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El advenimiento al poder del “Cuarto Estado” La SI 24/01/48 p. 1-4

El advenimiento al poder del “Cuarto Estado” La SI 24/01/48 p. 1-4

        a) Es la hora del atardecer. El sol, huyendo de la noche que cae, está recogiendo sus hilos de luz, para lanzarlos sobre otras tinieblas, y envolver con ellos la blanca cuna de un día que nace otros horizontes. Los irisados celajes multicolores se van apagando, y la noche, triunfadora, va abriendo en la negrura de los cielos sus flores de luz.
            A la titilante luz de estas lámparas votivas van emanando los hondos pensamientos. Es el momento crucial de los pensamientos. Sobre el cambio de las cosas, sobre la eterna vuelta de las cosas. Uno lee en el cielo estrellado, y le parece que ha aparecido el hondo misterio de las cosas; y un ritmo de armonía, inexplicable, parece ritmar y acompasar este misterio que es el mundo y captar en el cielo profundo los hondos misterios que yacen en el fondo de cosas y acontecimientos.
            Es el momento de las meditaciones profundas. Y de semientender lo ininteligible. Y el rodar de las estrellas, y ese milagro que es el devenir de las cosas, es en esta hora cuando, si en realidad no se entienden, al menos todo parece nadar sobre misterios que no son usuales. Y cuando el misterio es más inexplicable es cuando se intuye, si no se comprende, algo de este pulso interno que es la vida, palpando de noche, a la luz de los misterios más hondos, la sístole y la diástole que lleva el compás del corazón del mundo, no comprendiendo, pero sintiendo, el palpitar de los acontecimientos más obscuros.
            Platón sentía vibrar el pulso de las cosas en el mar de una obscura poesía. Pitágoras sentía latir la armonía de las criaturas en el cielo estrellado. San Agustín sentía alentar en el compás de las horas un ensayo de solución que asomaba en los problemas que él no entendía. Y esa es la hora de la música del cielo y de esta otra música que late en el ser de cada cosa.
            El mundo es una gran orquesta, que se percibe solo en el silencio de las cosas.
            Y es en ese silencio cuando pretendemos oír, y gustar, y entender, la música social, que se desarrolla al compás de los acontecimientos.
            Decía no sé qué inspirado versículo de no sé qué libro, que el mundo se pierde por falta de meditación. Es que son pocos los que se ponen a pensar humildemente, y a querer entrar de una manera sencilla en la inteligencia de las cosas usuales, muy profundas precisamente porque son muy usuales. El bombo de los acontecimientos ruidosos toca tan a menudo con tal furia, que lo destemplado de los ruidos nos arrastra como por la corriente  a través de la vida sin vivirla reflexivamente. Las estrellas del cielo marcan la hora de las hondas meditaciones. Y ¿sería mucho afirmar el decir que hay multitud de “prohombres” que no han mirado jamás el teclado celeste de esa música, y, si han visto el cielo, no lo han mirado jamás?
            La danza de las horas va marcando el parpadeo de las flores de luz, que se abren en la negrura del firmamento. Y es en el fondo de esa danza, callada y eterna, donde hay que poner los pensamientos, para ver de adivinar a su compás el movimiento secular del ciclo humano, fuera de las pequeñeces que a todos nos arrastran por el lodo.

            b) La vida del hombre parece destinada a desarrollar un ciclo –un solo ciclo móvil- en el camino eterno de ese ciclo sucesivamente retornante a que están sujetas las cosas, tanto del macrocosmos estelar, como del microcosmos invisible. Un solo ciclo en desarrollo constante, tal como se va desarrollando una melodía exquisita sobre la trama, siempre la misma, que constituye el cañamazo de toda música. Y el acabamiento de ese ciclo único ¿marcará el fin del hombre sobre esa tierra trágica, llegada la hora apocalíptica del fin de nuestras cosas?
            Ese ciclo único que es el desarrollo moral de la vida humana, parece estar bordado sobre el motivo de la intervención de los grupos humanos en la marcha directiva de los pueblos. Y, para ello, podríamos señalar a esa marcha humana cuatro etapas en el dramático camino de ese ciclo único