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Juicio crítico sobre la Constitución de la República Española Mundo Español  03/32 p. 15-21

1. Los grandes problemas de España
            Una nueva Constitución es necesaria, cuando la anterior no supo encarrilar la vida nacional de una manera eficiente, resolviendo, siquiera pasablemente, los grandes problemas que constituyen la vida práctica de la nación.
            De ahí la necesidad de concretar esos problemas para poder juzgar, no sólo de la inservibilidad de un código ineficiente, sino también de la utilidad o buen criterio de un nuevo Código.
            Por lo demás, es fácil concretar esos problemas, que en distintos artículos hemos ido alineando en estas mismas columnas. Son, por lo demás, cosas que, por los efectos doloroso que sienten en carnes propias todos los españoles, nos sabemos todos de memoria.
            a) el problema social de la tierra;
            b) el problema social del asalariado;
            c) el problema de la organización política estatal y del caciquismo;
            d) el problema regionalista
            e) el problema religioso
            f) el problema de las finanzas y de la burocracia;
g) el problema de la enseñanza;
h) el problema de Marruecos;
i) el problema social

2. El problema de la tierra
            He ahí una de las más purulentas llagas que legó a la República un régimen monárquico, uno de cuyos puntales lo constituía una nobleza haragana, que dilapidaba en Madrid, alrededor de la Corte, lo que sustraía a un rebaño miserable de siervos de la gleba.
            Cierto que ese problema rural no es general a España. Toda la zona norte, y aún una parte del centro, tiene la propiedad tan repartida, que tenemos el hermoso espectáculo de Navarra, Cataluña, Vascongadas y gran parte de Galicia, donde todo hogar rural tiene su campo propicio. Hermoso ejemplo de organización, que habrá de extenderse a toda la península.
            Más, sucede todo lo contrario en el mediodía español, y especialmente en esa bendita Andalucía, llamada por su fecundidad “tierra de María Santísima”, y que, por el feudalismo judaico de sus latifundistas podía ser apellidada “tierra de la miseria social”.
            Se han escrito recién, sobre ese problema de las tierras andaluzas y extremeñas, cosas notables. Ha sobresalido la ruda catilinaria de un cura rural, publicada en un rotativo de Madrid, en la cual aparecen vibrantes todos los abusos feudales, todo el espíritu de rapiña, toda una innoble atmósfera social que merece la gráfica frase de León Xlll: “que se distingue bien poco de la esclavitud pagana”
            ¿Cómo ha salido al encuentro de este problema la Constitución republicana? Podríamos decir que muy radicalmente, aunque no por esto merecería críticas esa solución; a grandes y seculares males, grandes y decisivos remedios, entrantes, si es necesario, dentro del terreno de la cirugía.
            Podríamos sintetizar los principios de la Constitución a este respecto en tres frases:
            1ª La tierra tiene una finalidad social esencial. Por tanto, la propiedad privada queda esencialmente sujeta a condicionantes sociales.
            Es este un principio básico substancial, que sentó claramente, en pleno siglo Xlll, Santo Tomás de Aquino, y que puede conceptuarse como el cimiento cristiano de la propiedad. No es ni siquiera principio socialista, por muy radical que lo encuentren los economistas acostumbrados a hacer de la propiedad privada lo que les daba la gana, sin limitaciones morales ni sociales.