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Crítica desapasionada del Estatuto Catalán El problema en la historia, en la teoría de los derechos y en el terreno circunstancial práctico. El Estatuto ante el pasado y el porvenir de España. Se reinicia de “las Españas” de mejores tiempos. Mundo Español  10/32 p. 19-36 

(no he copiado –ahora- el punto ll, el “Texto del Estatuto Catalán”, que lo inserta íntegro, desde la página 20 hasta la 27 de la revista. Como lo hará, desde 1933, registrando importantes textos –merecedores de reflexión y discusión- en la Sección Documentos de “La Semana Internacional”, Segunda Época)

l. Desapasionamiento necesario
            El 11 de Septiembre de principios del siglo XVlll, un rey extranjero, que ni el castellano hablaba, abolía por sí y ante sí, sin consulta alguna popular, la autonomía de Cataluña. Pasan dos siglos, y en estos instantes, graves y solemnes para el porvenir de España, el Congreso de la República Española reinicia aquella política de autonomía, votando -8 de Septiembre de 1932- el Estatuto Constitucional de Cataluña.
            Gravísimo problema. ¡Cuánto ha dado que hacer ese famoso problema catalán, más grave y negro todavía en Vascongadas! ¡Cuánto ha servido para que una prensa banal e ignorante enredase la madeja en provecho propio, a base de una escasa cultura histórica y constitucional!
            Los cables nos comunican que el problema ha sido resuelto. ¿Será verdad tan bella perspectiva? De serlo ¿cómo habrá sido resuelto? ¿Qué situación pasaría a tener Cataluña dentro de una España tolerante y libre? ¿Qué frutos podrían esperarse del Estatuto? ¿Quedaría, con ello, eliminado el problema catalán, que ha dado tantos dolores de cabeza a los políticos bien intencionados y ha servido tan insistentemente de instrumento de baja política a los políticos prostituidos?
            Es esto lo que nos proponemos analizar brevemente, si es que consiente brevedad un cúmulo de asuntos tan grande como substancial.
            Necesario es, cuando se tocan problemas vivos, despojarse de toda laya de prejuicios y entrar desnudos en la consideración de ellos. Todo prejuicio doctrinario, todo amor propio femenil, todo interés sentimental o utilitario, son otros tantos cristales de color  que nos presentan el problema distintamente de lo que es.
            Haremos un esfuerzo para rascarnos todo apasionamiento. El lector ha de estar en esta misma tesitura espiritual, so pena de estar condenado a no entender jamás este aspecto gravísimo y medular de la vida española.
            Es tanto más de insistir en esto, cuando que no es muy general esa limpieza de corazón ante el problema vivo. Hace poco un respetable sacerdote, que, por otra parte, es muy ilustrado,  escribía algo que delata esa falta de ecuanimidad. Este caballero pertenecía en España –y continuaba perteneciendo en el extranjero- al partido tradicionalista, cuyas dos ramas -mellista y nocedalista- han tenido siempre en su programa un regionalismo mucho más radical de lo que pedían ahora los catalanes. Ese caballero gritaba contra el rey Alfonso, y quería otro rey, porque, entre otras cosas, no sabía devolver a España el regionalismo tradicional. Ahora contradecía a los que pedían un regionalismo mucho más tenue y teñido… sin haberse movido del partido en que mentalmente milita.
            La contradicción está a la vista. ¿La explica la mala fe? No. La explican el apasionamiento y los prejuicios. Se trata de un temperamento negativo, que ve los defectos en todo y su vocación es atacar, ser opositor. Cuando era tradicionalista, atacaba a don Alfonso. Ahora atacaba a los regionalistas. No dominan en él la serenidad y menos la equidad.
            Cuando así procede un español ilustrado y selecto ¿cómo no habrá peligro de que no sepan examinar con justeza este problema muchos que no posen cultura?
            De ahí la necesidad de un esfuerzo hacia el desapasionamiento, como pedíamos a nuestros lectores más arriba.