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Enfocando problemas ¿Tendrá la República el acierto de resolver el trágico problema del Regionalismo, volviendo a la tradición nacional? Mundo Español  05/31 p. 19-30

El asunto del día
            Entre los graves problemas que afectan a España, y que una monarquía poco hábil no tuvo el acierto de resolver, está, sin duda alguna, el del Catalanismo, el del Nacionalismo vasco, el de la incipiente voluntad de otras regiones de gozar de los mismos derechos naturales que las regiones centrales de España.
            La península ha vivido en guerra civil, declarada o latente, durante trescientos años, unos contra otros, tratando unos de hegemonizar alusivamente y otros de envenenar con su protesta la vida peninsular. Y los esfuerzos que debían sumarse para plantar cara al extranjero y ocupar, todos juntos y a una, el lugar que nos corresponde, en el concierto mundial, se malversaban en luchas interiores, que el extranjero fomentaba hábilmente, para edificar sus triunfos sobre la ruina de una España desunida.
            A qué grado de intolerable extremismo habían llegado las cosas en los últimos años, es cosa de todos sabida. Durante veinte años España ha dado vueltas alrededor del problema catalán, constituido por dos miembros vivos de las Españas en pelea y a la greña, excitados por un partidismo criminal que cimentaba su predominio caciqueril sobre esos antagonismos regionales. Y, después de los excesos locos de Primo de Rivera presionando lo que Dios y la naturaleza hicieron, se había llegado al extremo absurdo de contarse dos regiones –y precisamente las que unen España a Europa por su situación geográfica y su vida industrial- como moralmente separadas de España.
            ¿Resolverá la República naciente ese problema fundamental de la estructura española? Así parece, al menos en principio. Veamos, pues, de plantearlo aquí en toda su magnitud, aunque con aquella brevedad exigida por los límites siempre intraspasables de una revista.
            El lector hará bien en cerrar estas páginas, si no sabe despojarse de sus prejuicios, de sus ideas, de cuanta roña nos ha pegado una educación política absurda y desacreditada. Hay que entrar al estudio de los grandes problemas con el alma limpia y la intención sana de aceptar la lógica de los hechos y la razón de los derechos. Estamos en el umbral de una nueva España. Los que anden arrastrando los viejos andrajos de cosas preconcebidas, propias de una España que ha muerto ya, no pueden avanzar por caminos en que la verdad se ofrece desnuda a los hombres sinceros. Van, por lo mismo, estas líneas exclusivamente, para aquellos que ansíen colaborar, en la medida de sus fuerzas, a la estructuración de una nueva España, de acuerdo con el pasado tradicional y las nuevas conquistas de las ciencias políticas y jurídicas.

1. Las distintas razas que poblaron las Españas
            Las Españas no se manifiestan como un todo homogéneo ya desde los días de la más remota prehistoria. Los Vascos fueron los primitivos pobladores de toda la península, pero eran barridos por ulteriores invasiones hasta los rincones de los Pirineos eúscaros, lugar donde se resistieron, y se han defendido de toda extraña mezcolanza hasta nuestros días.
            Los primeros que hicieron recular a los vascos hacia sus actuales regiones fueron los Ligures, invasión que venía de Italia y ocupó la España oriental, es decir, Cataluña y Valencia, desde el río Segre (o Lérida) al Turia (o Valencia). Comienza ya aquí la diversificación racial de la península. A un lado, ligures. A otro lado, vascos. Ninguna mezcla entre ellos. Dos naciones distintas.
            Tras los ligures, entran en la península los Iberos, venientes del Africa, donde se separaron de sus hermanos los bereberes, que forman el fondo de la población norteafricana. Esos nuevos pueblos empujaron a los vascos desde la hoy Andalucía hacia arriba; y también más tarde, a los ligures de Valencia y Cataluña, aquí mezclándose con ellos. Se intensifica,