Estados Unidos 33 05 22
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Dos discursos examinados por dentro. El Presidente Roosevelt y el Canciller Hitler aconsejan a los gobiernos sobre el caos mundial La SI  22/05/33 p. 1-5, 8
Texto del Mensaje de Mr. Roosevelt Casa Blanca  -  Wahington, Mayo 16, de 1933 La SI 22/05/33 p. 5
Discurso del Canciller en el Reichstag La SI 22/05/33 p. 5

1. Instantes supremos
            El mundo de los políticos y financieros ha llegado, al parecer, a un instante verdaderamente estratégico. Todo son discursos, exclamaciones, consejos, reproches, ganas de hacer, deseos de acabar, por fin.
            Una neurosis grave se ha apoderado de todos aquellos que tiene en sus manos algo que signifique responsabilidad. Se reúnen Conferencias, preconferencias, prólogos a las preconferencias, preliminares a los prólogos, toda una gama absurda de idas y venidas de dichos y proyectos, de pareceres y opiniones, que más se asemejan a una confusa Babel que a una reunión sensata y ecuánime de gentes técnicas y experimentadas, además, dentro de su tecnicismo.
            La neurosis llega a los últimos extremos. Mt. Lloyd George, que fue el sostenedor acérrimo de los extremismos antialemanes en Versalles, tacha ahora de locos a los que han cumplido fielmente el desgraciado Tratado de Versalles. Mr. Owen Young, autor principal del Plan de su nombre, el cual obligaba a los deudores a pagar en oro, anatematiza en estos instantes en una conferencia pública, a aquellos que obligan a Alemania a pagar en oro. Los mismos diputados que votaron durante diez años las altas tarifas como elemento esencial de redención, abominan ahora de esas altas barreras, que reputan cosa de torpes e incapaces.      
            No menos están tocados de pandemia neurótica los amos de las finanzas y los grandes sacerdotes de la banca. Habituales agentes de especulación, a base de explotar al productor, especialmente agrícola, arrojándolo a los abismos de los precios bajos no remuneradores, se vuelven ahora locos para ver de elevar los precios de los productos básicos, que reputan condición necesaria para levantar al mundo de su actual postración. Y desde la Wall Street, dueña y señora, hasta el último rincón donde se rinde culto a esa hostia del diablo que es el oro, un sacudimiento frenético agita a todos, poniendo nerviosidad en los hombres más fríos de antaño.
            El mundo está loco. Esta frase, que repiten tantos en estos instantes, la modificaríamos nosotros así: el mundo de los políticos y de los financistas está loco. Así corregida, nadie se atrevería a negarle los caracteres de una realidad, no sólo evidente, sino espectacular.
            Por encima de esa general locura, se han levantado voces serenas. Esas voces serenas han existido siempre, pero gritaban sus consejos desde los humildes rincones en los cuales las palabras quedan ahogadas por la misma reducción del horizonte de quien las formulaba. Pero ahora esas palabras que nos vienen de la región de la serenidad, como si quisieran dominar todo ese barullo neurótico, proceden de esferas elevadas, que han logrado hacerse oír de todos. Roosevelt y Hitler han dicho su palabra desde las alturas. Y no solo los hilos telegráficos, sino también el mundo entero, han vibrado ante la precisión de esas admoniciones, que advierten a la humanidad el peligro del abismo e intentan señalar la ruta que lleva a la serenidad y a la paz.
            Es lo que intentaremos hacer ahora, y siempre, de cara a los hechos y a las cosas acaecidas, a fin de que las responsabilidades de las conclusiones que se desprendan se carguen, más que a la voluntad del autopsiador, a la imposición inevitable de los sucesos mismos.

2. El enfermo está grave
            Esa neurosis no es subjetiva, como la de los enfermos imaginarios, que llevan toda la gravedad en las propias sugestiones. El mundo, en realidad, está bien grave.
            ¿Cuántas veces no se ha dado por terminado el proceso de la desocupación y no en un solo país? Se han hecho para ello esfuerzos extraordinarios, tan absurdamente equivocados como intensos. La desocupación está ahí, cada día más grave, sin que los millones de hambrientos cedan por un solo instante. No se ha hallado manera de absorber por el trabajo esas enormes masas, que constituyen el eje de la crisis mundial en cuanto al concepto de la peligrosidad. Y exceden de cincuenta millones de brazos fuertes, los que están forzosamente parados, y tras ellos, la hueste amarillentosa de mujeres, ancianos y niños que de esos brazos caídos teóricamente dependen.