Estados Unidos 47 01
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abajo. Y se debaten en el vacío los que crean de buena fe que harán escuela con un idealismo sano y sincero. ¡Cuánto menos los que predican Antiimperialismo por pura estrategia y ventaja propia!
 Las voces que aparecen como discordantes en la política norteamericana, netamente imperialista, les interesa notablemente a los imperialistas, y por esto les dan aire y comunican estas noticias a los americanos. Les interesa mostrar que, si en Yakilandia siguen los gobiernos una política extorsionista en América, los hay también que anhelan un más cristiano tratamiento. Y así, estos pueblos no pierdan la fe en los hombres del norte, porque los hay en todas las ideas: los que se interesan tratar a América hispana como colonias protegidas, y los que anhelan su bienestar e independencia.
 Como estrategia, va bien el temperamento, por más que aquí no va a dar frutos. Como doctrina, de manera que haya en Estados Unidos quien de veras crea en la independencia necesaria de estos países, no sirve la engañifa.

Mr. Byrnes cae envuelto en una nube de palabrería
La SI 25/01/47 p. 3-5

 a) Tenemos un cadáver político. Con lo raro que él, que sabe que lo “homicidaron”, se cree vivo y muy vivo. Cosas de drama: un muerto que se cree vivo.
 ¡Qué antipática cosa esa de tener que poner los puntos sobre las íes, y tener que deshacer la maraña de fofos elogios con que una prensa venal y torpe actúa de maestro del mundo!
 Ha muerto políticamente Byrnes, y se han dado cita todas las palabrerías banales en su elogio. ¿Hay acaso un solo periódico que haya dicho lo contrario, o, al menos, que, para fundamentar los elogios, citase hechos, que habrían de estar a la vista de todos?
 Cabe a estas pobres columnas reducir las cosas a la proporción de la verdad y salir al encuentro de los elogios de los que se mueren. ¿No hemos tenido que gritar al morir Rockefeller, y preguntar entre sus panegiristas cuánto almacenaba cada día, cuántos de sus trabajadores vivían hambrientos y los procesos por “broma” al fisco que venían de las silenciosas oficinas de los negocios, aún no examinados con ojo de patriota y de apóstol social, de la empresa pluri-millonaria?
 Reducir las cosas a su natural volumen es harto difícil, pero es también, cuando se trata de achicar los elogios, cosa dura y antipática. Parece que uno está destinado, como los ratones, a roer la buena fama ajena, cuando no se trata de otra cosa que del deber critico de dejar a los acontecimientos a su verdadero estado objetivo, no falseando la realidad ni aún en caso de muerte real o verdadera.
 Mr. Byrnes ha caído envuelto en una capa dorada de gloriola. Y no se la tenía bien ganada. Es esto lo que vamos a demostrar, con perdón de Mr. Byrnes, al cual quisiéramos alto y glorioso como un faro al cual hay que mirar de lejos.
 No quisiéramos caer en la pasión de una especie de odio contra Mr. Byrnes. Dejaremos, por tanto, hablar a los hechos  para que de ello se desprenda la gloria, o la vanidad, de su período cancilleresco.

 b) De la política internacional de Roosevelt, enteramente fracasada y ninguno de sus objetivos logrado, eran responsables primarios de ese fracaso Mr. Hull y Mr. Sumner Welles. Enemigos y envidiosos los dos, pero los dos concurrentes, como un par de bueyes bajo un mismo yugo. Los ideales de Roosevel eran máximamente dos: subyugar a toda la América, convirtiéndola en factoría colonial norteamericana, y reducir a la impotencia a Stalin y a su Rusia, una vez ésta se agotase peleando contra Alemania. Los que le desaconsejaron tal política fueron pocos y nunca por él escuchados. Los que le aplaudían tal política fueron los dos diplomáticos acabados de nombrar.
 Al fin, y en diferentes épocas, el amo daba un puntapié a sus dos diplomáticos que lo habían completamente desorientado. Y fueron inútiles todos los recursos para ocultar el despido: Sumner Welles y su superior Hull eran despedidos de mala manera por el Presidente Roosevelt.
 Este pensaba ya de otra manera, especialmente para América. Ponía un nuevo canciller, que, edificando sobre una América alzada, salvaba lo que podía. El se rendía a la Argentina, inaugurando una nueva política.