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Una alianza que se impone: España e Italia ME 12/23 p. 19-21

El pasado entre los dos países. El presente internacional de los dos pueblos, víctimas de las avideces de otras razas. El espléndido futuro de una entente ítalo-española
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            Los reyes de España han vuelto de Italia, donde su viaje se ha realizado entre entusiasmos de epopeya. Los monarcas de Saboya se han desvivido por festejar a nuestros reyes. El gobierno en pleno, rompiendo costumbres protocolares, ha formado ante don Alfonso y doña Victoria. La corte papal, tomando el aire de de las solemnidades que solo se presentan de vez en cuando, ha recibido con honores nunca superados a los reyes del Estado Español. Y el noble pueblo italiano, que adivina la calidad y cantidad de ventajas que pueden redundar de una inteligencia con el                  pueblo español se ha excedido en vítores, aclamaciones y arcos triunfales signo material de la alegría de que le llenaba el alma la bella visión de una común marcha internacional entre los dos grandes pueblos del mar latino.
            “Vox populi”. Es el sentido común, que señala rumbo a dos pueblos hasta aquí desorientados. Es el instinto de conservación, que busca fuerzas y defensores donde los              
   halle,    hallándolas a veces –y muy pletóricas- donde el torpe ojo humano ni siquiera sospechaba.
            Y he ahí sobre el tapete internacional, tan lleno y abarrotado de asuntos, un nuevo problema: una posible alianza ítalo-española. y he ahí un nuevo tópico a desarrollar históricamente: las afinidades hispano-italianas. Y he ahí un nuevo negocio a estudiar por los entendidos, la material ayuda comercial, industrial y económica entre los dos pueblos.
            España, degradada durante cincuenta años en los bajos fangosos de una política depravada al servicio de todos los malos instintos, no ha tenido en lo internacional ideal alguno. América, que era su norte, yacía olvidada bajo una inmensa balumba de discursos huecos. Y sus relaciones europeas, marchando por el canal de las influencias francesa y británica, se circunscribían a oficiar de acólito y siervo de esos dos grandes pueblos.
            No hay en esto –no puede haberla- censura alguna a ellos. Gran Bretaña y Francia obraban patrióticamente, cabalmente, laudablemente al uncir a sus carros a España, para sacar de ella lo que conviniera, trabajaban dentro de su derechos, incluso al           a ciertos políticos de dádivas, honores y premios de todo orden, a cambio de su sumisión. El lado falso e inaceptable de esa situación estaba en España y solo en España.
            Pero ahora, cuando la política española se ve libre de tales agentes de la inmoralidad nacional, esa cuestión viva de las alianzas puede ser tratada. Y es deber nuestro estudiar el problema de si ese viaje de los reyes de España a Roma, que, con los viejos políticos al frente se hubiera circunscrito a un real paseo con bombos y cohetes, puede hoy tener un significado más hondo, algo así como un inicio de rectificación de la pésima política del viejo régimen, y un comienzo de formación de una nueva confederación de pueblos, que haga descentrar el actual tinglado internacional.
           
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            El pasado de las relaciones ítalo-españolas no ofrece más que motivos de concordancia.
            En las mismas lindes de la historia, cuando Roma estaba en la aurora de su civilización y España vegetaba en la barbarie, es esta que ofrece sus fuerzas vírgenes para salvar a Italia. Aníbal atraviesa Cataluña, se abre paso por los Pirineos y por los Alpes y cae sobre el Lacio. Y cuando cree que su genio único y la fuerza extraordinaria de sus númidas ejércitos lo puede todo, desembarcan los romanos en Cataluña, hallan aquí unos leales aliados, y baten la retaguardia del cartaginés, cortándole la retirada e impidiéndole recibir refuerzos. Y en esa colaboración hispano-romana se fragua la definitiva derrota, luego, de Cartago y la hegemonía latina de la madre Roma.
            Sigue a esto la civilización de España por la acción de Roma. Dos siglos antes de Cristo, vegetaban las gentes ibéricas en un secular atraso. Son los ejércitos romanos los que, seguidos de sus ingenieros, de sus abogados, de sus agricultores y mineros,  empujan a España hacia el