diplomáticas 39 02 a 04
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Diplomáticas Deplorable 1 La SI 11/02/39 p. 5
a
Diplomáticas Deplorable V111 La SI 22/04/39 p. 8
Diplomáticas La Diplomacia como oficio 1 La SI 29/04/39 p. 3

            Cuando uno examina el personal diplomático desde el ángulo de un baile de tenida, o de las listas que acostumbran circular  los ministerios de Relaciones, se inclina a juzgar esa zona con juicios que resultan halagadores. La diplomacia ha sabido entender que hay que frapar a las multitudes –y, los son, también, la mayoría de los políticos- con brillantes apariencias. Y lo son esas fiestas sociales  en que los trajes responden exactamente a los colores de la fauna tropical, y los espinazos rinden acatamientos serpentosos y las palabras huecas y sonoras salen perfumadas de los labios. Y lo son esas listas abarrotadas de iniciales abreviadas, de Excmos. más o menos decorados, de adjetivos que harían reír a un muerto, si no le diesen antes pena
            Porque todo esto es piel. Y todavía piel baratera y coloreada, respondiente a instintos primitivos de isla oceánica.
            Cuando uno ha podido vivir durante años la vida diplomática y ha podido completarla con largos viajes que le hayan hecho posible comparar y sacar características generales, puede observar debajo de ese oropel, tantas veces, la vacuidad más absoluta. Pocas veces ha podido decirse con mayor razón, con excepciones que abundan poco, que bajo las cáscaras más vistosas yacen la mediocridad y la incompetencia.
            Treinta años de observación directa pueden dar lugar a juicios aproximadamente acertados. Y también a libros que resultarían de faz completamente falsa, si la “verdad verdadera” fuese en él estampada. Porque hay cuadros tan deplorables, que el narrador debe atenuarlos, si aspira a que no se lo tenga por falsario.
            Toda concertación es antipática. ¡Y cuan pintorescas podría darlas! Desde aquel Embajador de la monarquía española en París, que en una comida oficial preguntaba guasamente (eran las vigilias de la Gran Guerra) “a qué país balcánico pertenecía el general Ucrania”, hasta los casos americanos notados en un reciento viaje, largo y pausado, por esos muy interesantes países del occidente y septentrión sudamericano.

Diplomáticas
Deplorable   11
La SI 18/02/39 p. 10

            En todos los países se viene hablando de renovación diplomática. En muchos de ellos se ha hecho algo en este sentido. Se han reformado detalles, se han eliminado pequeños defectos. Se ha dejado, a veces con otro nombre, y aún agravados, los antiguos vicios medulares.
            Cuando la España de la República creyó de su deber reformar la carrera diplomática –y pasaron por el Ministerio de Relaciones hombres tan interesantes como Fernando de los Ríos y Luís de Zulueta- realizaba dos cosas que parecían una enorme reforma y eran absolutamente cero. Un cero enorme. Primero, unía en una sola carrera las dos ramas: diplomática estrictamente hablando y consular. Luego substituía nombres de nobleza por el de escritores.
            Lo primera era, tal vez –todavía podría dudarse de ello- conveniente. He dicho “tal vez”. Porque, si ese oficio es una técnica, son dos habilidades absolutamente distintas la función consular y la netamente diplomática. Yo, por mi parte, las separaría de nuevo. Y exigiría a ambas ramas cualidades tan distintas, que un buen diplomático podría resultar un cónsul, o viceversa.
            Pero, aceptando que la reforma era necesaria, hay que añadir que no afectaba a la médula de la innovación que debía hacerse. Tenía relación solo, con los diplomáticos mismos, y era cosa de sueldos y emolumentos. Con ello queda dicho que no llenaba vacío serio ninguno.
            Parece más importante la substitución de la nobleza por escritores conocidos. Pero ello tenía una parte buena y una mala. Y la mala devoraba, al fin, a la buena.
            La parte buena consistía en no tener acaparada esta función para nobles y apergaminados. Era absolutamente absurdo creer que era necesaria la nobleza para cumplir bien