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¿Por qué no iniciamos una nueva ruta? La SI 12/06/48 p. 1-3  

             Bernard Shaw habla siempre con frases extrañas, en cuyo fondo, por lo común, late un alma de Buen Sentido. Siguiendo está tónica, acaba de lanzar otro aparente equívoco ha dicho que la historia siempre se ha realizado según la “lógica de lo ilógico”. Frase que levanta un montón de problemas, de los cuales queremos apuntar uno, cuya solución nos aparecería salvadora. Intentaremos mostrarlo.

            Al propio tiempo que el escritor irlandés (inglés por adopción) soltaba su último “quid pro quo”, un romanista de Italia encontraba, husmeando archivos y viejos documentos, que venían a confirmar viejas sospechas: “Cicerón fue un prestamista inmoral”.

            Nos habían presentado a Cicerón los historiadores clásicos como un dechado. Y los historiadores de todas las edades, simples copistas,  nos habían forjado, para el uso común, un retrato austero de ese cónsul que, a lo que se ve, fue un valiente farsante. Es que Cicerón, subido de la nada a causa de su fútil talento (imitación de escuelas filosóficas de Derecha) y de su boca de oro, tenía lo necesario para electrizar a la gente y aún para magnetizarlas. Y en gracia, primero, a la clase dirigente, de lo peor que haya existido. Cayó en gracia, también, para los servidores de esta clase, que eran los menos y los que gobernaban. ¿Para qué hablar de los siguieron, que, en diez y nueve siglos, no han tenido siquiera ojos para ver ni manos y mente para escudriñar?

            De ahí la farsa de sus Catilinarias, celebradas como sublimidades por los que seguían por las rutas de la minoría acaparadora, tan moral y noble, que no titubeaba en arrodillarse ante un caballo a las órdenes del emperador, y adorarle como cosa divina.
            Y si Cicerón era tan querido y adorado en Roma  ¿a qué su asesinato, que no trajo ni siquiera protestas del pueblo? ¿Cómo se explica esa inconsecuencia?
            Esa conducta ilógica de un cónsul, que, queriendo pasar como un moralista (véase sus “Tusculanae”) no era más que un prestamista, y un estrangulador de pobres al 40%, genera sensibles cosas, lógicas como consecuencia de esa Ilógica: su asesinato, la preparación del advenimiento del Imperio, las glorias, todo mentiras, del primer emperador de 16 años, las truculencias de 400 años de imperio, la chorrera inacabable de calamidades de los bárbaros: era un Ilógica que traía lógicamente un sin fin de ingratos sucesos que hacían buena, por vía de ejemplo, la frase irónica de Shaw.
            La historia no es más que una cadena de secuencias lógicas arrancadas de hechos precedentes ilógicos. Es decir, un rosario de hechos erróneos, porque se cimientan en hechos errados; pero que, habiendo sido hechos, son fundamentalmente falsos de nuevos hechos que se apoyan en esos errores que les sirven de pedestal para asegurarlos.
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            Pero en la historia ha habido momentos en que, siguiendo “la lógica de lo ilógico” han aparecido caballeros que han interrumpido esa lógica, para sentar hechos mejores, de los cuales saliesen consecuencias interesantes. Citemos, para no largar, no más dos nombres célebres en los fastos de la historia: Pericles e Isabel la Católica.
            En la antigüedad fue Pericles un rectificador, en buen sentido, de la historia.
            La historia de Atenas, por más que les deleite a los inconscientes, no fue más, desde los primeros años de su actuación, que un seguido de cosas ilógicas, en las cuales habían de cimentarse  los que viniesen para apoyarse e ir apareciendo otros hechos que fuesen también estables. Pero habían llegado a tal dañosidad las cosas que seguían a los hechos ilógicos, y aumentando su inocuidad, que aparecía un caballero ante cuya conciencia no podría continuar el desfile de esos hechos lógicos cimentados en hechos anteriores ilógicos. Y ante su razón, y ante su conciencia, se impuso la necesidad de interrumpir la farsa y romper la cadena de errores, comenzando un nuevo rosario de hechos lógicos y moralmente buenos. ¿Quién duda de que esa fue la actitud del dictador griego, quién no quiso aceptar