Estados Unidos 47 11 01 08
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Estados Unidos intermediario La SI 01/11/47 p. 4-5
El pulpo estira sus patas La SI 08/11/47 p. 4-5

            a) Entre las mil problemáticas medidas que el mundo actual necesita es general la opinión de los sociólogos: la que más urgentemente se impone es la que se refiere a una modificación completa del comercio.
            En la farra centenaria con que nos derrumbó la economía manchesteriana, con sus estructura, hasta hace poco vigente, no se puede decir que hubiera pieza maestra saludable y útil. Todo estaba falseado y mixtificado para lograr su fin deseado: que el elemento trabajador humano estuviese, a lo sumo, al nivel de una máquina o un animal            necesario a la producción. Así la estructura económica falla en todos sus aspectos, y es idea general que ha de ser substituida, más que remendada.
            Escarbando en esa estructura económica, y andando ávidamente por la vía dolorosa de la producción, nótase inmediatamente que el centro de la llaga, a lo menos actualmente, está en lo que podríamos llamar “distribución” de la producción, es decir, en la compra y venta.
            De días antiguos data esa inmoralidad del comercio, que vive milenariamente en la tela de araña de sus tinterilladas. La Biblia clama tan agudamente contra los mercaderes de su pueblo, que parece que muchas veces habla para los mercaderes actuales. Los jeroglíficos egipcios, que solo se ocupaban de los asuntos generales y graves, nos citan diversos actos judiciales acerca de la inmoralidad comercial de aquella época. En 1 de los tablones arcillosos que se han encontrado en un Tel árabe de más de dos mil años antes de Cristo, se leen estas palabras saludables: “Desgraciados los que se ven atacados en medio de un camino por un león o las crueldades de una pandilla de ladrones. Pero más desgraciado es el que, en plena ciudad, cae en manos de un tendero”.
            Las precauciones inútiles todas, contra esos asaltos al público esquilmado, se remontan a milenios. Creen los torpes del Manchesterismo que la intervención del Estado sobre precios máximos es cosa de nuestra hora. Solo su ignorancia hace aceptables tan ignaras noticias. Los decretos de la autoridad contra la especulación comercial datan de siglos y milenios. En las órdenes de Roma Imperial abundan (no decimos: existen) los decretos fijando los precios máximos de las cosas amontonando multas sobre la inescrupulosidad comercial.
            Han llegado a tal grado, por una parte, los abusos, por otra, la inutilidad de las leyes contra ellos, que en la moderna economía se ha fundado una escuela que, siendo enemiga decidida de la socialización del trabajo humano, aprueba y dice necesaria la socialización del comercio. Sostiene que todos esos intolerables abusos no tienen remedio posible, y tira, por tanto, por el camino de la colectivización o nacionalización de todo comercio. Libertad absoluta para producir. Abolición absoluta del comercio individual.
            Algo, y mucho, de esto tiene ya la legislación de varios países que han sacado el comercio internacional de manos de intermediarios, y los han puesto totalmente en manos del Estado. Estados Unidos y Argentina se han distinguido en los últimos tiempos en este sentido. En Yankilandia el Gobierno no solo fija precios para el comercio internacional, sino que, en parte, lo realiza mediante sus mismos organismos estatales. En Argentina solo el Gobierno puede vender al extranjero y fijar precios; y, antes, los productores venden al Estado a precio para el cual se examina el costo; pasando la plus valía, no al bolsillo de los productores (y menos de los intermediarios especuladores) a las arcas del Estado.
            Los comerciantes se están suicidando. Y mientras ellos mismos, armados de moralidad, no pongan remedio a esos males y a esas especulaciones (y no resulte de muchos productos, que siendo su costo de 1, la especulación comercial los expende a 100) el porvenir de los intermediarios comerciales está en peligro absoluto.

            b) A base de este comercio inmoral ha planeado Estados Unidos un intento inaceptable. Absolutamente inaceptable.
            Conocido que el que gana más es el intermediario, y siendo esto, uno de los medios del imperialismo y de la acaparación del oro, el Presidente Roosevelt había ideado los medios de que los países americanos no puedan vender nada a la Europa famélica directamente: nuestros países venden los productos a Estados Unidos y éstos los revenden a Europa libremente.