Estados Unidos 33 10
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National Industrial Recovery Act La SI 02/10/33 p. 1-5
National Industrial Recovery Act La SI 09/10/33 p. 8-12

1. El “Plan Roosevelt”
            De boca en boca y de cable en cable andan esas dos palabras, que han obtenido carta de ciudadanía en la mesa de los grandes problemas urgentes. El “Plan Roosevelt aparecía, dos meses atrás, en el cielo negro de la actualidad mundial como una vaga luz. Ha ido avanzando el tiempo. Y, sin dejar de ser nebulosa, la claridad parece haber aumentado, si no con el color blanco de las cosas claras, al menos con verdosa luz de las esperanzas y de los anhelos que responden a necesidades primarias. Y ese “Plan Roosevelt” aparecido sobre el horizonte norteamericano, es objeto de enorme curiosidad intelectual, en unos; de inquietudes esperanzadoras, en otros.

            ¿En qué consistirá ese Plan, como nuevo sistema norteamericano para hallar una solución a la terrible crisis que nos está agobiando?

            Hay, desde luego, una gran desconfianza, efecto de anteriores fracasos. El bluff no es algo propio de Estados Unidos; pero todos sabemos que por algo esta palabra es yanki. Tenemos en la memoria el terrible fracaso y el bluff extraordinario de siete años atrás, cuando desde Nueva York fue dado a conocer a los cuatro puntos cardinales el invento de un ”un nuevo plan económico”, que dejaba chico a los economistas de antaño y de hogaño. Plan maravilloso que, una vez tocado y analizado, consistía en un absurdo, fantástico e irrealizable “sistema de ventas a plazo”, carente de la más elemental consistencia.

            Sin embargo, sería interesante olvidar ahora aquel bluff, y entrar en un examen serio de ese nuevo método apellidado “Plan Roosevelt”.  En sus entrañas podríase encontrar  -¿por qué no?- un hilo conductor que guiase al mundo para salir del laberinto de sus actuales desgracias.

            Vamos a hacer un esfuerzo para ver de concretar ese Plan en las menos palabras posibles, y enfocar, luego, sobre él, una crítica imparcial y modesta.

2. Estado de nebulosa
            No favorece una comprensión exacta de este Plan el mucho hablar de él en la prensa y especialmente en los telegramas.  El amontonamiento de detalles daña siempre la comprensión. Y una balumba de palabras puede ser hojarasca vana que más bien nos oculte las líneas esenciales del sistema: que es oficio de la hojarasca hacer invisibles las estructuras interiores.

            No es fácil, por lo demás, captar la estructura íntima de un Plan que, no solo va formándose a medida que se va aplicando, como verdadera cosa viva que es, sino que ha rectificado ya varias veces sus líneas desde los escasos meses de vida que lleva. Y no se crea que decimos eso en son despectivo. Contrariamente. Si se tratase de un sistema rígido y a priori, temeríamos, desde luego, por su calidad y su eficacia. Ha sido el defecto del siglo XlX, que, llamándose positivista a toda boca, aplicaba planes preconcebidos, tan exactos y matemáticos, que exacta y matemáticamente nos han hundido a todos: ellos en ruinas y nosotros resoplando entre los escombros. De modo que, al decir que el Plan Roosevelt es algo no acabado ni estructurado, sino que va estructurándose a medida que se va aplicando a los problemas vivos, queremos indicar una ventaja del Plan; ventaja real, pero desventaja en cuanto a la explicación; porque no hay cosa más difícilmente explicable que aquello que está “in fieri”, como dirían los biólogos.

            Consecuencia de esa cualidad del Plan Roosevelt es otra: que el propio Roosevelt no lo concibe como cosa absoluta, especie de cúralo-todo portentoso. El ha dicho que sigue su Plan “porque lo demás ha fracasado”. ¡Qué frase humilde y sensata! ¡Cómo la paladeamos y la amamos, hartos ya de todo un siglo de “remedios seguros”, de conquistas “definitivas”, de tanta vanidad charlatana como nos ha estado envenenando durante más de cien años! Roosevelt prueba. Confiesa llanamente que esa nueva prueba no la ensaya por evidente, definitiva y toda la demás vana palabrería del siglo XVlll. No está, siquiera, absolutamente convencido de la bondad del Plan. Solo entra en él, y con entusiasmo, por haber fracasado todos los planes anteriores.

            Por esto puede, sin desdoro, rectificarse el Presidente Roosevelt. Ha comenzado afirmando que no tiene entre manos un remedio milagroso, sino algo nuevo que está probando y que, en gran parte, será hijo de la experiencia de cada instante.