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Ha sido elegido el primer Presidente de la República Española Mundo Español  12/31 p. 1-3
La nueva Constitución Española  (1) El anteproyecto del general Primo de Rivera Mundo Español  12/31 p. 17-20

            Caída la Monarquía, víctima lamentable de su vaciedad e incompetencia, los primeros tiempos habían de ser, forzosamente, de reacción integral, representada por un extremismo contrario a cuanto representaba la Monarquía. Extremismo republicano, extremismo antirreligioso, extremismo social.
            Quien conozca las leyes del organismo humano no extrañará dos cosas: primera, que esa reacción extremista era absolutamente inevitable; segunda, que ese extremismo, como reacción circunstancial que es, no puede representar el verdadero estado de la opinión española. Representa un lógico acceso de fiebre nacional; no, la opinión nacional.
            De ahí dos cosas que parecen antitéticas y que son hermanas, aunque, como las hermanas siamesas,  vivan de espaldas. Por un lado, el afán extremista dentro del cual un gran núcleo de opinión jura y perjura que ellos representan la verdadera España. (Y la representan, de verdad, dentro del actual lógico estado febril). Por otro lado, el afán de otro gran núcleo de opinión nacional que grita  seguro de que es él, y no el republicano extremista, el que está más en correspondencia con la opinión. (Y lo está, de verdad, pero con la opinión interior, que solo pasado el estado febril habrá pasado).
            Lo difícil de esa contradicción de opiniones –y cada una de ellas con su razón de ser- es, en cuanto a los gobernantes, saber encontrar fórmulas legales que supiesen, más o menos, responder a ambas contradictorias corrientes. Más, un remedio era posible: que la ley de hoy puede ser mañana enmendada, corregida o sustituida.
            No sucedía así ante otro problema, de primera magnitud en la política española. Nos referimos a la elección del Primer Presidente de la República.
            El jefe del Estado, por su misma situación, ha de estar por encima de los debates grupales y no puede ser en cada instante sustituido. Ha de representar, durante media docena de años, a la mayor parte de la opinión nacional. Y la ha de representar de una manera permanente durante todo el período de su presidencia.
            De ahí la dificultad del acierto.
            La opinión que responde al estado febril, habría de propiciar, lógicamente, un candidato a la Presidencia en conformidad a sus extremismos. Candidato que rechazaría el otro sector de la opinión nacional. La opinión que responde más o menos contra el extremismo, lógicamente también, habría de propiciar un candidato a la Presidencia en conformidad con sus pensamientos. Y en ambos casos tendríamos un primer Presidente grupal, partidarista, de lucha y fermentación de hostilidades. Mas gravísimo, que crearía durante años una atmósfera política nacional altamente rarificada.
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            Cierto que, ya desde meses atrás, núcleos intelectuales del país miraban como sortear ese peligro gravísimo. Y se esforzaban en buscar un hombre que pudiese, por su misma significación y valor, ser del agrado,  cuando menos circunstancial, de ambos contradictorios estados de opinión.
            Los nombres barajados eran varios: Ortega Gasset, Marañón, Cossio, Altamira; Lerroux y Besteiro han salido a plaza, bajo ese aspecto de ver de coordinar esas encontradas opiniones.
            Desde el momento, los dos últimos nombres habrían de ser eliminados prontamente, por su concreta significación grupal. Lerroux es el jefe de los llamados radicales. Besteiro es cabeza del socialismo. Republicanos radicales y republicanos socialistas constituyen los dos grupos más fuertes en el Congreso, y ambos pelean por su respectiva hegemonía central. Presentar para Presidente de la República a uno de esos hombres, hubiera sido encender más la guerra entre el nombrado y el grupo contrario. Quedaban, pues, eliminados por su propio peso esos dos personajes, a pesar de ser uno de ellos –Lerroux- el candidato de los intereses conservadores, y el otro _Besteiro- uno de los más eminentes intelectuales y uno de los socialistas más ponderados.
            Quedaban cuatro profesores de la Universidad de Madrid: Cossio, Altamira, Marañón y Ortega y Gasset.