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La Reforma Agraria en España Una pequeña historia de la Reforma Agraria en varios países. Texto de la Ley aprobada por las Cortes, y consideraciones que de ella se desprenden Mundo Español  01/33 p. 11-34

l. La Reforma Agraria en Rumania
            Antes de entrar en el espíritu de la reforma agraria recién votada en las Cortes españolas, es interesante enfocar el mismo problema en cuanto ha sido planteado y resuelto en numerosos países de Europa, muchos de ellos monárquicos y gobernados por grupos conservadores.
            Cuando en España se ha tratado ahora ese problema, se ha hablado demasiado de México y de Rusia, como si una reconstitución económico-social del suelo fuere cosa de comunistas, socialistas y emisarios del diablo. La mentalidad del capitalismo abusador –porque, al lado del capitalismo correcto, hay un capitalismo abusador y deshonesto- se ha manifestado en España, en este problema, con una ignorancia absoluta de cosas que constituyen en el mundo hechos resonantes, hondos y generales. Y ese relativismo crítico es uno de los caminos más seguros para enjuiciar honradamente una medida más o menos honda.
           
            Comencemos por un caso verdaderamente notable.
            Rumania, en los días más álgidos de la guerra mundial, alrededor de 1915. el país solicitado por ambos bandos bélicos –aliados, alemanes- estaba amenazado gravemente. Pueblo neutral, estaba abocado a las consecuencias de una victoria de uno de los distintos bandos. El rey Fernando, alemán de raza, quería formar al lado de los Imperios Centrales. La reina María, princesa inglesa, y además muy movida y destacada, estaba, contrariamente por los Aliados, cada cual deseando pelear al lado de los suyos.
            Pero el caso era que el pueblo estaba muy alejado del rey y de la reina. El pueblo no quería pelear ni por alemanes, ni por ingleses. ¿Para qué?, decía. Y, estaba en lo cierto. Todo aquello de “los destinos de la civilización”, el “militarismo germánico”, “la libertad en peligro”, etc. etc. eran excelentes y coloreados banderines para ocultar el verdadero interés que tenían en la guerra los dos bandos: aplastar al contrario y sacar de la victoria todas las hegemonías imaginables. Don Quijote no era tal, sino un prudente Sancho Panza, discretamente disfrazado de Caballero deshacedor de agravios y enderezador de entuertos.
            El pueblo rumano no se dejó meter los dedos en la boca. Y, al ser solicitado por los contrarios bandos, respondía sencillamente que no.
            Pero, he ahí que aparece un nuevo factor en el problema. uno de los bandos peleadores –los Aliados- prometen a Rumania si acaso se lanza a la lucha contra Alemania, entregarle toda la región húngara de Transilvania y varias lonjas de otras regiones, ya rusas, ya austriacas. En total: una extensión de terreno mayor que la totalidad del entonces suelo rumano.
            El problema ya cambia. Tenemos, ya, un aliciente. Y un aliciente patriótico, porque la Transilvania es región prima hermana de la raza rumana. De ganarse la guerra,  Rumania sería un grande y extenso país y la raza rumana quedaría unificada, formando un poderoso Estado.
            Los políticos rumanos se entusiasman. Y proponen lanzarse a la guerra al lado de los ejércitos anglo-franco-belgas. Más, el pueblo rumano, que es muy práctico, no tiene suficiente con esto. No le basta que se entregue terreno nuevo a Rumania. Quiere saber esto otro: ¿se quedarán estos terrenos latifundistas, o bien serán repartidos entre los campesinos? Y, saliéndose del suelo prometido, y ensanchan el problema al ya viejo suelo rumano, y preguntan:
            - Y ¿por qué no se nos reparte, también, el actual suelo rumano, que acaparan una minoría de hacendados, que derrochan sus rentas sin trabajar en las francachelas capitalinas y en todos los alrededores de la política partidarista?
            La pregunta era, como se ve, intencionada y grave. Y se iniciaba un período de movimientos populares, cuando el Gobierno monárquico tuvo el patriotismo de saber coordinar ambos problemas –ir a la guerra para recuperar el suelo patrio; anhelo de posesión popular del suelo agrícola- en una promesa solemne: el Estado entregará un trozo proporcional “de suelo nacional a todos los hogares que tengan individuos en la guerra”.
            Surtió efecto la promesa. Entusiasmo. Entusiasmo patriótico y también entusiasmo interesado y egoísta. Ganan la guerra. Y el Gobierno –monárquico, conservador de latifundistas- cumple su promesa: a todo hogar campesino se le entrega un trozo de tierra nacional.
            Y Rumania es, desde hace trece años, país de pequeña propiedad repartida. Todo hogar sabe que tiene “su” trozo de patria. La reforma agraria es un hecho. Y repitámoslo ¿realizada por el socialismo?  Realizada por un Gobierno monárquico, conservador y de latifundistas.
            De latifundistas con criterio, listeza y cierta dosis de espiritualidad.

ll. La Reforma Agraria en Europa
            Rumania no es un caso aislado. Contrariamente: los casos aislados los constituyen los países que no han realizado todavía la Reforma Agraria.
            Veamos algunos países, en la imposibilidad de agotar el tema.
            Polonia. Gran país. Suelo casi igual a España. habitantes numerosos: cerca de 40 millones de almas. Inmediatamente después de la guerra se promulgó la Ley de Reforma Agraria. Una de sus bases decía así: “Teniendo todos los hogares capaces derecho a la posesión inmediata de un trozo de tierra nacional…”. La cláusula es interesante. Habría podido añadir, inmediatamente a lo anterior: “vejada con la sangre de millones de ciudadanos y creada por Dios para derecho común, y no de una minoría usufructuante…”. Se comenzó la aplicación de la Ley inmediatamente. Grandes extensiones fueron entregadas a campesinos capaces. Una comisión especial ha trabajado durante doce años, días tras día. Todavía funciona. Hay más suelo disponible que postulantes.
            Austria. País católico romano, gobernados por cristianos acaudillados por un cura-profesor-capellán de monjas: Seipel. La reforma agraria está ya terminada. No hay hogar que no tenga su trozo de suelo agrícola. No hay cuestión. No hay comunismo, ni siquiera socialismo en el campo. Socialistas y comunistas sólo existen en Viena, entre las masas obreras de las fábricas. El campo está del todo satisfecho.
            Bulgaria. País que dicen atrasado. Monárquico casi absoluto. Gobierno de los viejos partidos históricos: conservadores y liberales. ¿Estarán contra los nuevos tiempos? ¿Insistirán en acaparar unos pocos el suelo nacional? Nada de esto. Son ellos mismos los que realizan la reforma. Cosa notable: es el rey Boris el que con más ahínco la empuja. Y se lleva a la práctica en pocos meses. Y Bulgaria tiene ya el suelo labrable y los cerros forestales en manos de la totalidad población campesina.
            Hungría. País monárquico, también. El pueblo entero está suspirando por la vuelta de su rey, el joven Otto, hijo de la emperatriz Zita. Pueblo de católicos y  conservadores. Y también ellos realizan la reforma agraria, asustados tras la Revolución Comunista de Bela Khun, hacia 1919, cuando todo el pueblo bajo se puso de frente contra una nobleza húngara, que usufructuaba todo el suelo nacional.
            Italia. País monárquico, fascista, antisocialista decidido. Y es precisamente, el fascismo antisocialista el que ha realizado una reforma agraria más energética todavía en el hecho, aunque legalmente menos radical, que los países nombrados. Mussolini, ha partido de la base siguiente: “el terreno no cultivado, o malamente cultivado, sin los modernos avances científicos, deja de ser propiedad respetable. El Estado la recaba para sí, previa una indemnización adecuada, y lo entrega a una familia capaz de cultivarlo caritativamente”. Fundos enormes –parte de el Sur de Italia- han tenido que salir de manos de los propietarios flojos y, una vez parcelados, ser entregados a manos de los labriegos”. La “batalla del trigo”, de la que se ha hablado tanto, ha sido uno de los cien episodios de la Reforma, obligando a los trigueros a cultivar  más cantidad de trigo y mejor calidad sin aumentar el terreno sembrado.
            No son esos solos los países que, desde 1919, han realizado una radical Reforma Agraria; pero sirven esos cinco ejemplos para comprender que una Reforma Agraria no tiene relación esencial con el Socialismo; que la han realizado numerosos Gobiernos monárquicos y conservadores, que, cuando menos, han sentido la necesidad de ceder parte de sus tierras, antes que una revolución popular se las quitase totalmente.

lll. Los países de pequeña propiedad
            No ha habido Reforma Agraria en algunos países europeos por la razón de que estaba hecha ya de siglos. Porgamos por ejemplo Francia, Bélgica y Holanda, países a los cuales se asimilan Vascongadas; Asturias y Cataluña.
            Francia es citada como ejemplar hermoso de subdivisión del suelo, con cifras tan bellas como estas: que el 65% de hogares nacionales son dueños de un trozo de suelo; que el 84% de los campesinos son pequeños propietarios; que las propiedades agrícolas mayores no pasan jamás de 100 cuadras, con rarísimas excepciones. Es decir, que el suelo nacional es propiedad de hecho de todos los franceses, y no, como pasaba en España, que era el suelo español de los españoles según la Constitución, y en rigor, no era más que de una minoría, generalmente vaga, de ciudadanos privilegiados.
            Francia es, por lo mismo, país rico, ahorrador y dado a la paz. Su riqueza enorme particular le hizo posible el sostenimiento de la gran guerra, con auxilios inexhaustos. El standard del vida del francés pobre está muy por encima del de la clase media en América, y siempre unos miles de francos oro están a disposición de cada jefe de hogar modesto.
            Esa pequeña riqueza hace posible que Francia sea país ahorrador por excelencia. Viviendo sobre un suelo intensamente cultivado, sácale el jugo en todo momento, vive a sus expensas bien y le sobra dinero para ir a depositarlo en sus Cajas Populares. Es interesante, por lo demás, contemplar las grandes hileras de ventanillas de las numerosas sucursales de las Cajas de Ahorro (sólo en París unas 30), en todas las horas del día con una hilera de imponentes cada ventanilla, dejando bien a cubierto el porvenir y sus azares.
            De ahí la paz social que vive Francia, que es el país del mundo que tiene menos huelgas y demás protestas sociales. No hay para qué, si todos tienen su pedazo de suelo, si el patriotismo se cuenta por metros cuadrados y todos tienen que perder en posibles revueltas sociales. Francia tiene en su Parlamento 15 diputados comunistas, ante 105 que tiene Alemania. Y son, todavía, aquellos 15, fruto de las masas obreras que en los alrededores de París nutren usinas y talleres, privados de propiedad y reducidos a parias sociales.
            Bélgica, es país de escasísimo suelo nacional, y, sin embargo, de gran número de agricultores. Quiere ello decir, que éstos han de ser muchos en número y que la propiedad ha de estar profusamente repartida. Efectivamente, no tiene el Reino Belga más allá de unos 30.000 kilómetros (menos de la mitad de Andalucía) y todavía cerca de la mitad del suelo nacional lo ocupan las construcciones urbanas y pedruscos montañosos. Basta haber viajado por aquella gran llanura belga para hacerse cargo de esa repartición del suelo y de la intensidad con que cada hogar cultiva su propio trozo.
            Holanda vive semejantemente. País eminentemente rural, sus industrias caseras de campo, ejercidas en un 90% por mujeres, producen al año algo más de 500 millones de florines oro. Venden las granjas caseras a Gran Bretaña , todos los años, por no menos de 300 millones florines: leches, quesos, verduras, hortalizas, granos, pequeño ganado, etc. generalmente no pasan esas propiedades de cuatro cuadras por familia, abundando más las de media y una cuadra que las de cuatro. Todo hogar es dueño de una parte del suelo nacional, alrededor de los famosos y clásicos molinos de viento, que nos han popularizado tanto los cromos de chocolate  y las postales más o menos artísticas. Un dato interesante es este: que cada cuadra holandesa rinde nueve veces más que una cuadra chilena; la escasa extensión de la ciudad ha obligado a cada agricultor a buscar la mejor manera de sacar el máximo provecho de un pedazo de suelo explotado agrícolamente.
            En España, la mitad norte del país vive en felices condiciones agrícolas, muy semejante a la de los países anteriormente nombrados. Nos referimos a Cataluña, Navarra, Valencia, Vascongadas, La Montaña, Asturias y en parte, en parte no más, Galicia.
            Todo el norte español estaba dividido y subdividido tan minuciosamente, que no hay manera de hallar en él un verdadero fundo, en el sentido de grande y enorme propiedad rural. Cada hogar campesino tiene su media cuadra de tierra, que se alarga, a veces, a dos, tres o cuatro cuadras, , algunas más si se trata de bosques o terrenos incultivables. Y no hay agricultura más avanzada y productora que ésta. “El catalán de las piedras saca pan”. Y verdaderamente, es sacar pan de piedras ascender a los picos de los montes con el azadón y plantar viñas o frutales en las faldas inclinadas de montaña, sin riego ni nivelación posibles.
            De ahí la riqueza enorme de la región catalana, agrícolamente, a pesar de tener un suelo tan pésimo. Recién la estadística de vinos nos contaba que la provincia de Barcelona ha sido este año la segunda en producción de vinos en España. y cuenta que no hay aquí viñas ni grandes extensiones de viñedos como en Ciudad Real, sino una suma prolífera de pequeñas viñitas, todas de rulo, que suman para dar una suma total tan grande, sus innumerables esfuerzos.
            Sucede lo propio en Vascongadas y Navarra, su hermana, donde la propiedad rural está tan dividida que algunos timoratos incluso han hablado de “la necesidad de buscar medios de volver a reunir tan disgregada propiedad, para que no quede pulverizada”.
            Valencia da la enorme cantidad de naranjas, primera fuerza de la exportación nacional, que todos le conocemos. Más de 400 millones de oro entran todos los años en Valencia desde Francia, Bretaña y Alemania, en forma de pagos de naranjas. Y ello ha sido posible por la división del suelo valenciano y la enorme cantidad de esfuerzos que ha requerido, desde quien sabe cuantos siglos, ese mejoramiento de la pequeña propiedad rural bien tratada.
            Tenemos por carambola, que esas regiones del norte son las menos dadas a disturbios sociales y aún religiosos. Cuando en Barcelona hay huelgas, puede afirmarse inmediatamente que ellas no tienen lugar en el millón de agricultores de la provincia, sino el millón de proletarios de las fábricas de la enorme ciudad. Cuando en Oviedo hay movimientos sociales, puede predecirse que no tienen lugar, en general, sino en los centros minero-industriales de aquella rica región.
            El norte de España es país rico y progresivo. Con paso más lento marcha el sur español, es decir, la zona de los grandes y absurdos latifundios.

lV. El caso de México y el del Soviet

            a) Hacia 1911, se iniciaba en México la revolución, cuyos coletazos están agitando todavía aquella atmósfera nacional.
            Había gobernado durante treinta años de larga e inverosímil historia mexicana, el vano Porfirio Díaz, uno de los generales más bien intencionados y más inútiles de aquella República fueron treinta años de liberalismo soso, de dejar hacer a todo el mundo. Los grandes terratenientes eran muy pocos y poseían fundos enormes, parcialmente, malamente cultivados. Agreguemos que un gran porcentaje de esos latifundistas eran españoles, que si supieron roturar terrenos vírgenes y sacar dinero de las selvas, no supieron tratar bien a la indiada ni comprender los peligros inminentes  de un estado social inaguantable para aquellas masas primitivas.
            Vino lo que nadie hubiera podido evitar, salvo un poco de comprensión de terratenientes que no comprendían nada: la Revolución -aquella revolución espantosa de 1911, hace ya de ello 22 años- en que Porfirio Díaz, el caudillo fofo, era botado del país, apoderándose del gobierno los caudillos de los obreros, campesinos y soldados. Como toda revolución espontánea y violenta, derramó mucha sangre y realizó muchas atrocidades; rectificó muchas injusticias y cometió muchas injusticias; incluso los revolucionarios se degollaban a sí mismo sin compasión, cayendo como moscas los Maderos, los Carranzas, los Obregón, los Villas; tantos caudillos que mataban y, luego, eran matados. Y todavía no están sentadas las cosas mexicanas, los asalariados contra los capitalistas, dentro de los asalariados, los obreros urbanos contra los campesinos; los ateos contra los católicos; los socialistas contra los comunistas; los civiles contra los militares… un verdadero caos, en el cual comienza a perfilarse un poco de estabilidad y orden.
            En medio de ese revolutismo social, la Reforma Agraria. Reforma que no es comunista, ni mucho menos, pero que fue hecha a sangre y fuego, entre odios al latifundista y al extranjero, especialmente al vecino del norte mexicano, que había soñado el sueño absurdo de tragarse México y adjuntarlo al territorio enorme de la gran república yankilándica.
            La reforma se basa en tres cimientos angulares:
            1ª la repartición de tierras entre los campesinos capaces de cultivarlas intensivamente, ampliación del propietismo, es decir, del anticomunismo
            2ª prohibición de adquirir tierras los extranjeros en los terrenos fronterizos, se comprende la trascendencia patriota de esa exigencia, bien calificada por una larga historia de ambiciones extrajeras sobre México;
            3ª aprovechamiento –y esto fue una base práctica, no por ser tácita, menos real- de esa reforma por los caudillos militares y civiles, que han resultado dueños de extensas tierras, o, en otras palabras, latifundistas. Ese latifundismo es, ahora, limitado, por cuanto ello no es obstáculo a que la muchedumbre rural posea, por trozos familiares, una gran parte del suelo nacional.

            b) El caso ruso se produjo un lustro después de la revolución mexicana, y alcanzó caracteres mucho más dramáticos y radicales. Por conocida esa revolución, puede pasarse sobre ella con paso más rápido.
            El enorme rebaño de campesinos rusos había sido, durante siglos, objeto de una inmoral explotación por parte de los feudales del Imperio.  Esos feudales eran, a la vez, los políticos, los palaciegos, los gobernantes, los militares, los jefes de la iglesia rusa. Había de explotar un volumen tan grande de dolores. Y llegó su hora. Se comprende la hecatombe, así como la inmensidad de las desgracias, catástrofes, infortunios, injusticias que el movimiento popular había de acarrear.
            Toda clase riqueza fue arrebatada a sus poseedores. La nobleza, los ricos quedaron en la calle, no sólo en cuanto a ser despojados de todo, sino en cuanto el soviet no les pasaba siquiera los alimentos para el sustento diario.
            Limitándonos al problema de la tierra, ha habido tres períodos, desde 1917, caracterizados por maneras muy distintas:
             1º período: 1917-1921. Comunismo. La tierra es del Estado. Nadie tiene tierra agrícola. El agricultor cultiva un trozo y los productos, después de haber consumido la familia lo necesario, son del Estado, el cual toma posesión de ellos. Fracaso absoluto. Despoblación rural. Hambre de 1921, en que mueren 16 millones de campesinos. Lenin, que no era torpe, raciocina. Y rectifica. Esa rectificación constituye el
            2º período: 1922-1928. Lenin pronuncia ante los representantes  del pueblo un famoso discurso en el cual da como fracasado el Comunismo Agrario. Y propone que las tierras –propiedad raíz del Estado- sean entregadas a cada familia, por parte, en posesión perpetua transmisible. Es el propietismo agrícola, o sea, la repartición del suelo nacional entre los hogares campesinos. Muere Lenin. Lo sucede Stalin. Continúa la misma política, en el fondo anticomunista.
            3º período: 1929-1932. Stalin, al lado de la propiedad particular individualmente cultivada, crea la propiedad cooperada. Es decir, cooperativas agrícolas en todo sentido, incluso en que el suelo no es de cada individuo por partes, sino todo él, individualmente de todos los que trabajan en aquel trozo de tierra. Viene a ser aún comparado con el régimen individualista. Una especie de Sociedad Anónima, en la cual todo es común, salvo la cuantía de los aportes y la distribución de los productos.
            El hecho ruso, a través de esos 16 años de existencia del Soviet –dividido en aquellos tres períodos- puede concretarse así: el suelo nacional fue quitado a la minoría de nobles y hacendados que lo acaparaban, y repartido a las familias campesinas, en pequeños lotes, sea en forma individual, sea en forma capitalista.

V. El problema agrario a través de la historia
            Hasta aquí, hemos visto como, en estos últimos años, Europa entera, y parte de América, ha realizado una honda Reforma Agraria, independientemente de su régimen: monárquico o republicano, socialista o capitalista.
            Más, es interesante recordar lo que ha dado que pelear la posesión del suelo a través de la historia, desde los tiempos más antiguos. Citemos al efecto, unos pocos casos:
            a) En tiempos de los romanos, las terribles luchas agrarias, que culminaron en los días de los Gracos. La aristocracia latina se había adueñado del suelo desde tiempos inmemoriales. Por cada hombre libre, propietario del suelo, había diez esclavos y otros tantos siervos, clase intermedia entre la esclavitud y el patriciado. Y, si el patricio –una minoría aristocrática- era dueña del suelo, esclavos y siervos lo trabajaban para beneficio del señor. “Sic vos non vobis” como escribió el poeta. Así vosotros los trabajáis, pero no para vosotros.
            Comenzaron los siervos, y acabaron los esclavos, a revolucionarse contra un estado de cosas tan injusto.  Hubo revoluciones largas y sangrientas, dictaduras feroces, levantamientos decididos, huelgas terriblemente duras, luchas sociales regadas con sangre abundante.
            Los patricios tuvieron que ceder, al fin. Los que no cedieron, y la parte injusta que quedó firme, fueron barridos por los bárbaros del norte, que aplastaron la decadente clase aristócrata-agraria, ante la indiferencia del pueblo italiano, que quería sacudir el milenario yugo de la minoría acaparadora.
           
b) Cuando los romanos conquistaron España, se encontraron con una lucha empeñosa, feroz, decidida, en contra de la invasión. Entraron los primeros soldados romanos antes del siglo ll antes de Cristo. Doscientos años después no estaba España del todo conquistada. Y aún hubo trozos jamás sometidos: Asturias, la Montaña, Vascongadas. En medio de esos dos largos siglos ¡cuánto costó a las legiones romanas el someter a los indígenas! Las crónicas romanas de aquel tiempo  cuentan con horror y miedo los azares catastróficos de Numancia, cuando las legiones romanas eran aniquiladas una tras otra bajo los muros de barro de la famosa aldea castellana y los mejores generales del Imperio caían derrotados por los estrategas labriegos de la meseta española.
            Contrastan esos 220 años que necesitó la conquista romana de España –y, todavía para no conquistarla del todo- con los 2 años que, nueve siglos después, necesitaron los árabes para apoderarse de todo el país, lanzándose como flechas vivas sobre la península y abrumándola en menos de treinta meses.
            Más, la explicación está a la mano. Los romanos, al querer apoderarse de España, se iban a apropiar del “suelo propio de cada hogar”, pues en los tiempos prehistóricos cada familia tenía su trozo de suelo  dentro de los límites de la tribu. Defendían, pues, los naturales “su” suelo, es decir, la propiedad de cada uno; y de ahí el que lo pusieran todo en juego para defenderlo con las uñas.  Y por esto sobresalen como estrellas Sagunto y Numancia.
            Pero, al caer sobre España los árabes, los naturales del país se encontraban desposeídos de sus tierras, las cuales habían repartidos los visigodos al entrar en España 200 años antes. ¿Qué le importaba al pueblo español, que el suelo nacional fuese de los visigodos que ya lo tenían, o de los árabes que lo anhelaban, ambos pueblos extranjeros y expoliadores? De ahí que el pueblo español se quedase quieto ante la invasión mahometana; que don Rodrigo tuviese que pelear en el Guadalete solo con sus godos, abandonado de la multitud de indígenas, que constituían el 90% de la población nacional.  Y de ahí, todavía, un fenómeno poco divulgado: que, al entrar en España los árabes, sus huestes tenían una vanguardia guiadora y de choque compuesta por puros españoles, que de este modo se vengaban de la expoliación visigoda.
            En resumen, el español del siglo ll a. de C. defiende su tierra –porque era de todos- con sangre, fuego y heroísmo y dura 200 años la conquista. Al español del siglo Vlll no les importa que los árabes se apoderen de España, dejando indefenso el suelo nacional, porque no era “su” suelo, sino propiedad de una raza advenediza expoliadora.
            Lección de cosas admirable. Quiere decir que el patriotismo no es, como pensaban los dueños del suelo, algo idealístico y espiritual, que obligue a los nacionales sin esperanza de provecho. Sin excluir ese elemento español, tiene el patriotismo un elemento material, en el sentido de utilidad y provecho, siendo cada ciudadano dueño de un trozo de suelo nacional, y de ahí que defiendan “su” patria, en el sentido estricto y pequeño del vocablo.
           
            c) Siglo XV español, cuando daba sus últimas boqueadas la Edad Media y alboreaban las primeras luces de los nuevos tiempos. El feudalismo ya en corrupción avanzada, aspiraba a continuar manteniendo en sus manos la posesión del suelo nacional laborable. Y los siervos ya no resistieron más, dándose terribles revoluciones de índole social.
            Una de las más sonadas fue la de los “rebassaires” catalanes. Todo el campo de Cataluña se echó a los caminos contra el terrateniente explotador. Los campesinos se negaron a trabajar y se armaron. “Volém nostra la terra que trevallén”. Ese fue el lema, que parece de nuestros días: “Queremos nuestra la tierra que trabajamos”. Fue una lucha larga, cruel, sin cuartel, a ultranza. Mataron. Murieron. Sangre y fuego, depredaciones y sabotajes, acciones de guerra y organizaciones armadas.

Vl.  El suelo del Mediodía español
            España, bajo este aspecto de la tierra explotable, puede dividirse en dos partes, que viene más o menos, grafiadas en el mapa que adjuntamos.
            En la región que llamaremos nor-oriental, la sierra está muy dividida. Todo campesino pose un trozo de suelo, o, al menos, la mayoría de los campesinos. No hay fundos o latifundios como sistema, aunque puede haber alguno –muy raro- por excepción. No hay, pues, en esa enorme zona Cuestión Agraria.
            En la región que llamaremos sur-occidental, la tierra está, en su mayor parte, en manos de unos pocos terratenientes, que posen enormes latifundios. Con ello logran dos cosas: dedicar poco esfuerzo y hacer mucho dinero. Poco esfuerzo, porque, con enormes extensiones, por poco que dé cada cuadra, rinden, en total, mucho dinero. Hay numerosos propietarios de tierra que tocan más allá de 1.000 pesetas cada día, sin poner esfuerzo alguno.
            De ahí tres consecuencias: atraso nacional, vicios en los ricos, politiquería palaciega. Todo junto produce el tipo del meteco, vacío, ridículo y afeminado.
            a) Atraso nacional. Tierras fértiles como las andaluzas podrían dar una producción enorme, en cantidad y calidad. No la rinden. Rinden más, comparativamente, Cataluña y Asturias, de suelos malos y duros. La razón está clara. El “señorito”  dueño no se preocupa de riegos, de siembras calificadas, de cultivos intensivos, de maquinaria moderna, de avances químico-agrícolas, de nada. Necesita, por ejemplo, 2.000 pesetas diarias para sus necesidades y sus vicios; para sus comilonas, sus lujos, sus licores, sus juegos y sus mujeres abundosas. Obtiene esas 2.000 pesetas diarias, con las 200 pesetas que rinde, mal cultivada, cada una de las 4.000 hectáreas que posee. Claro que, cultivando bien esas 4.000 hectáreas, podría hacer producir 5.000 pesetas a cada una, o sea, 20.000.000 al año.
            No le importa. Su degeneración integral no necesita más que un millón. Y ni la orden individual ni razones patrióticas y sociales le mueven.
            Patrióticamente ¡qué enorme producción con una agricultura científica y un amo capaz! Exportaría España enormemente y a precios sin competencia. Surtiría de todo producto agrícola a Europa entera. El Fisco se surtiría con abundantes contribuciones y una caja fiscal inextinguible. Ventajas, por todos lados.
            Socialmente ¡cuán distinta la vida del pueblo! Abundancia de cosechas calificadas trae baratura de la vida y, por lo mismo, mayor valor adquisitivo de la moneda. Se podrían aumentar las parcelas enormemente con el gran rendimiento del suelo. El hogar del pobre se transformaría. Abundancia, paz y alegría. Los niños podrían mejor educarse y alimentarse. La familia podría satisfacer sus necesidades espirituales, ya con libros y revistas, ya con victrolas y radios, ya viajes y compras.
            E individualmente ¡cómo aumentaría la riqueza de los mismos terratenientes, ganando millones y no abandonando jirones de salud en las groserías del licor, de la ruleta y de las mujerzuelas!
            b) Porque este es uno de los males más terribles de ese sistema del campo español-meridional: contribuir cada día más a la degeneración del rico, convirtiéndole cada vez más en un ser inútil, cuando no perjudicial.
            La guerra de clase y el odio del pueblo contra el “señorito” ha tenido en la degeneración de éste el argumento más fuerte en su favor. Nada hay que merezca mayor desprecio  que una casta degenerada, que, perdida la dignidad interior, se pasa la vida en francachelas, comilonas y farras, sin más Dios que el placer ni más templo ni hogar que el Club, el Círculo, el lupanar y el flirteo deportista. Y, si esa casta degenerada se come los esfuerzos del pueblo, entonces al desprecio se une el odio y la lucha social.
            Nadie puede negar que a eso había llegado la nobleza terrateniente de España. Casta de depauperados, física y moralmente, con excepciones que resaltan más sobre ese fondo grisáceo, como el marqués de Cerralbo, el duque de Alba, el vizconde de Eza, grandes señores a la vez de la sangre y del trabajo.
            c) Más, no sólo la degeneración psicológica, uníase a ella el politiquerismo palaciego, llevando todos los víveres de la depauperación a la gobernación del Estado
            Esos terratenientes antipatriotas y antisociales habían arrancado de sus tierras y se habían radicado en Madrid, a la sombra del trono y dándose de golpes en el pecho ante un altar que ni comprendían siquiera. Y al rodear al Rey a base de camarillas directoras de una nobleza agraria que no residía en sus agros, se convertían en eje, centro y motor de la política. ¡Una casta degenerada, amo y gobernante de España! ¡Una casta sin sentido social de la tierra, sin ansias patrióticas, girando alrededor de esos dos polos que son el licor y la mujerzuela, dueños de los destinos de la nación!
            Y esos son los que disponían del mayor porcentaje del suelo nacional, según cifras absurdas, que ha publicado recién toda la prensa.
            He ahí el resultado de 14 provincias:
Porcentaje de extensión del suelo agrario

Provincias                    Fundos             Propiedad         Propiedad
                                                           mediana           pequeña
 1 Cádiz                       70%                 20%                 10%
 2 Sevilla                      63%                 20%                 17%
 3 Huelva                     60%                 19%                 21%
 4 Cáceres                   60%                 20%                 20%
 5 Ciudad Real              58%                 14%                 28%
 6 Granada                   57%                 17%                 16%
 7 Córdoba                   54%                 22%                 24%
 8 Málaga                     51%                 23%                 27%
  9 Badajoz                   49%                 25%                 26%
10 Jaén                        47%                 20%                 23%
11 Albacete                  40%                 20%                 30%
12 Toledo                     40%                 12%                 48%
13 Salamanca               38%                 14%                 48%
14 Almería                   29%                 31%                 40%

            Como se ve, una minoría de grandes terratenientes acaparan en estas provincias más de la mitad del suelo (51,85%), no perteneciendo a la pequeña propiedad más que el 27,64%, la propiedad mediana (20,51%) más bien ha de unirse a las grandes, con lo cual esta acapara el más del 72% del suelo útil.
            En otras cifras, une 15 millones de hectáreas de gran propiedad, ante 4 millones de hectáreas de pequeña propiedad.                       

Vll. El colono del latifundio español
            Más, lo grave no era, precisamente, esa posesión de tan gran porcentaje del suelo nacional por la nobleza madrileña, sin preocuparse del progreso agrícola. Esas enormes heredades necesitaban muchos brazos, aún cultivadas mal. Esos colonos vivían –viven todavía- en plena servidumbre, en situación no mejor a la de los braceros de diez siglos atrás. Y es este el aspecto inhumano e inmoral de la de la hegemonía agraria de la minoría poseedora. Bien puede decirse que regiones enteras con no menos de 8 millones de habitantes, formaban el rebaño de esclavos al servicio del “señorito” madrileño.
            Tenemos a la vista una carta que un piadoso cura de Extremadura escribía a un diario de Madrid meses antes del advenimiento de la República, sobre la condición inaguantable de sus feligreses pobres, explotados por los terratenientes abusadores.
            Más parece cuento fantástico que no pintura exacta de la realidad, hecha por un hombre de corazón y veraz:
            “Es tan espantosa la condición –dice en uno de sus párrafos- de esos infelices colonos, que uno piensa en si tienen más que el nombre de cristianos los que de tal modo de ellos usan y abusan. Al lado de ese vivir, habían de ser felices los siervos de la Edad Media que, si no nadaban en la abundancia, sabían que contaban con comida suficiente, techo, capas y la mano fraternal de la Señora que debía poner bálsamo sobre las llagas… Esto clama al cielo y si no han podido lograr la Moral y la Religión, obligando al acaudalado que se llama cristiano, a serlo de verdad, no lo realiza el gobierno repartiendo por la fuerza la tierra de los colonos, la revolución que se nos prepara será de proporciones espantosas…”
            El campesino andaluz que vive en un ambiente natural pródigo, está sujeto a la penuria más primitiva. Vive en casuchas pésimas, y, la mayor parte del año, debe contentarse con menos de una peseta diaria para toda la familia; acompañada de un mal gazpacho, plato primitivo que tiene su equivalente en todas las tribus bárbaras.
            De ahí la miseria moral andaluza –la región de las maravillosas fertilidades agrícolas- y el ambiente de revolución que se ha respirado en estos últimos tiempos en aquella región acaparada por unos centenares de nobles moral y psicológicamente depauperados. De ahí las huelgas continuas, la quema de cosechas, la invasión de fundos a mano armada por parte del populacho explotado, la caza del patrón, las violencias de todo orden… gases tensos y acumulados durante siglos de opresión social en el alma colectiva de un pueblo sano y sufrido.
            La trascendencia de la cuestión agrícola sobre la paz social y la calma política, se ve claramente bajo el ángulo de la miseria popular. No se trata, simplemente, de necesidades económicas y problemas de riqueza. El latifundismo trae en su seno la alteración de la paz social, al verse sancionada por la ley la expoliación del pueblo por parte de una minoría incapaz. Y hoy, como en los días romanos de los Gracos, las revoluciones populares reconocen causas más hondas que los caprichos de los “meneurs”, las ambiciones de algunos militares y la nerviosidad del oposicionismo.
            De ahí la necesidad de una Reforma Agraria, que constituía uno de los problemas primarios de la política nacional.
            Un interesante estudio sobre el problema de la propiedad en España, hecho por un escritor muy alejado del socialismo –publicado últimamente en Madrid- comienza así:
“El problema fundamental para la prosperidad económica nacional, para la salud pública, para el mejoramiento y bienestar del individuo y para la tranquilidad y bienestar social es el problema de la tierra. Tierra mal repartida es tierra torpemente cultivada y, por consiguiente, escasamente productiva, y esto trae como consecuencias: la soledad y desamparo de los campos, el éxodo rural, la congestión de ciudades mastodontes y tentaculares –ciudades sirenas que atraen para destruir- la agricultura rutinaria, al absentismo, el parasitismo, las luchas sociales y la miseria, causa principal de muchas enfermedades y muchos delitos.
            Hay, pues, que ir a la solución pronta, pacífica, radical de este problema, procurando por todos los medios posibles dar a todos los hombres un pedazo de tierra que poseer, que cultivar, que hermosear y que enriquecer, y en él un hogar amplio, cómodo, sano, independiente, en que llevar vida higiénica y en qué desenvolver sus facultades, en interés propio, en interés de la familia que hayan fundado y en interés de la nación a que pertenezcan.
            España, por sus recursos naturales, por su variedad de climas, por sus dilatadas y hermosas costas, por su escasa densidad de población que a veces no llega a 15 personas por kilómetro cuadrado; por su cielo sereno y su sol esplendoroso –alegría, fecundidad y salud- por el desnivel de sus ríos caudalosos que dejan peder mucha fuerza y mucho agua fecundante, por los encantos de sus ciudades históricas, puede ser una nación populosa, rica, feliz, si en ella se resuelve el problema de la tierra, haciéndose que ésta, equitativamente repartida y sabiamente aprovechada, cumpla la gran función social que le está encomendada: la de suministrar trabajo, albergue y pan al individuo; la de proporcionar recursos económicos al Estado para sus funciones públicas; la de ofrecer riqueza, salud, bienestar y paz a la sociedad entera.
            Hay que cambiar radicalmente las condiciones de la tierra española  y modificar el actual régimen jurídico de la propiedad territorial para que la tierra deje de ser instrumento del placer egoísta de unos pocos, en perjuicio del bienestar general. Hay que evitar la tremenda injusticia social que suponen grandes extensiones de terrenos escasamente productivos, pertenecientes s un solo dueño, mientras millares y millares de labriegos que desean trabajar carecen de tierra que cultivar y de casa sana y cómoda en qué vivir. Hay que hacer producir más intensamente a nuestros campos y repartir equitativamente la riqueza producida. Hay que descongestionar ciudades de elevadas cifras de mortalidad y morbilidad y desparramar su población por la periferia en nuevas urbes construidas con arreglos a nuevos principios de Arquitectura de ciudades. Hay que sanear comarcas pantanosas. Hay que repoblar montes destruidos por un vandalismo egoísta y torpe y antipatriótico.  Hay que canalizar y aprovechar el agua de nuestros ríos que vierten infructuosamente en el mar 60.000 millones de metros cúbicos al año. Hay que luchar contra enfermedades tan destructoras y tan fácilmente envidiables como la tuberculosis, el paludismo, la avariosis, el tifus. Y hay que llevar al campo despoblado al ciudadano capaz”.

Vlll. La acción de la Dictadura
            Inútil es decir que los viejos gobiernos de los partidos históricos no se preocuparon jamás del Problema Agrario.  La politiquería, el sostenimiento de las “Instituciones” –entendían por esa palabra todo un régimen antisocial de despotismo- le llamaban todo el tiempo. De ahí el advenimiento de la Dictadura que –con perdón de las actuales Cortes- fue saludada con entusiasmo por la inmensa mayoría del pueblo español, harto de política pequeña.
            Pero, desgraciadamente, la Dictadura no supo llenar su misión. Entretenida en cosas materiales, descuidó el espíritu. Y uno de los problemas que no supo embocar con la necesaria energía fue el de la tierra.
            No es que no hiciera nada. El problema llamó varias veces a las puertas del Gobierno, especialmente por la actitud social de ese excepcional cura gallego que es Basilio Álvarez. Y Primo de Rivera, empujado constantemente por su ministro Aunós, tuvo que hacer algo.
            Fue muy poco, por no decir nada. Porque nada es la aplicación de remedios cutáneos cuando la enfermedad es médula e interior.
            Redimió los censos del suelo gallego, lo cual si era un gran problema nacional, no tocaba la médula de la cuestión agraria andaluza. Sin embargo, fue aquella una medida social de importancia, para la cual se necesitó no escasa energía. Toda la politiquería anterior a la Dictadura, y no pocos amigos de la Dictadura, se apoyaban en Galicia en esa injusticia social del suelo de Galicia. Primo de Rivera se impuso, y los “foros” y otros abusos fueron resueltos.
            Al lado de esa medida de interés gallego, una política mansamente expoloneadora de la mayor extensión de la propiedad. El Estado compró algunos fundos –una gota de agua en el mar- y los vendió a plazos largos a familias labriegas. Varios nobles vendieron fundos a sus colonos en las mismas condiciones.
            Y no más.
            Claro que no era esto lo que necesitaba. Quedaban intactos los grandes feudos andaluces del señoritismo madrileño. Los coto de caza incultos continuaban divirtiendo a la majestad del rey que se expansionaba. Andalucía -Primo de Rivera era andaluz- continuó como antes: un enorme rebaño de siervos de la gleba, explotado por una minoría de palaciegos degenerados y de politicastros aprovechadores.
            Y, al advenir la República, el Problema Agrario quedaba intacto. ¿Cuántas veces lo habíamos recordado, desde estas modestas columnas, al Dictador? Inútilmente.

lX. Los campesinos se desmandan
            Consecuencia lógica: : al advenir la República, los campesinos andaluces se echan a la calle, gritando, presionando, exigiendo a derechas y a torcidas. Es tan reciente esa agitación, cuyos últimos coletazos todavía duran, que podemos pasar sobre ella con prisa relativa.
            Diarios de clase, interesados, más que en sentar responsabilidades, en combatir éste o aquél régimen, nos hablan de esas indisciplinadas andaluzas como fruto de la República. Estarían más o menos en lo cierto señalándolos como hijos legítimos de una Monarquía capitalista, que explotaron circunstancialmente –lógicamente- cuando la monarquía cayó. ¿Por qué, al advenir la República, no hubo rebeliones entre los campesinos vascos o catalanes?
            Bandas de labriegos se lanzaban, hoz en mano, por rutas y caminos, adueñándose de la situación. Invadían fundos y se los repartían.  Asaltaban almacenes de cosas sobrantes y se las comían. Quemaban ritos y cosechas. Asediaban a mayordomos y patrones, cazándolos como fieras.
            La Guardia Civil tuvo que imponerse  a tiro de ametralladora. Era la República que salía a la defensa de los malos dueños del suelo. Hubo verdaderas batallas campales, en las cuales grupos de mil y más campesinos plantaban cara a 500 guardias civiles bien armados. Y murieron muchos: patrones, campesinos, guardias civiles. Sangre derramada en los albores de la República por mano y culpa del régimen anterior. Quien siembra injusticias recoge sangre y tempestades. España podía haber ido un nuevo México, una nueva Rusia. El régimen agrario andaluz y el mismo que privaba en acallar dos países, sin distinción alguna. No lo fue por obra de la energía de la República en salir al encuentro de masas que querían tomarse la justicia por sus propias manos.
            Lo que ha pasado a causa de esos desmanes ha sido mucho y grave. Lo que ha pasado –y hubiera podido pasar- es mucho más grave todavía. Desde el día de los Gracos o de los “pagesos de remensa” catalanes, nunca una revolución de sentido agrario se había realizado con menos desórdenes, con menos víctimas, con una mayor consideración a la causa caída de los que se van.
            Esa es la realidad, para quien tenga un poco de sentido histórico y también un poco de corazón. Que no lo reconozcan algunos sólo quiere decir que les faltan esas dos cualidades matrices de toda crítica recta.

X Texto de las Bases para la Reforma Agraria  (no va copiado aquí: se extiende entre las páginas 20 y 30 de la revista).

XL Resumen de la Ley
            Sería ridícula cosa negar la altísima importancia de esta ley, que, considerada en sus grandes líneas, no titubeamos en colocar a la cabeza de toda la legislación actual sobre Reforma Agraria en el mundo.
            Para entrar en una crítica de ella, tenemos interés en reunirla y llamar la atención sobre algunas de las disposiciones de sus 24 bases.
            La 1ª hace efectiva la ley desde su publicación en la Gaceta, y la hace retroactiva al 14 de Abril de este año, anulando toda venta, arriendo, etc. que, incluyendo una simulación efectiva, hubiesen realizado los dueños de tierras. Muchos dueños de fundos habían, desde Abril, simulado una venta a súbditos extranjeros, que estos habrían podido hacer efectiva en cualquier momento. Era necesaria esa capacidad retroactiva, para anular mañoserías y no tolerar camuflajes antisociales.
            La base 2ª declara urgente y total la Reforma Agraria en las 14 provincias que vienen marcadas en el mapa adjunto. En las demás provincias, se hará la Reforma sólo en los suelos del Estado y en los de viejos señoríos heredados. Cuando se quiera extender la Reforma a otras provincias, las Cortes tendrán que votar una ley.
            La base 3ª encarga la ejecución de la reforma a un Instituto de Reforma Agraria que se ha creado ya.
            Las dos bases anteriores diseñan los medios materiales para iniciar la Reforma: un mínimum anual de 50 millones en Presupuestos, poder de emitir Obligaciones Hipotecarias, etc.
            La base 4ª crea la Comunidad de Campesinos a la sombra del Instituto de Reforma Agraria. E impone a éste la obligación de crear especiales Instituciones de Crédito para que los nuevos propietarios puedan contar con dinero de explotación.
            La base 5ª señala qué tierras son expropiables, constituyendo un verdadero record de audacia y a la vez de prudencia. La base 6ª señala las excepciones. Y la 8ª la obligación de pasar alimentos a los ex propietarios que queden sin medios de subsistencia. La expropiación es a base del 1 al 20% en dinero inmediato.
            La base 7ª crea un censo de fincas y la 1ª un censo de campesinos.
            La base 12 indica que las parcelas se podrán dar a base industrial a cada campesino, o a base cooperativa a varios de ellos.
            La base 17 hace obligatoria la organización  de Cooperativas de Crédito, de maquinaria, de consumo, de animales, etc. entre los favorecidos.
            La base 22 hace reducibles los censos catalanes llamados “rebassa morte”, con lo cual una minoría de nobles se hacían con una renta no ganada exorbitante.
            La base 23 obliga al Instituto de Reforma Agraria a organizar la enseñanza agrícola así como la divulgación agrícola entre los nuevos colonos.

Xll. El espíritu de la Ley
            Toda la Ley tiende a las siguientes finalidades, que ni siquiera son socialistas, porque pertenecen a los principios de la Democracia Cristiana.
            a) Subdividir la propiedad agrícola  centrando cada hogar campesino a un trozo de suelo propio. Es este el gran principio anticomunista, cuya realización tocaba concretar a gobiernos monárquicos que se llamaban católicos, y que no aceptaban los principios sociales de la religión que decían profesar;
            Apenas es necesario insistir sobe la necesidad de sacar la riqueza agraria “mal acumulada –León Xlll- en manos de unos pocos, que dominan a la inmensa multitud de trabajadores, reducidos a una condición que se diferencia poco de la de los antiguos esclavos;
            b) Limitar la propiedad agrícola, poniendo un tope al afán materialista de riqueza, cuya posesión trae la hegemonía política y social;
            c) Ligar al campesino a la tierra, cortando el absentismo rural, y la hipertrofia de las ciudades, una de las calamidades más terribles del régimen individualista acaparador del suelo nacional;
            d) Obligar al terrateniente a ponerse al frente de su tierra, bajo pena de perderla. Es decir: cortar la vena metálica al “señorito” madrileño, que prostituía su ociosa vida en la  gran ciudad, pagando sus corrupciones con sangre y sudor de las masas que, allá abajo, llorando y gimiendo, trabajaban para él;
            e) Mirar por la paz social, poniendo coto al Comunismo mediante la posesión de propiedad por parte de la clase campesina; y
            f) En resumen, que el suelo español sea de todos los españoles que lo trabajan, y todo él sirva a la riqueza nacional y bienestar y armonía entre las clases sociales.
            “Es esto Comunismo? No es, ni siquiera socialismo. Quien lea a los escritores de la Democracia Cristiana y del Neo-Escolasticismo sabrá que es eso, precisamente, lo que ellos declaran justo y necesario.
            Y tenemos -otra vez- el caso estrambótico de que realicen los principios sociales de la ley de Cristo los hombres que se declaran y son irreligiosos, mientras los que se llaman cristianos no quieren saber nada de todo esto.
            Obra magnífica. Obra de sabios y estadistas, pero, por encima de todo, de hondo espíritu social, sobre cuya esencia –detalles aparte- no podríamos poner un solo “pero”.
            Esta ley ha de abrir al agro español una nueva Era, cuyos frutos se tocarán bien pronto.

Xlll. Puntos notables de la Ley
            Queremos insistir sobre algunos puntos, que creemos notabilísimos, de esa Reforma Agraria.
            a) El párrafo 5º de la base 5ª, tiene un interés excepcional. En él se declaran expropiables las fincas adquiridas para especular, o, simplemente, para percibir renta. Notable determinación.
            Quien negocie en bolsa de suelos, para lucrar en la negociación, no merece consideración del gobierno, y menos, todavía, consideración social. El especulador es, en llanas frases, un vago que está al acecho de la buena fe de otros para cazarles sin trabajo lo que a ellos les ha costado ganar. Es un zángano y a la vez un ave de rapiña social. Y la sociedad debe hacerle el vacío y extirparlo como un mal tumor. Al afirmar esa Ley Agraria que las tierras tenidas para la especulación serán expropiadas a viva fuerza, sienta un principio de orden social básico y sano.
            No sólo contra el especulador. Es expropiable la tierra del que sólo la tiene para percibir la renta, es decir, del paso capitalista pasivo, que aspira a vivir del trabajo ajeno.  Otra base de moral social de enorme importancia. La doctrina cristiana afirma que el que no trabaja directamente, por rico que sea, aún sin necesitar el fruto del trabajo, peca gravemente. Kart Meve añadía que las cosas son de los que las producían. San Pablo y el Soviet –un unísono que parece absurdo y ahí está- dicen que “el que no traba no coma”.
            Si a esta consideración acerca del trabajo obligatorio, añadimos la del absentismo rural, se comprenderá la importancia de esta base. Quien quiera trabajar directamente la tierra tiene derecho preferente sobre quien no la trabaja, percibiendo sólo la renta.
            b) La base 6ª, nota que no serán expropiadas las fincas –aunque sean de gran extensión- que estén ejemplarmente cultivadas.
            Base magnífica que delata, no sólo un anticomunismo esencial, sino un elogio al capitalismo sano, honrado y patriótico.
            Aquel que posea una gran finca, enteramente cultivada, interesantemente trabajada, con aplicaciones de la química agrícola y de la mecánica industrial; que trate al trabajador como Dios manda, interviniendo éste en las ganancias del negocio; que lleve una racionalización moderna en la producción, éste merece del Estado y de la sociedad el más profundo respeto. Es un valioso ejemplo vivo. Que sus tierras el Estado se las respeta con los honores de una excepción  que honra a la vez al agricultor exceptuado y al gobierno que sabe exceptuarlo.
            c) El límite de la extensión de las fincas rústicas era igualmente necesario. Todos, convidados al banquete de la vida. Por tanto, todos con limitaciones a la posesión del suelo nacional.
            Ello obligará, además, a intensificar los cultivos y a cientificar la agricultura. Quien ganaba $1.000 diarios, cultivando unas 5.000 cuadras, tendrá que estrujar el cerebro para sacarlos de 50 cuadras regadas.  Cierto que pueden dar los $365.000 al año, o sea $7.300 por cuadra. Pero, sólo a fuerza de trabajo mental y corporal. Con ello, las actividades de los ciudadanos tendrán que centuplicarse y la producción nacional tendrá que aumentar, al fin, enormemente: lo que producían 5.000 hectáreas deberán producirlo cincuenta hectáreas.
            d) La base 12, apartado d, echa los cimientos de numerosas Ciudades Lineales o Ciudades Radiales, que van a surgir indefectiblemente. Crea la propiedad-casa, rodeada de un huerto, en cantidad de varias casas en forma de nueva aldea que nace.
            Extraordinaria importancia de esa base. Está  en juego, aquí, la solidez de la familia suburbana, el pingüe negocio de huertos y jardines, las ventajas de la mujer que puede tener en casa un pequeño negocio de granja, la salud de los hijos, la descongestión de las ciudades.
            Problema máximo, que de realizarse en gran escala, constituirá de los mayores elogios que podían hacerse a los políticos que de tal modo han sabido venir al encuentro de la población modesta de los grandes núcleos urbanos.
            e) La misma base 12, letra i, sienta otro principio de enorme trascendencia social. Cualquier grupo ciudadano tiene derecho a tierras para lograr con su explotación fondos de mantenimiento para seguros sociales o sostenimiento de centros de cultura.
            La trascendencia de esta base es extraordinaria. En Alemania y Estados Unidos hay Universidades y Municipalidades que se mantienen explotando bosques o campos. Hay establecidos, incluso, sistemas de jubilaciones a base de la explotación de bosques.
            Iniciar esto en España habrá de revestir interés grande. Es esta una iniciativa que tendrá de generalizarse cada día más a los demás países.
            f) El “asentamiento” del labriego al suelo de que habla tanto la ley, es otra idea feliz, que concilia principios que gente superficial cree contrarios.
            Santo Tomás escribía que nadie es dueño de su propiedad, sino que ella es de Dios y que el hombre sólo la tiene en usufructo condicionado. Póngase el Estado en lugar de Dios, pues el Estado el concretador de la autoridad, y llegaremos a la teoría de que el suelo es del Estado –o de todos- pero que cada propietario lo tiene en usufructo libre y perpetuo, pero limitado, honesto, social.
            Es la buena teoría en la cual concuerdan, en el fondo, escuelas tan distintas como la cristiana y la socialista. O ha sido feliz la idea de “asentar” a los nuevos poseedores de la tierra, en el sentido de usufructo limitado, lo cual no quita nada a los caracteres de la verdadera propiedad.

XlV Una contradicción elocuente
            No sin intención he aludido varias veces a los ideales sociales del cristianismo, que quedan perfectamente concretados en una ley como esta de Reforma Agraria. Ella es, ampliamente contraria a los postulados socialistas y no digamos si a los comunistas. En cambio, si se consultan las encíclicas papales, los libros de los filósofos de la social democracia y el Programa de Rótterdam, el más torpe ve que esta ley agraria es una pura aplicación de los principios cristianos.
            Siendo esto así, cualquiera admitía una conclusión lógica: los elementos católicos habían de estar al lado de una Reforma que entra de lleno en sus ideales.
            Ha sucedido lo contrario.
            La minoría agraria del Congreso ha votado en block contra la Reforma Agraria. Compuesta de latifundistas, o de representantes de ellos, su voto sería malo, pero lógico pero el caso es otro: esa minoría de recalcitrantes es la misma que se dice en las Cortes defensora del Catolicismo y de la religión. Es decir, que los únicos que se oponen a una reforma que emana de la sociología del Vaticano y de Lovaina, son los que se dicen fieles discípulos del Vaticano y de Lovaina.
            No sólo esos 30 diputados que tienen en más sus intereses que los principios del credo sociológico que están obligados a profesar. La prensa católica, con raras excepciones, ataca de frente la Reforma. Desgraciadamente, no ha sabido reconocer la verdad: que la Reforma es netamente cristiana y social; que no la supieron –no la quisieron- realizar los que se llamaban cristianos y la han llevado a la práctica hombres irreligiosos.
            Gravísima cosa es esa. Porque si escudándose en la Religión pueden ganar algo los latifundistas apoyada la religión sobre los latifundistas habrá de perder cada día más arraigo en las masas enormes del pueblo español, que, sabe forma la inmensa mayoría del país, es la parte más sana, sencilla y digna de protección.
            El Congreso español muestra varias cosas pintorescas, pero en forma tan absurda como esta: que las mismas tres docenas de diputados se llaman a la vez, católicos, capitalistas y monárquicos, oponiéndose al pueblo en nombre de la religión y enlazando lo sagrado de la fe con las instituciones caídas y los intereses privados liberales, condenados por el Papa.
            Simplemente absurdo. Pero absurdo vivo.

XV. El Instituto de Reforma Agraria
            Para la implantación de reforma tan trascendental, la ley dispone la creación de un Instituto Autónomo, que realice los tejidos sociales con autoridad plena y sin dependencias políticas
            Excelente camino.
            La administración directa del Estado es poco recomendable, si hemos de atenernos a los precedentes históricos, tanto españoles como ajenos.
            Pero había una razón superior: que algo que se puede tomar como venganza de una clase social, aunque no lo sea, no corra a cargo de los gobiernos, esencialmente políticos y partidaristas. Una reforma agraria ha de ser algo nacional y superpartidarista.
            El Instituto de Reforma Agraria ha sido creado por ley especial. Consta de un Consejo y una Asamblea. Esta orienta y legisla. El Consejo ejecuta y realiza.
            a) La Asamblea la forman:
            17 empleados superiores técnicos de la Administración, por razón del cargo que tienen, la mayor parte de ellos, Directores Generales de algún servicio técnico;
            14 representantes de obreros campesinos, elegidos por sus sindicatos;
            14 representantes de patrones terratenientes, elegidos por sus sindicatos o asociaciones; y
            14 representantes de arrendatarios, elegidos por sus colegas
            Como se ve, es una asamblea paritaria, que responde a los dictados de la Ciencia Social, del todo alejada del Comunismo. La preside el Ministro de Agricultura. Se reune al menos una vez al año, es decir, un período de sesiones.
            b) El Consejo lo forman 12 empleados superiores, 8 representantes de terratenientes, 2 de los arrendatarios y 2 de los campesinos.
            Se reúne al menos dos veces por semana. Cargos retribuidos
            Este Consejo se subdivide en 6 subdivisiones: técnico-agrícola, jurídica, administrativa, financiera, agraria y docente-disculpadora.
            Los empleados serán por oposición; no, nombrados por el Gobierno.
            Quien desee completar conocimientos sobre ese notable Instituto, puede ler la ley que lo crea, publicada en Septiembre pasado. Es de un interés excepcional.
            Ese Instituto es un acierto más. A la vista de la Reforma Agraria ya realizada en tantos otros países, creemos esta organización como algo muy superior, que deberá ser muy tenido en cuenta en los tratados sociológicos.
            Quien tenga a su cargo, como Director del Instituto, llevar la batuta de esa Reforma Agraria, tendrá una responsabilidad enorme ante la historia y la paz social. Se trata de una Nueva Era agraria, para lo cual tiene en su mano una ley excelente y un Instituto bien generado.

XVl. Consecuencias de la Reforma
            ¿Podría continuar el suelo español en manos de unos pocos; de unos pocos todavía palaciegos; y, encima, que no se preocupaban un ápice del interés social y económico de las tierras que detentaban?
            No podía. Sólo la monarquía, que vivía en la atmósfera rarificada de esa nobleza holgazana y de hecho antipatriota, podía tolerar tal cosa. Y, todavía, ilógicamente: porque esa monarquía se quería llamar católica y todas las enseñanzas pontificias tiran a lo contrario de un estado social tan injusto.
            ¿Cómo emboca esa Reforma Agraria la nueva era? Excelentemente. No hay humana cosa sin manchas. Pero esa ley, en su substancia, no las tiene, aunque pueda tenerlas en sus accidentalidades. Es una reforma que nada tiene que ver con el Comunismo y ni aún con el Socialismo: reforma científica, lógica, de orden, caída de lleno dentro de los postulados de la Democracia Cristiana.
            Las consecuencias que la reforma va a provocar han de ser interesantes.
            a) Van a convertirse en pequeños propietarios rurales un promedio de 70.000 familias cada año, es decir, millón y medio de familias en 20 años. Ellas abarcando no menos de 8 millones de habitantes, o sea, casi la totalidad de la población rural paria actualmente.
            ¿Se pueden calcular las consecuencias a favor del orden y la paz social, de esa conversión del obrero en dueño de su trozo de tierra?
            b) Millones de hectáreas incultas van a ser cultivadas intensivamente, porque la pequeña propiedad para que rinda, no pude ser mal cultivada.
            Si tenemos en cuenta que Valencia, que no representa la cuarta parte de Andalucía, y Cataluña, que tiene un suelo pésimo, producen actualmente más que Andalucía ¿qué riqueza no va a producirse en la enorme extensión del excelente suelo andaluz? ¿Cuánta riqueza particular? ¡Cuánto tributo a la Caja Fiscal? ¿Cuánta base para una mayor explotación? ¿Cuánta base para el abaratamiento de las subsistencias, impuesta su abundancia?
            c) Bloqueo económico de más de 20.000 familias que acaparaban sin trabajo el suelo nacional, eje de todos unos 3.000 hogares nobles, cuya nobleza en decadencia consistía en una vida palaciega, atriba de juicios y liviandades y vacía de todo sentido patriótico.
            La nobleza, si quiere comer, tendrá que cuidar las tierras que les queden en su poder. Y será esto otro motivo ventajoso, porque reintegrará al trabajo a miles de individuos que eran los zánganos de la colmena social.
            Quedarán sin base, por lo tanto, los vicios madrileños, en el sentido de clubes, mujeres, juegos y licores.
            Dos mil familias nobles, con rentas enormes, matarán esa prostitución capitalina. Con dineros que les ganaban otros, que, por lo mismo,  no les hartaba ganar, botábanlo a mano llenas por todas las rutas grasientas de la liviandad.
            d) Echará fuera de las grandes ciudades a la clase media empleada, a base de Ciudades Lineales en el cinturón exterior de las grandes urbes, con pequeñas huestes familiares, por el estilo de las murallas que se ven en Holanda, Bélgica y Dinamarca.
            e) Desterrará el caciquismo rural que se basa en el señor del latifundio, que manda y dispone de su rebaño de inquilinos, arrendadores y braceros.
            Esa figura antipática, eje de la politiquería partidarista, desparecerá con la limitación de la propiedad señorial y el tener cada campesino su tierra, su negocio, su dignidad de productor amo de los suyo.
            Podríamos ir alineando ventajas, a surgir de esa Reforma Agraria española, verdaderamente notable. Basten las indicadas, para comprender su enorme trascendencia que, con el Estatuto Catalán, votado en la misma sesión de Cortes, marcará época en la historia moderna del pueblo español.

XVl. ¿República versus Monarquía?
            ¿No veía todo esto la Monarquía, que hacía perdurar a su sombra el viejo régimen de detentación agraria por parte de una minoría vacua de privilegios? De no querer comprender que ese era su deber ¿no comprenderá al menos, que eso era su conveniencia si quería contar con el amor del pueblo?
            No vio nada de esto. No comprendió nada de esto.
            Al caer la Monarquía escribíamos en estas columnas un artículo en el cual sosteníamos  una tesis que tuvimos la suerte de ver apoyada por hombres como Marañón y Ortega y Gasset. Era ésta:
            El pueblo no es republicano. Tal vez lo será. Pero creer que lo es, es cosa errónea. El pueblo no ha ido a la República. El pueblo se ha ido de la Monarquía. Lo cual es muy distinto. Y no se ha ido de la Monarquía por ser Monarquía, como podría hacerlo un ideólogo, sino por la actuación absurda e inepta de la Monarquía.
            Por tanto –recabamos una consecuencia- si la República no sabe actuar mejor, realizando todo aquello que necesita el pueblo español, el pueblo no la legitimará con su voto. En otras palabras: la caída de la Monarquía y el advenimiento de la República no es un cambio superficial de régimen, sino que debe ser un cambio substancial de sistemas, resolviendo –intentando resolver, cuando menos- la docena de grandes problemas que necesita solucionar el pueblo español, descuidados, abandonados por los hombres del régimen caído.
            Ahora bien: esa ley Agraria representa uno de los grandes problemas, que quedará bien resuelto para el país y también para la República que sabe encontrar el camino del aplauso popular, con una estrategia que habrán de cuidar los torpes políticos del trono caído.
            Cambio de sistema, más que cambio de régimen. El régimen en sí no nos importa. Y en tanto la República podrá hacerse necesaria al pueblo español en cuanto sepa, cada día más, pulsar las necesidades substanciales y buscarles una solución medular.
            La Ley Agraria es un gran acierto en este sentido.