Murcia ME 31 03
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Murcia, flor de sentimiento y rincón romántico de España ME  03/31 p. 19-28


 

1. Presente de bodas

            Eran los días heroicos de mediados del siglo Xlll. España, feudo de árabes y moros desde hacía cinco largos siglos, acababa de dar un empujón terrible a la obra de la Reconquista.
            Por el lado catalán o aragonés, un rey gigante –el más grande de esa centuria en todo el mundo- Jaime el Conquistador, había rematado la obra de la reconstitución nacional. Al subir al trono, que regentó por más de cincuenta años fecundos,  todavía había moros en tierras de Aragón y Cataluña. Y el gran rey, casi niño todavía, se propone echarlos más allá de las naturales fronteras de su reino; de lo que él cree que debe ser su reino. Reúne Cortes –las primeras de la Edad Media- y entusiasma a catalanes y aragoneses para la gran empresa. Reúne una formidable escuadra y salta a Mallorca, que pasa en pocos días, a fuerza de heroísmos, a la soberanía del rey. Apenas rehecho de las fatigas de esa gloriosa expedición, arma un formidable ejército de leridanos, zaragozanos y otras comarcas, y las emprende contra la famosa Valencia mora. Lo9s obstáculos son enormes. El rey se acrece a medida de la magnitud de las dificultades. Y a los pocos meses, ese jardín inmenso que es la región valenciana cae en poder de Jaime l, echada para siempre la morisma.
            La misión en la obra de la reconquista estaba terminada. El oriente nacional estaba libre de mahometanos y extranjeros. Y de Toulouse a Cartagena, de Castilla al mar, se levantaba poderosa una monarquía que creaba en aquellos mismos instantes dos instituciones famosas: el Consulta de Mar y los parlamentos modernos.
            Por el lado castellano, también se había sentado en el trono un buen gigante. Es éste el siglo de los gigantes reales en España. Nombremos a Fernando ll, el Santo, y queda dicho todo. El empujón que dio a los moros por el lado central de la península, fue formidable. En cuanto sus ejércitos llegaban a las riberas del río Segura, en la hoy llamada Murcia, el rey árabe que regía la región, Abu Beker, se rinde, pacta con Fernando el Santo que su reino murciano será tributario de Castilla y entran los ejércitos cristianos en esa región extrema de España.
            Más, muere Fernando lll, y su hijo Alfonso el Sabio, rey de letras y amoríos, no sabe sostener el empuje bélico de su padre. Los moros se sublevan contra él en todas partes. Tiene graves dificultades interiores, rebelándose contra él la nobleza, acaudillada por su propio hijo el Infante. Y, aprovechando el moro Abu Beber esas favorables circunstancias, rompe el protectorado pactado, se declara independiente de Castilla y desafía al débil rey que había heredado la corona.
            Podía darse por perdido para España y la Cruz, otra vez, el reino de Murcia, que los castellanos no trataban de reconquistar, cuando aparece en la arena de combate el rey Quijote de aquel siglo.
            Jaime el Conquistador, que hemos dicho había terminado la reconquista de Mallorca y Valencia, sin decir una palabra a su cuñado el rey castellano, organiza un ejército de catalanes e irrumpe sobre la árabe Murcia. Todo cede al empuje de los almogávares. La misma capital es asaltada y tomada. El rey moro es vencido completamente. Dominan las armas de los ejércitos de Barcelona todo el bello país.
            Y sucede entonces el episodio más delicado de la historia de la península. El rey Jaime reúne a sus guerreros catalanes y les propone una quijotada generosa. Aceptan unánimes. Y el reino de Murcia es regalado, una vez reconquistado del todo y organizado, a la Corona de Castilla y al pueblo castellano.
            Era el regio presente de hermandad que Cataluña hacía a Castilla, y que habían de olvidar y contrariar los políticos de la España central algunos siglos después.
            Hermoso presente: un reino entero, regado con sangre todavía caliente.y nada menos que esa joya de reino que era la región murciana, en la cual la fecundidad y la poesía están en perpetuo y prolífico connubio.