostrando la necesidad de atenernos a los hechos, estén estos en consonancia con nuestros deseos, o no lo estén.
Pero, ese amor a los hechos nos obliga a verlos dentro de su ambiente, es decir, relacionados. Porque la negación de esta cualidad constituía otro de los modos absurdos de la centuria pasada. Su manía generalizadora, no era ligazón de hechos en íntima y natural relación, sino creaciones de imaginaciones débiles y de supersticiones pseudopositivistas. Creaban una realidad. Y la moral crítica y la necesidad científica obligan a no crear nada, aparte el juicio crítico, antes reconociendo los hechos y viéndolos en su real y viva ligazón. Se era, en los últimos tiempos, so capa de positivismo, inobservador de los hechos reales y de sus naturales relaciones, fantaseando por las nubes hasta la prodigalidad. Hay que notar constantemente la necesidad de una reacción contra esas tendencias.
Ese ambiente antirealista de la crítica en los pasados tiempos inmediatos nos ha amamantado en una zona de ficción. Y estamos todos inclinados, en brazos de esa formación en que hemos sido estructurados, a, por una parte, no ver hechos a la vista y ver hechos que no han existido jamás; por otra parte, a no saber captar las grandes direcciones de los hechos verdaderos (como si dijésemos “su ambiente dinámico”). Y como esas grandes direcciones constituyen el hecho general sintético y la característica de las mutaciones, estamos en peligro de desconocer éstas inconscientemente. Y, por lo mismo,  estar incapacitados para ver la médula esencial de lo que está sucediendo.
Un ejemplo, aún a guisa de demasiada insistencia. Son no pocos los que se llaman críticos –y más todavía los que se llaman profesores- que, imbuidos en teorías superficiales de los llamados ciclos económicos (que como tales, no han existido jamás) no saben observar en los hechos actuales, no solo algo que contradice esencialmente aquellos ciclos, sino –menos todavía- que no se trata ahora de ciclos  más o menos accidentales, sino de un natural, lógico y evidente cambio de Edad. Y de ahí sus yerros en cuanto a