sociedad 46
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Carnets y pasaportes. El carnet individual La SI 19/10/46 p. 5-6
Putrefacción en la familia de los países aliados. La familia corrompida La SI 14/12/46 p. 6
Mr. Shaw y el sufragio femenino La SI  21/12/46 p. 4-5

El voto de la mujer
La SI 24/08/46 p. 4-5  Verlo en  Chile

Francia quiere más hijos
La SI 14/09/46 p. 3  Verlo en Francia

Carnets y pasaportes. El carnet individual
La SI 19/10/46 p. 5-6

            a) Simultáneamente en dos países de distintos continentes –Europa  y América- han propuesto dos gobiernos la abolición de los pasaportes, substituidos por el solo carnet personal, que es la fe de bautismo ciudadana de todo individuo.
            Es notable lo que pasa en la enseñanza de la historia, así como en cosas semejantes de la educación. Cuando el profesor se remonta a los tiempos viejos y llega, en su peregrinación retrógrada, a la China antigua, habla mil periquitos del aislamiento de ese país, y sale a relucir la muralla china: no, la muralla levantada al norte de Pekín, contra las invasiones tártaras y mongoles, sino la “muralla china” legal de su aislamiento, estorbando a todo extranjero la entrada al país, vigilando la entrada de extraños a la patria y cerrando completamente las puertas a cuantos deseasen, por voluntad o necesidad, introducirse en la propia nación.
            Bajando del principio a la práctica ejecutiva, el profesor –el libro- se ensaña contra los hechos puestos en práctica en esa lejana China para concretar ese aislamiento. Se dan cita, entonces,  los castigos aplicados a los que conculcan ese aislamiento. Se enumeran las leyes punitivas promulgadas y cruelmente aplicadas, para hacer efectivo ese aislamiento. Se hace constar la ira popular cuando algún extraño infringía esas leyes aisladoras. Se explican, con abundancia de detalles, los cuidados de los gobernantes en hacer cumplir lealmente esa prohibición contra los extraños. En fin, se pode de relieve lo absurdo de tal medida, y se detallan todos los extremos conducentes a esa conclusión: lo salvaje de esa medida, que, en concepto de los críticos, conculcaba todas las reglas de convivencia humana en aquel lejano, inmenso y misterioso país.
            ¡Cuánta charlatanería! Y ¡cuánta inconsciencia crítica!
            Se ignora la lógica de esa medida, que se comprende solo sabiendo “situarse”. Es decir, sabiendo remontarse a aquellos años y a aquel suelo asiático.
            Primero, las ideas que de la humanidad tenían los chinos, y con ellos no solo los demás pueblos de la tierra, sino aún, ahora, en pleno siglo XX, ciertos “sabios”  que se ocupan de esas cosas tocantes al origen de la humanidad. Creían los chinos, con los demás pueblos también –y creen ciertos hombres raros de nuestros tiempos- que el origen de los pueblos no es común, sino múltiple. Que Adán y Eva –el “formado de barro” y la “madre de los vivos”- son un mito, y que cada raza, país o grupo han surgido, por arte de encantamiento, debajo de un repollo, en aquel huerto de la esquina, tal vez de la suelta piel peluda de algún mono ancestral. Es decir, que el hombre, en sus diferentes grupos, ha surgido distintamente, no teniendo de común nada qué alegar, ni unidad qué defender.
            En este caso, lógicamente el “hombre extraño es enemigo del hombre” y hay que levantar murallas infranqueables para defenderse de él y rechazarlo. Se habla de China. ¿No hacían lo mismo, y peormente, esos atildados helenos, que reducían al extraño a la esclavitud, unciéndolo bajo el yugo de un arado? ¿No era lo mismo, y algo peor, la ley de esos horondos romanos, para los cuales la ley solo era para proteger a los naturales, mientras que contra los extraños “suprema auctoritas esto”, es decir, el aplastamiento, la persecución, el odio al extranjero?
            Se habla de la “muralla china”, para mostrar su escasa civilización. Y esa muralla era, en rigor, un avance y una suave medida. Porque, si la China no permitía que el extraño entrase en la nación, en cambio los demás pueblos –entre ellos, los civilizados antecesores nuestros- iban a la caza de extraños, los amarraban, los aislaban, los reducían a la condición de animales de carga al servicio de la nación.