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La gangrena de la empleomanía La Unión, 25/02/23
Una llaga nacional: la tuberculosis de los maestros La Unión, 15/03/23

Resumen de ideas: sobre la guerra; la guerra de 1914; la empleomanía; la escuela y universidad: crítica a ambas porque fomentan la empleomanía; la educación económica y, crítica a su omisión

            La guerra de 1914 fue una tan fuerte tempestad moral y económica, que no sólo logró alterar el equilibrio de cantidad de cosas, sino que en influencia desastrosa ha llegado hasta hoy y quien sabe hasta cuando hará sentir sus efectos perniciosos.

            Uno de estos, tal vez el más grave, es el desequilibrio económico de las naciones.
            Una de las causas más fuertes de la guerra fueron precisamente los enormes gastos de las grandes potencias, en preparativos bélicos. Para no tener que sostenerlos más y empujar el advenimiento de una paz no armada, los pueblos consintieron en liquidar de una vez el malestar de Europa, iniciando una refriega depuradora. Ella anonadando a uno de los contendientes, debía hacer innecesario el armamento del mundo. Repásense los discursos del Kaiser, de Lloyd George, de M. Viviani, en los primeros meses de la guerra. Todos se felicitaban de que hubiese llegado la hora de la liquidación, para  poder  acabar    -¡al fin!- con la paz armada y aligerar los absurdos presupuestos de guerra de todos los países.
            La pobreza mental de los grandes hombres se engañó una vez más. Acabó la guerra y la paz no vino. Todas las naciones del mundo, salvo las cinco vencidas, tienen un ejército mayor que en 1913, unos presupuestos de guerra más del doble de 1914. Y si entonces, con trabajo boyante y la producción en plena actividad, aquellos gastos eran insostenibles, ¿cómo no lo serán ahora, siendo ellos muchos mayores y estando los pueblos a media ración de trabajo?
            Los armamentos pesaban sobre los grandes pueblos y a ellos se limitaba el trágico desequilibrio financiero. A la guerra le ha tocado extender ese desequilibrio a cantidad de naciones neutrales. La lucha armada, por un lado, enriqueció a los neutrales con una oleada de oro, que ellos tomaron como conquista perenne y asegurada; por otro lado, los ecos lejanos de ideas sociales mal comprendidas, trajeron al poder a gobernantes que faltos de médula y de atractibilidad, necesitaban del favor de los "meneurs" de la plebe para sostenerse. Y esa riqueza accidental que creían eterna y ese politiquismo nepotista lanzaron a los pueblos a los abismos de la dilapidación y del derroche, rodeando las públicas finanzas de ejércitos de zánganos, que, restablecida ahora la realidad de la pobreza mundial pesan sobre las naciones como losa de plomo.
            De ahí la universal tragedia de las finanzas públicas, consistente en unos gastos ingentes, y en unas entradas escasas. En todas partes están a la orden del día el "equilibrio no logrado de los presupuestos", ingeniándose mil medios para alcanzarlo.
            Chile está, desgraciadamente, en el número de esos enfermos graves. El problema económico de sus finanzas públicas acapara la atención de todos los partidos. Y -cosa notable- todos están conformes en que la base de ese equilibrio está en hacer, antes que nada todas las economías posibles. Sostienen unos que mayores economías son ya imposibles; sostienen otro lo contrario. Convienen todos, teóricamente, en que, mientras una economía sea posible, un nuevo impuesto no sería justo.
            De ahí la capital importancia del tema que podríamos rotular con el vocablo "Empleomanía".

                                                                    l                                                            Ya antes de la guerra, pero, sobre todo, durante y después de ella, llamaba la atención de los entendidos el hecho de la avalancha, cada día mayor hacia los puestos de la burocracia, y el hecho de la supina flojera reinante en el ejército burócrata.
            La literatura universal tiene, sobre ese tema, una bibliografía abundantísima. La inauguró -treinta años atrás y ya parece datar de ello un siglo- el notabilísimo libro de Demolins, "A quoi tient la superiorité des Anglo-Saxones", donde, con una rarísima intuición, se adivinaba el mismo desenlace de