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La Revolución Francesa como reacción cristiana La Unión, 14/07/24
El miedo irracional a la Democracia Cristiana La Unión, 26/09/24

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            Se han escrito sobre la Revolución Francesa millares de libros, profundos algunos, apasionantes todos. Es un hecho que hizo vibrar los nervios de los escritores, y, según el plano en que vegetaban, engarzaban elogios apasionadísimos sobre el movimiento, o hacían vibrar los mejores rayos de sus iras contra él.
            El fenómeno es explicable. Se trataba de uno de los movimientos político-sociales más graves de la historia, mucho más trascendente de lo que pensaban sus mismos actores. Hizo temblar decenas de tronos y de intereses creados. Tocó a lo más sagrado: la vida de los ciudadanos, la doctrina de la Iglesia, el orden social. Hundía sus raíces en las capas más hondas del subsuelo espiritual.
            Además, había nacido entre apasionamientos. Se había desarrollado entre tragedias. Había pinchado el sentimiento de todos. Así, a la trascendencia doctrinal se unía la virulencia pasional. Y los escritores, del brazo sus principios con sus pasiones, transmitieron sus hirvientes opiniones a las páginas candentes de sus libros.
            Así surgían volúmenes de puro elogio, en que la Revolución era comparada en influencia -bien inapropiadamente, por cierto- a la aparición del cristianismo. Y surgían otros libros que, publicando las listas ensangrentadas de 200 mil asesinados, creían haber agotado toda la crítica con los relatos trágicos de los crímenes revolucionarios.
            Más, los años han transcurrido, apagando pasiones, clareando las aguas turbias del sentimiento, frenando elogios inmoderados, templando críticas que se salían de lo justo. Y, al fin, han podido aparecer libros -como el de un religioso francés cuyo nombre no tenemos a mano ni en la memoria- que han sabido hundir en la complejidad de aquel movimiento una pluma imparcial, loando aquí, condenando allá y diciendo siempre, como conclusión final, una palabra justa.
            Quisiéramos contribuir a ese juicio sereno de aquella Revolución
con una sola idea, que intentaremos explicar aquí sumariamente. Es ésta: "La Revolución Francesa -no como obra de hombres, sino como movimiento instintivo humano- tuvo el carácter de una reacción violenta hacia los ideales político-sociales del cristianismo".

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            Los librepensadores mundiales, los mismos revolucionarios que tomaron parte en la gran tragedia revolucionaria, tenían de sus finalidades una idea harto equivocada. Solían decir entonces, suelen repetir ahora los calcadores de ideas viejas: "hay que acabar con el despotismo, la ideas, las instituciones de la Edad Media y del Cristianismo".
            Error absoluto. Los revolucionarios del 93 y los librepensadores de hoy día no distinguían algo que era -que es- eminentemente claro: que la Edad Media y la Edad Moderna no son una sola edad, sino muy distintas; que sus ideales, por lo mismo, son absolutamente diferentes.
            Ahora bien: ¿Quién no sabe -las izquierdas exceptuadas- que el Despotismo  es cosa exclusiva de las edades antigua y moderna?
            La Edad Media política inició sus tareas a base de los principios cristianos. Escribió en su Código la igualdad, la libertad y la democracia. Y, una vez escrito, inició la lenta evolución social hacia esos ideales. Es sabido que los gobiernos cristianos de la Edad Media funcionaron a base de Cortes, Estados Generales y Parlamentos; que el Rey se distinguía por su bien escaso poder; que en Castilla el Parlamento se metía en las cuentas diarias de la Real Casa; que en Cataluña el Rey dependía en todo de las Cortes; que en Francia, en Gran Bretaña, en Alemania el fenómeno político era exactamente el mismo: aquel que tan gráficamente expresaba la célebre frase de los procuradores de Castilla a su monarca: Nos, señor Rey, que somos tanto como vos y todos juntos más que vos"...
            Sucedía lo propio en organización social. Los oficios estaban organizados en sindicatos. Había, no sólo el derecho de huelga, sino -horrorícense los socialistas y los ultraconservadores