Hispanoamericanismo 48 07
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Hispanoamericanismo 48 07
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Estados desunidos ibero-americanos Convenios de trueque simple  La SI 03/07/48 p. 4
Estados desunidos ibero-americanos. Unión o separación La SI 03/07/48 p. 4
Estados desunidos ibero-americanos. Alianza árabe ibero-americana La SI 10/07/48 p. 4
Estados desunidos ibero-americanos. Unión o separación La SI 10/07/48 p. 4
Estados desunidos ibero-americanos. Alianza árabe ibero-americana La SI 17/07/48 p. 5
Estados desunidos ibero-americanos. Unión o separación La SI 31/07/48 p. 6
Estados desunidos ibero-americanos. Alianza árabe ibero-americana La SI 31/07/48 p. 6

Estados desunidos ibero-americanos
Convenios de trueque simple
La SI 03/07/48 p. 4

 Recientemente el Senado venezolano aprobó el Convenio de Trueque de carne argentina por petróleo venezolano.
 Hubo debate cuando el senador Cohen impugnó el convenio como lesivo a los intereses de los ganaderos.
 Gómez Malarete, senador de la mayoría, sostuvo como una necesidad del pueblo el convenio con la Argentina. El convenio fue aprobado
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 Se levantan al pie de este convenio los intereses particulares dentro una nación misma, y los intereses internacionales de los países y particulares negociantes en el “affaire” de los cambios internacionales.
 Los que, dentro de la misma nación, combaten esos convenios, no es porque sean de trueque, sino porque lesionan, según ellos, los intereses de los ganaderos.
 Es interesante cómo el interés privado entiende lo que ellos llaman “intereses nacionales”, no siendo en realidad más que intereses de una minoría especuladora.
 Los ganaderos, en Venezuela y en la mayoría de países americanos, siempre han tenido al pueblo sin aprovisionamiento de carne. En rigor, ni ganaderos son, porque no han desarrollado su industria al tenor de los demás países, de manera que sirvan sencillamente al pueblo.  Son fundos que se llaman ganaderos, porque tienen pastando algunas cabezas de ganado, criándose solo a la buena de Dios, sin que el patrón ponga de su parte aquella mínima parte que exige una industria cualquiera para que el Estado pueda considerarla como parte activa en las actividades de un país.
 Son siempre abundantes las voces que gritan contra medidas económicas cuando de alguna manera se sienten perjudicadas. Pero es evidente que solo puede sentirse injustamente perjudicada aquella actividad que, realizando lo necesario para ser digna de ser parte de la economía nacional, ejecutando algún trabajo para llegar a la altura de un oficio que todos pueden decir que se ha ganado bien la protección del Gobierno. Una empresa que compre maquinaria y traiga técnicos para ponerla en movimiento; un terreno que, a fuerza de grandes obras y trabajos mejorando la calidad del terreno, alcanza una producción fácil y servicial para los consumidores; un comercio que ponga fuerzas y dinero para colocar a manos de los ciudadanos cosas que no llegarían a sus manos sin tales trabajos; un negocio que, a fuerza de medios científicos, críe animales y los ponga suficientes a disposición de los ciudadanos, etc., esos son negocios y tienen derechos a ser debidamente protegidos. 
 Pero,  es así la ganadería que ni eso es, sino que se reduce a poner a la disposición de los ciudadanos, animales que él, no cría bien ni mal, porque los deja sin cuidado, y los vende, con mínimo trabajo, si es que hay alguno, a precios caros, ¿es este “ganadero” (que usurpa el nombre) digno de ser tenido en cuenta, sacando de la mano del consumidor reses cuidadas, de un verdadero ganadero, y más baratas, al servicio de la comunidad? (sic)
 Los países que no tienen ganaderos, porque no lo son los que nadan crían científicamente ¿tienen acaso derecho a que sean preferidos como ganaderos y por su culpa se aparte del pueblo comida sana, barata y cuidada, aunque sea ajena? (sic)
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 Los pueblos de América hispana son hermanos. ¿Sostendría usted el adefesio que, aún no hace treinta años había en España, en Francia, levantándose aduanas interiores, con aranceles prohibitivos, a la entrada de cada pueblo o ciudad?
  Eran un verdadero crimen las aduanas interiores llamadas “consumos españoles”. Para entrar en un pueblo algún producto de otros pueblos, había de pagar usted su precio y conocer  y satisfacer su arancel. ¿Le gustarían los puestos aduaneros interiores que había hace poco en Francia, rodeando la ciudad de París unos 40 puestos de aduana que no le dejaban pasar un litro de vino para entrar a la ciudad, si usted no pagaba lo que la municipalidad de París le acudía imponer como un tributo?