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Los malos hombres y los malos sistemas  La Unión, 12/09/24

LOS MALOS HOMBRES Y LOS MALOS SISTEMAS
LA UNION, 12/09/24 (JBC reprodujo este artículo en La Semana Internacional 15/07/39 p.7 dedicado "Para la juventud que estudia")
Resumen de ideas: sobre si el mal político radica en los hombres o en los sistemas; filosofía política y social de JBC; necesidad de la educación cívica

            Desde los alrededores de 1830 -un siglo atrás- cuando comenzaron a manifestarse los esenciales efectos de los regímenes políticos, hijos de la Revolución Francesa, los pensadores iniciaron una investigación sobre las causas de aquellos efectos, dividiéndose en tres escuelas diferentes.
            Todos concordaban en reconocer los males; y, si bien los unos los habían visto venir y no los extrañaban, mientras que los otros los veían con profunda extrañeza, todos convenían en la existencia de los defectos y en la necesidad urgente de ponerles medicina.
            Cuando los hombres de la Revolución -franceses y no franceses- hicieron tabla rasa de todo el sistema anterior, reemplazándolo por el parlamentarismo unitario, y suprimieron, igualmente, los hombres del anterior régimen, cercenando el pescuezo a varios miles y botando a otros tantos más allá de las patrias fronteras, el mayor de los optimismos se apoderó de ellos, augurando una era de felicidad absoluta a los humanos. Se había arramblado con los malos métodos. Se habían "suprimido" los malos políticos. La felicidad estaba llamando a las puertas mismas de las naciones.
            La equivocación fue tremenda y absoluta. No habían pasado 20 años, y los males antiguos habían sido reemplazados por otros de peor poder nocivo. La podre gubernamental lo tornó a invadir todo. Las clases explotadas se movían nerviosas. Las naciones se miraban de reojo, azuzando sus discordias, desde la sombra, intereses privados de ínfima calidad. Y se llegó a las hecatombes actuales en lo internacional, la guerra a muerte de 1914-18; en lo social, las terribles cuestiones de clase, en las cuales el 90 por ciento de los humanos exige su puesto en el banquete de la vida; en lo político, la corrupción más desenfrenada, llagando los mismos centros de la gobernación; en lo moral, una subversión total de los valores.
            Cuando recién se iniciaba esa avalancha de desgracias, unos atribuyeron su causa a la maldad absoluta de los nuevos sistemas políticos; los mejores hombres, según ellos, eran impotentes para hacer el bien por medio de instrumentos inadecuados. Otros opinaban distintamente: creían que los sistemas eran buenos, pero que la maldad de los políticos que los aplicaban los torcían y los esterilizaban. Otros, finalmente, confesaban de plano que todo era malo: los sistemas nuevos y los hombres nuevos.
            No estamos en el principio de la catástrofe, en 1830, sino en su cenit, cuando las llagas lo han invadido todo y el mundo está a dos dedos de su descomposición. Convertir ese cenit del mal en punto final y decisivo es el único camino que se presenta a los que aspiran a salvar una nación. De ahí que aquellas disputas sobre "dónde estaría la causa de los males" sean hoy más de actualidad que nunca.
            Depende de esa discusión el que no se repita el caso de la Revolución Francesa, la cual, creyendo traer la felicidad al mundo, nos ha hundido en los actuales abismos. Para curar una dolencia hay que dar con la causa.
            Esa causa no es de fácil hallazgo. El vulgo -aún el vulgo de bien intencionados- confunde hartas veces los síntomas con la causa. Los síntomas de la enfermedad -efectos de ella- están a la vista, son tangibles, en ellos localizamos el dolor e instintivamente e instintivamente nos inclinamos a cargar sobre ellos el peso de la culpa.
            ¿Estará la causa del mal político en los sistemas o en los hombres?

                                                                    ll
            Los sistemas ¿influyen decisivamente en el sentido moral de la gobernación?
            Varios símiles mecánicos y morales nos darían inmediatamente una solución común, que