Estados Unidos 33 07
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Mr. Roosevelt, discípulo de Mr. Hoover. Viejo camino, mal camino La SI  24/07/33 p. 1-3

            De árbol caído todos hacen leña. Y en estos instantes, ese árbol caído, tanto para la generalidad de lectores, como, especialmente, para Estados Unidos, es el olvidado Mr. Hoover.
            No queremos nosotros sumarnos a ese coro banal de críticos. Contrariamente, queremos llamar la atención sobre algunos aspectos que interesan, no ya a la persona del anterior Presidente norteamericano, sino también a la justicia que debe preceder a todo juzgamiento.

            a) Hay que recordar, ante todo, la aureola de entusiasmos con que la actuación de Mr. Hoover fue saludada durante ocho años bien largos, no solo en Estados Unidos, sino en el mundo entero. Y hay que recordarlo, para que ahora la crítica superficial, cuando menos, modere un poco cuanto pueda significar responsabilidad del alto Mandatario que precedió a Mr. Roosevelt.
            Mr. Hoover fue Presidente, en rigor, desde 1922. Poco importa que otro se sentase en el sillón presidencial de la Casa Blanca. Cuando Mr. Harding, presidente nominal, lo nombraba ministro de Comercio en aquella fecha y le daba facultades omnímodas para todo, aún para conculcar las leyes de “facto”, el secretario Hoover actuaba de Presidente efectivo.
            Comenzó el nuevo ministro de Comercio convenciendo a las Cámaras a que elevasen las tarifas aduaneras a límites muy altos. De este modo, en aquella remota fecha de 1922, Estados inicia el ultraproteccionismo arancelario, por iniciativa de Hoover, pero con el entusiasmo más decidido, no solo de su partido, sino de la oposición y de todo el pueblo americano.
            El Partido Demócrata, ahora en el gobierno, estaba en la oposición y jamás hizo nada para oponerse a ese arancelismo rabioso de Hoover. Algunos de sus miembros, muy escasos, hablaban a veces contra “el excesivo proteccionismo”. Cuando llegaba una votación, el Partido Demócrata empero votaba como un solo hombre por la elevación de tarifas, por el más radical proteccionismo. Siempre Mr. Hoover se encontró con una rara unanimidad. Y de su política son igualmente responsables los republicanos y los demócratas.
            No solo los votos. Los más férvidos, los más entusiastas aplausos.  Estaban todos convencidos de que los planes de Hoover eran geniales, indiscutibles. Era ardiente su debilidad, su ineficacia, porque había de venir la respuesta de fuera cerrando a su vez sus aduanas a los productos norteamericanos. Era imposible, además, que aun con fronteras abiertas, Estados Unidos pudiese introducir una producción doble mayor de la que el mundo necesitaba. La cosa era absurda, y, desde el momento mismo de proponerla y establecerla, la declarábamos desde estas columnas destinada al más grande fracaso.
            Pero no pensaba así ni el público norteamericano, ni el partido demócrata opositor (que, en este caso no era opositor sino entusiasta del gobierno), ni los críticos internacionales.
            La política ultraproteccionista de Hoover había de traer una apariencia de actividad inmediata, que había de durar lo necesario hasta que el mundo respondiese  defendiéndose contra ella. Pues bien, por esa apariencia de prosperidad accidental y de mal signo, fue elevado a las nubes Mr. Hoover. El pueblo lo tenía como un semidios, que había llevado al pueblo a la más alta prosperidad. El Partido Demócrata  eliminaba a todo ministro menos al de Comercio, que era conceptuado como un genio. La crítica –nacional y extranjera- tejía diariamente los más altos ditirambos, quemando al pié del altar presidencial toneladas de incienso.
            Recuerdo todavía con cuanta pena –con cuanta voluntad- escribía yo lo contrario en estas columnas, encontrándome solo en ese concierto de alabanzas, como ave de mal agüero; como habrá uno, naturalmente modesto, de esforzarme para ser claro en la crítica y no aparecer como un no-conformista deseoso de que se fijaran en él. ¡Tan universal era el aplauso y tan enorme!
            ¡Y tan sin ton ni son y tan torpe!
            Vino un día en que partió del ministerio del Comercio una idea. Mr. Hoover, que es a pesar de todo, una gran inteligencia, ya veía en lontananza un fracaso de sus planes. Estaban en plena