Estados Unidos 46 02 03
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Estados Unidos 46 02 03
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Mr Spruille Braden se contradice La SI 02/02/46 p. 4-5
Yanuosuke Yamaoka La SI 09/02/46 p. 5
Los Tratados secretos de Yalta La SI 16/02/46 p. 1-4
Harry Hopkins se fue La SI 16/02/46 p. 5 
El senador Connally blufea. La bomba atómica en EE. UU. La SI 09/03/46 p. 3-4
Braden no ha renunciado todavía La SI 23/03/46 p. 5

Mr Spruille Braden se contradice
La SI 02/02/46 p. 4-5

 a) Hay en Estados Unidos –lo explicábamos en una ocasión reciente- un afán, en cierto sentido snobista, en los hijos de los millardiarios, por aparecer –y muchas veces ser en realidad- perfectos gentleman de las letras y la filosofía.
 En Estados Unidos se ha dado en estas últimas décadas una reciente insistencia  por emparentar con la nobleza europea, con la sabiduría, también con el arte. Ese país se ha elevado a fuerza de dólares amasados a medias  con el sudor humano, a medias con la explotación humana. ese amasamiento de enormes fortunas nada tiene de despectivo. Pero les ha pasado colectivamente a los yanquis lo del campesino enriquecido, magüer que analfabeto: su ideal (y hasta su manía) ha sido que el hijo se pasase a la zona universitaria, figurando entre los conceptuados como intelectuales. “Mi hijo el Doctor” es el símbolo perfecto de esa tendencia.
 Enriquecidos por un trabajo –y una explotación del trabajo-   ajenos al intelectualismo, los yanquis han vivido de espaldas a la Universidad, a la nobleza de la sangre y al ambiente artístico. De ahí sus ansias de entrar en esas zonas que ellos han guasamente creído superiores en espíritu.
 Sus matrimonios con la nobleza europea venida materialmente a menos han pasado ya, no solamente a la historia, sino también a la opereta y al humorismo. Sus improvisados Museos y colecciones de arte más o menos sofisticado forman ya ruma de arte exhibicionista. Y, en estos últimos tiempos, los hijos de los ultramillonarios, en vez de ponerse al frente de los negocios organizados por sus padres, han invadido las Universidades en busca de títulos académicos, cartones literarios, puestos diplomáticos que pintan en el escudote la familia  cuarteles dde elevación espiritual.
 Spruille Braden, vástago de millardiarios, dados a las minas, al sudor material y a la bolsa de Comercio, es uno de esos retoños forrados en oro que ha buscado cierta nobilización de su dinero entrando, con la cabeza erguida y lauros bien ganados, en la zona del espíritu. No se trata de un advenedizo, un filisteo o un farabute. Vale, no solo por su plata, sino por la calidad de sus esfuerzo en zonas ajenas a la plata..
 Pero esa generación de “hijos de millonarios ansiosos de cultura” no ha sabido adquirir, con el espíritu, una de las cualidades esenciales del espíritu: la humildad, o cuando menos, la apariencia estratégica de humildad. Surgen abarrotados de millones. Se han ganado una cultura superior innegable. No han sabido ser, o, al menos, aparentar, suavidad, tolerancia, aquel espíritu de humildad que transiga siempre un sabio de verdad.
 Es el caso de un espíritu muy culto, que exhibe estentóreamente, vanidosamente, su cultura. Su carácter resulta entonces antipático. Lo cual, cuando el intelectual se pone en tren de conquista o de ganarse amistades, no lo logra, absolutamente: un vanidosos hace reír y un orgulloso repele.
 Creemos explicarnos suficientemente para dar a comprender la fisonomía interior  de Mr. Spruille Braden, hombre culto y capaz, a pesar de su miliardarismo, que exhibe su prepotencia y se cree por encima del resto de los mortales. Lo cual, cuando es aplicado a la diplomacia, pone al infatuado en tren de echar a perder todas las cosas. 
 Mr. Braden, forrado en dólares en el exterior, , forrado de cultura en su interior, ha respirado prepotencia y se hay creído, engreídamente, capaz de imponerse a gobiernos y pueblos. Lo cual es, naturalmente, absurdo. Todos los millones de la tierra, toda la situación económica de un diplomático, toda la fuerza de los cañones y el poder, no son suficientes para abatir a un pueblo. Todo cae como bala de plomo aplastada contra el cuerpo que pretenda atra (sic)
 Cordell Hull caía hecho trizas al chocar con la Argentina. No tenía agallas para tal empresa. Y fue una decisión perfecta de Mr. Roosevelt el pedirle la renuncia y alejarlo del camino diplomático. Mr. Stettinius –uno de los hijos del negocio, ansiosos de espiritualidad”, había envarado por un camino más noble, estratégicamente  más conveniente a sus planes. No supo Mr. Truman comprender la sana intención de Roosevelt, y lo botaba tontamente a pesar de ser el camino que iniciaba a recorrer Stettinius, el único posible para los intereses norteamericanos. Lo