Estados Unidos 37 09

Mellon, arquetipo La SI 18/09/37 p. 11

            Acaba de morir en Norte América el hombre más significativo en cuanto a caracterizar la “civilización” norteamericana antes de Roosevelt: Andrés W. Mellon, rey del aluminio, mammut petrolero, primer ferrocarrilero, ministro de Hacienda durante once años, especulador número uno y principal defraudador de la nación. Es el tipo del hombre sin entrañas sociales, sin moral patriótica, que se arrojaba sin escrúpulos sobre un dólar y atropellaba todo para “hacerse con él”, cualquiera que fuera el medio necesario: la defraudación, el engaño, la miseria de millones de niños, mujeres y ancianos. Ello le permitió morir con más de 2.000.000.000 de dólares, de los cuales la mayor parte no le pertenecían moralmente, aunque sí legalmente.

            Tres Presidentes seguidos colocaron en la cartera de finanzas a ese hombre siniestro: Harding, que tenía participación en sus “negocios”; Coolidge, acólito irresponsable de la Wall Street, y Hoover, ese juguete sucio de la minoría nacional que tenía a sus órdenes al país.

            Mellon hacía en tiempos de la guerra grandes negocios con el Estado, escandalosos siempre en cuanto a precios. Después de la guerra, en sus doce años ministeriales, se aprovechaba de todos los secretos de Estado para especular sin escrúpulos. El año pasado se le probó que estaba estafando al fisco más de un millón de dólares por año, ocultando sus gigantescas utilidades y no importándole nada los millones de desocupados y hambrientos.

            Mellon, además, era el tipo ignorante de “los grandes economistas”. Su ignorancia y vaciedad llegaron a tal extremo, que en 1928, teniendo el crack  y la crisis ante sus propias barbas, él juraba y perjuraba que jamás el país había estado en mejor situación. Y hasta que el edificio se le cayó encima no fue capaz de ver lo que veía un analfabeto cualquiera. Es el prototipo de los que se llamaron “grandes economistas” por ir cargados de dólares, y que no llegaban en olfato y talento al de un mediocre hombre de la calle.

            Caído todo, con 17 millones de desocupados y 42 millones de hambrientos, mientras Roosevelt trabajaba penosamente para meter algún orden, Mellon se entretenía pillando al Estado, arruinando y criticando a Roosevelt.  Hombre funesto, para cuyo tipo y moral se acabaron ya las posibilidades. Estados Unidos ha barrido de una vez  a esos hombres nocivos y en su ayuda acude también nuestra señora la Muerte, justiciera e implacable.