Estados Unidos 45 04 21
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El Presidente Roosevelt ha muerto La SI 21/04/45 p. 1-7

El Presidente Roosevelt ha muerto
La SI 21/04/45 p. 1-7

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            Allá por los días duros de la España imperial, en que eran tomadas grandes medidas buenas o malas, pero grandes y audaces, tenía lugar la llamada expulsión de los judíos, que tanto ha dado que hablar a los historiadores. A la cual precedieron lamentables persecuciones en otros países. Miles de familias en radiación migratoria, se escamparon por todos los ámbitos de Europa. 
            Esas corrientes emigratorias –mejor exilatorias- fueron principalmente dos: una, generalmente de hogares humildes, hacia el Cercano Oriente, donde dieron origen a ese maravilloso fenómeno racial y lingüístico de los Sefarditas; otra menos densa, pero, de hogares diríamos mejor puestos, hacia las tierras bajas del ultra-norte francés, donde se ventilaban variados problemas relacionados con la religión y la libertad de los pueblos.
            En esta última corriente de emigrados formaba una familia Délano. Ya radicada en Holanda, añadía a su apellido de formación hispano-latina, otro de aire bajo alemán. El cual, al pasar con la familia, por azares de la vida, a tierra de Estados Unidos, tomaba la ortografía de faz inglesa, con un nombre más en los censos de los habitantes norteamericanos no yankis: los Roosevelt.
            Un paleólogo hundirá ahora su bisturí sobre esos orígenes del gran hombre que acaba de bajar a la tumba. Buscaría relaciones entre el Délano originario y el Roosevelt sobrepuesto, los caracteres raciales hispanos que se hunden en la personalidad, durante siglos y siglos. El hecho de una persecución y el otro hecho de una creencia y raza determinadas. Las duras andanzas –eran éstos otros siglos de distinto viajar- de un país a otro, hasta posarse el hogar en los alrededores del Hudson.
            Nosotros no podemos entrar en tales andariegas investigaciones, dejándolas para los que, al estudiar la vida actual de Estados Unidos y la nueva Etapa histórica que va recorrer el mundo, ansíen explicaciones a todo y busquen en los recovecos del pasado –“los muertos gobiernan a los vivos”- algo en que solidar la razón de hechos extraordinarios.
            Nosotros nos contentamos, pobres que somos, con menos elucubraciones. Y tomaremos al Presidente Roosevelt más sencillamente, desde que él, en persona, aparecía en la política norteamericana, mirando de dar de esa personalidad una idea lo más aproximada posible a la realidad.
            No sin observar antes dos cosas, no por estar casi machacadas en estas columnas menos necesarias de decir y recordar.
            La primera es que nos podríamos casi abstener de presentar la personalidad de ese eminente norteamericano, a causa de haberla ya casi agotado en estas columnas durante los trece años de su actuación presidencial. El ha intervenido en la mayor parte de los sucesos de la historia de esta década, y forzosamente una crítica de los sucesos internacionales del día había de traer y llevar muchas veces la personalidad ahora desaparecida. Si reuniéramos todo en conjunto, podríamos, se puede decir, dar por hecha la presentación real y verdadera de ese hombre extraordinario.
            Sin embargo, realidad manda. Y veremos de añadir algo nuevo a lo ya sabido, siempre dejando aparte hechos no bien confirmados y de los cuales uno no pueda en conciencia responder del todo.
            La segunda observación –en el fondo, también sobrera- es que no ha de guiar esa crítica más que la justicia, en lo bueno y en lo dudoso, sin un ápice de esa tendencia moderna, tan absurda y de baja ralea, que es andarse continuamente por las veredas del subjetivismo y del partidarismo, ensalzando fanáticamente a una personalidad si es de nuestro gusto, y pateándola si nuestro fanatismo no nos la hace simpática. Estamos alejados de esos métodos, tanto más obscuros e intolerantes cuanto más se jalen de tolerancia. Y, aunque hayamos de pisotear a veces los interiores deseos, estamos ya en la línea de saber tomar a los hombres por sus hechos objetivos y no según nuestros deseos.
            Añadamos, por lo mismo, que somos absolutamente contrarios a los que, cuando uno muere, la alquimia vuelve bueno todo lo malo y ciertos ácidos morales borran hasta la última huella de lo pernicioso