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Extinción de la dinastía Carlista Mundo Español  10/ 31 p. 19, 21, 22
Pacificación Regionalista Mundo Español  10/31 p. 22
Las necesidades de España Los cuatro problemas fundamentales de la Política Internacional Mundo Español  10/31 p. 29-33

            Acaba de morirse en París el Príncipe Jaime de Borbón y Borbón-Parma, a la edad de 61 años.
            ¿Quién era ese príncipe tan traído y llevado, del cual se han escrito tantas cosas y que, por la vida que ha llevado en estos últimos años, ha logrado que casi fuese olvidado?
            Lo primero que puede afirmarse es que su muerte, en estos instantes de República naciente, tiene un escasísimo interés político. Un año atrás, cuando la España legal se apoyaba sobre un rey, la Causa Legitimista tenía un interés grande. Podía darse el caso de que el país, cansado de la ineptitud alfonsina y de sus corrompidos partidos, pero no de la monarquía, hubiese llamado a otra rama dinástica, y don Jaime lll hubiese pasado a ocupar el Palacio de Oriente. Más ahora, instaurada la República, y con base social,  la muerte del jefe tradicionalista afecta importancia escasa en el sentido netamente político.
            Veamos de resumir en pocas líneas los antecedentes de ese Príncipe, así como un pequeño retrato moral de su augusta persona.
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            A principios del siglo pasado,, cuando Napoleón se iba adueñando de Europa y tocó su turno a España, el rey Carlos lV reinaba en el país. Era un rey imbécil. De escasa penetración y bueno, dijo de él Menéndez Pelayo que hubiera podido ser “una buen alcalde rural”.. era algo menos todavía. Su misma mujer, la reina María Luisa, le tomaba el pelo. Numerosos historiadores han sostenido que ninguno de los hijos de la reina lo era del rey, y el mismo Napoleón l lo afirmaba en un documento público. Lo indudable, por lo menos, es que la reina se entendía bajamente con Manuel Godoy, el cual de simple soldado de la escolta real, pasaba a capitán, coronel, general, ministro, jefe de gobierno, Príncipe de la Paz…
            Con la invasión de los franceses Carlos lV tiene que abdicar el trono. Al salir de España Napoleón, después de seis años de inútil guerra dentro de la península, subía al trono español Fernando Vll, hijo primogénito, al menos legalmente, del rey abdicado.
            Carlos lV había sido un rey imbécil. Fernando Vll fue un rey bajo, desleal, ignorante, perverso. Reinó cerca de 30 años, siempre al margen del bien. Su vida privada fue un tejido de inmoralidades nunca interrumpidas. Su vida pública fue de una deslealtad y crueldad refinada. En 1815 sube al trono apoyándose en los liberales de las Cortes de Cádiz. Los traiciona, los persigue, llegándose a los excesos absolutistas de 1822, año en que explota una general revolución liberal y constitucionalista. Triunfante ésta, el rey se une a los triunfadores –sus perseguidos de ayer- y ejerce la persecución más horrenda contra los tradicionalistas. Queriendo liberarse de unos y otros, trabaja en Francia (donde reinaban otra vez los Borbones) la venida de un ejército francés, que llega a España bajo el nombre de “los cien mil hijos de San Luis”, persiguiendo otra vez sañinamente  a los liberales. De 1824 a 1833 se apoya ahora en el canónico Escoiquiz, persiguiendo a los liberales; ahora con el masón Calomarde, persiguiendo a los tradicionalistas; ahora en el famoso hombre del terror, el Conde España, cuyos ministros son el látigo y la horca. Cierra las Universidades (1828) y abre escuelas de Tauromaquia…
            Muere ese rey infausto en 1833, sin que el menor remordimiento mordiera en su alma de baja ralea.
            En sus tres primeros matrimonios no había tenido descendencia. Celebra un cuarto enlace, ahora con su parienta la princesa de Nápoles Cristina de Borbón, mujer intrigante y de mala conducta, que tiene dos hijas: la mayor Isabel, que fue después Isabel ll.
            En 1833, la política dinástica entraba en plena actividad bajo el siguiente pie:
            los liberales proclaman reina a la hijita del rey muerto, Isabel, que tenía tres años;
            los tradicionalistas proclaman rey al infante don Carlos, hermano del rey muerto, que se lanza a la guerra con el nombre de Carlos V.
            De ahí las dos dinastías, la liberal o borbónica por línea femenina, y la tradicionalista o Carlista, borbónica por línea masculina.
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