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Diplomáticas Diplomacia como oficio  XXXl La SI 27/01/40 p. 13

            Volviendo sobre la pesada labor comercial que recae sobre el diplomático, no hay que perder de vista lo que modernamente se ha llamado “trueque” y que, diferenciado en solo cosas accidentales del trueque de los primitivos tiempos humanos, bien puede decirse, a su vista, que “los extremos se tocan” y que hay muchas cosas que los pueblos modernos, tan orgullosos de su progreso han de ir aprendiendo en las costumbres sencillas de los tiempos primitivos.
            Toca a Alemania la iniciativa.
            Falta de oro por las disposiciones rapaces del Tratado de Versalles, y presionada por múltiples circunstancias derivadas de la grosera división colonial actual, todo en manos de unos pocos y nada para los demás. Alemania necesitada de vender y comprar, ha tenido que recurrir al trueque, sin oro ni moneda en medio. De este modo, en todo el año 1939, ese país vendía cantidades nutridas de sus productos manufacturados, a cambio de recibir productos primos de los países recíprocos en la misma cantidad en que estaban avaluadas sus exportaciones a ellos.
            Era el modo de la humanidad primitiva: tanto me das, valuado en tanto, tanto te doy, valuado en la misma cantidad.
            Nadie podía sospechar el éxito que había de tener esta manera comercial. Al ser instaurada, todo el mundo se echó sobre Alemania como usando algo retardado que no podía tener éxito. Cuando el éxito estuvo a la vista, se decía entonces que el procedimiento era desleal, sin que acertasen jamás los sabios que lo contradecían a determinar y concretar en que consistía esa deslealtad que abolía precisamente  las inmoderadas utilidades que esos pueblos ganaban indebidamente sobre los productores de materias primas. Finalmente, todos los que lo habían contradicho lo estaban imitando.
            El trueque es un modo tan moral, que evita la mayor parte de posibles extorsiones de un pueblo sobre otro. Todo el gran comercio internacional actual tiende a expoliar al contratante en cuanto se pueda: tanto el comercio interior como el exterior. El trueque, si no todas, elimina la mayor parte de posibilidades inmorales que malean el comercio, llevando las cosas a la justeza de precios que más responde a las exigencias de la moral.
            Nadie más a propósito para establecer el trueque en el comercio internacional, que estos pueblos americanos, entre los cuales toda explotación por parte de uno a alguno de ellos repugnaría al concepto de hermandad racial. Parece que, si alguna vez puede hablarse de intercambio sin ventajas unilaterales, es aquí donde tira a estrechar vínculos a base generosa.
            El diplomático ha de tener agallas para ver de aumentar el comercio entre su país y aquél en que actúa –especialmente si se trata de pueblos americanos- buscando en qué productos podría intentarse el nuevo método, en la seguridad de que hay productos, que no se creen negociables entre dos pueblos determinados a base de los métodos comerciales usuales, y que lo serían probablemente a base de esta nueva eficaz manera de enfocar relaciones internacionales de intercambio.
            Nada nuevo ha de quedar fuera de la iniciativa de un diplomático que desee aumentar constantemente las relaciones entre su patria y el pueblo donde él la representa.