33 02 a ME

El último movimiento anarco-sindicalista español Mundo Español  02/33 p. 6-8

1. Nuevos desórdenes extremistas
            Otra vez el panorama político español ha sido perturbado por hondas conmociones, que han alterado profundamente el orden público y han ocasionado buen número de muertos.
            Hacía tiempo que venía hablándose de la preparación de un movimiento anarquista, organizado por los sectores más extremos del llamado en Cataluña Sindicalismo Único, asociación que, desde veinte años atrás viene siendo el eje de todos los sucesos sociales  en la región catalana y en otras provincias donde tiene fuertes ramificaciones. Los intentos debían explotar más o menos el 10 de Enero; pero la intervención de la policía motivó que fuese avanzada la orden de levantamiento, realizándose éste el día 8.
            El centro de la rebeldía en Barcelona  fue el local social de los obreros metalúrgicos, casi en su totalidad afiliados a la lll Internacional moscovita y al ideario anarquista. Hubo allí resistencia firme; y la policía tuvo que apelar a medios contundentes para apoderarse del Cuartel General de los sublevados, aunque dentro no logró apresar a nadie.
            En todos los alrededores de Barcelona, barios de intensa vida proletaria, explotaron diversos focos rebeldes. En el Clot los grupos obreros aclamaban al Comunismo Libertario, presionando a los trabajadores para que se plegasen al movimiento. En el Palacio de Justicia, que linda con un barrio obrero, se hallaron unas cien bombas de dinamita a punto de ser usadas. En Sans los pistoleros estuvieron a punto de surgir en sus propósitos. Los cuarteles de la ciudad fueron sin excepción atacados, aunque ninguno tomado. La estación central fue asimismo atacada, pero los asaltantes fueron rechazados.
            En varios pueblos catalanes repercute el movimiento. En Prat del Llobregat grupos compactos intentan apoderarse de la Escuela de Aviación Militar, siendo rechazados por los soldados. En Ripio, ciudad muy fabril de la Alta Montaña, cae la Municipalidad en poder de los comunistas, proclamando el Estado Comunista Libertario. En Tarrasa y Sabadell pullan numerosos grupos sospechosos. En Manresa hay serios desórdenes. En fin, en toda la zona industrial obrera la agitación repercute seriamente.  
            Fuera de Cataluña tiene también lugar serios desórdenes. En Madrid los grupos extremistas rodean los cuarteles y los campamentos de Carabanchel y Cuatro Vientos, haciendo fuego contra la guardia que no quería rendirse. En Tabernes (Valencia) son cortados los postes telefónicos y la Guardia Civil es atacada por grandes grupos. En la capital de esa región explotan numerosos petardos. En Cuenca se apaga la luz y prueban de surgir desórdenes. Oviedo es puesto bajo estado de guerra, a causa de movimientos misteriosos de las zonas mineras. En Cádiz prueban los sindicalistas de declarar la huelga general. En diversas ciudades de otras regiones los grupos sorprendidos por el avance de la fecha revolucionaria, están nerviosos, debiéndose a esta circunstancia el que, afortunadamente, no haya alcanzado el movimiento mayores proporciones.
            Los resultados, confesados, han sido unos 40 muertos, más de cien heridos y algunos centenares de apresados. Sangre nuevamente. Odios nuevos en uno y otro sector por todos lados desastrosos efectos, salvo en las administraciones de los periódicos, que habrán hecho una vez más su Agosto. Y una fortísima represión por parte del Gobierno republicano, que ha procedido, y se comprende, con rigor no superado por los ministros del rey dictatorial en días que pasaron.

2. ¿Quiénes son los anarco-sindicalistas?
            La enorme masa obrera que se concentra en los alrededores de Barcelona, así como en todas las ciudades de la cuenca del río Llobregat, está dividida en dos sectores, que a matar se contradicen mutuamente. Por un lado, la protesta anarquista. Por otro lado, los obreros que, en más o en menos, profesan ideales cristianos, habiendo pertenecido antes a los fenecidos partidos tradicionalistas.
            La idea anarquista es vieja en Barcelona y sus alrededores. Data de la última década del siglo pasado. La hicieron surgir los políticos monárquicos, al hacer la gran ciudad catalana centro acogedor de todos los anarquistas expulsados de Italia, de Francia, de Rusia y de otros países por los respectivos gobiernos.
            Liberales y conservadores, el rey en medio, no toleraban que esos detritos sociales se acantonasen en Madrid. Hacían todo lo posible por hacerles la vida grata en Barcelona. ¿No se llegó a decir en Cataluña que Moret los pagaba incluso, para que metiesen el terror y el desorden en la ciudad catalana, que no se prestaba a ser reducto de aquellos perversos políticos?
            Recuérdese, hacia 1905, el período de las huelgas terribles, salpicadas con bombas de dinamita. Recuérdese aquel proceso en que se probó que algunas de esas bombas fueron puestas por jefes de la policía. Se llega hacia 1919 –unos catorce años atrás- y surge la guerra a muerte entre anarco-sindicalismo y los elementos patronales, capitaneados estos por el Gobernador de la Provincia entonces, general Martínez Anido.
            Días de groserías desmanes y salvajismos.  Los sindicalistas matan, matan y matan, cayendo al filo sus cuchillos varias docenas de patrones. Contra esas salvajadas del Sindicato Único, organízase el Sindicato Libre, protegido desde el Gobierno Civil, y caen asesinados varios dirigentes obreros. Era el salvajismo declarado, en los mejores días de la Monarquía. Madrid no se preocupaba.
            Surge la Dictadura y cesa todo como por encanto. Las causas fueron dos. La severidad de Primo de Rivera y la política favorable a los obreros del dictador. Con los gobiernos civiles sabían bien los anarquistas que la sangre no llegaría al río; que serían, al fin, bien tratados. El Dictador había de proceder de otro modo. Y su rigorismo hizo efecto inmediato. Por lo demás, sabido es que Primo de Rivera, al perseguir a los partidos, hacía una excepción decidida con los grupos obreros, cuya organización favorecía por cualquier medio. De ahí arranca la fuerza del socialismo español en Castilla. También, la fuerza pacífica del Anarco-Sindicalismo en Cataluña.
            Al proclamarse la República, los anarco-sindicalistas se dividen en dos grupos: uno, moderado, que aplaude al coronel Maciá y le da sus votos. De ahí la enorme votación de este caudillo en Barcelona. El otro grupo, el de los intransigentes, se aísla y reinicia sus fervores accionantes hacia los extremismos todos. Sabemos como los extremistas en Barcelona no dieron sus votos en las últimas elecciones a Maciá, saliendo este vencedor, pero con la mitad solo de votos comparados con los que antes había tenido. Solo lo habían votado, ahora, los catalanistas netos, pero no los miembros más o menos anarco-sindicalistas.
            En efecto, la República se prestaba, al entender de esos extremistas, al desarrollo de sus intentos. Hambre en los hogares desocupados. Ideales de libertad extremada en discursos y proclamas. República de Trabajadores en el primer artículo de la Constitución.  ¿Qué se deseaba más para que esos obreros creyesen llegada la posibilidad de instaurar su reinado?
            En Enero del año pasado –cabalmente ahora hace un año- hicieron su primera probatura, y precisamente en la misma zona de hoy día. Toda la cuenca del Llobregat se alza. El Comunismo es proclamado en varias municipalidades. Sólo Barcelona no estaba en el movimiento. Aquella revolución ácrata –de la cual hicimos aquí una crítica-fue vencida, enviando el Gobierno no menos de 20 mil hombres armados al campo de la rebelión. Los vencidos jefes fueron desterrados al África y otros lugares menos lejanos.
            Los que quedaron substituyéndolos iniciaron inmediatamente la organización de una nueva rebeldía. Esta ha explotado ahora, habiendo sido fácilmente vencida.

3. Posible causa del movimiento
            Los diarios han hablado de las diversas causas de una conspiración perenne que explota cada tanto tiempo.  Y han apuntado unos hacia los Monárquicos, otros hacia Moscú, otros hacia otros lados, ansiosos todos de hallar la verdadera causa del mal, y estar de este modo en camino de un posible remedio.
            No nos parece posible que el dinero que los sublevados llevaban en abundancia procediese de bolsillos monárquicos. El síntoma “cui prodest” está, aquí, en contra de una suposición semejante. Sólo monárquicos de cerebro vacío –y no negamos que la especie exista, aunque no nos parece lógico suponerla abundosa en partidarios- podrán haber subvencionado un movimiento que, si hubiera podido molestar a la República, al fin y al cabo es a los ricos a quienes habría molestado más especialmente.
            España, en estas horas mundiales de reivindicaciones proletarias, está ante histórica bifurcación de su camino: o tira por ese de una República más o menos socialista de orden, o va derecha al Comunismo. Un tercer camino no existe. Una restauración monárquica, que carecería de importancia por el lado de monárquica, no tiene las menores perspectivas de posibilidad por el lado aburguesado, camarillero y anticuado socialmente.
            Ante aquellos dos posibles caminos –y serán muchos los monárquicos que reconocerán ser los únicos posibles- no cabe la menor duda  respecto a lo que les toca hacer en estos instantes. No sabemos lo que el azar nos depara para futuros más o menos alejados. Pero en la actualidad, el noble y el rico que no están con la República están contra sí mismos. Esa es la situación de las cosas, por mucho que interese a algunos que la situación fuese otra muy distinta.
            No creemos viable, por lo mismo, la afirmación de que los monárquicos habrían pagado la rebelión. Sería suponerles faltos del instinto de vida, completamente deschavetados y locos. Y no parece cuerdo llegar a tales apreciaciones.
            Si el dinero era abundante, como se dice, no cabría otra suposición que suponerlo llegado de la lll Internacional moscovita. No diremos que ello sea así. No hay la menor prueba de ello. Pero es innegable que ello sería lógico y comprensible. Para esto está, precisamente, la lll Internacional, y no para otra cosa. Más todavía, cuando algún diario ha hecho volar esa suposición, no sabemos que se haya protestado de ello desde Moscú. Sin embargo, hay que confesar que el método de las suposiciones, aún siendo contra Moscú, no es el más perfectamente aceptable.
            Es ancho ese campo de posibilidades, y el atacante de hoy con suposiciones improbadas puede ser mañana el atacado por el bando contrario mediante las mismas armas.
            Este dinero, de haber existido, sería el instrumento material económico del movimiento. No podría ser la causa eficiente de él. La pregunta del título, pues, subsiste: ¿dónde estaría la causa del movimiento?
            No hay que buscar específicamente la causa de “este” movimiento, sino la causa y razón de ser del total movimiento anarco-sindicalista del Sindicato Único, que es actual desde tantos años atrás y del cual la actual rebelión es uno de tantos episodios.
            La causa lejana de ese movimiento es la general a todos los movimientos obreros del Orbe, tan claramente explicada, no ya por Carlos Marx, sino por las luminosas ideas de León Xlll a Pío Xl.  La Cuestión Social. Es decir, un desequilibrio insostenible entre una clase-minoría y otra clase-mayoría. Los abusos del Liberalismo económico de los últimos siglos, provocadores de la catástrofe integral en que nos debatimos. ¿Para qué hablar más de cosa tan conocida? La forma que ha tomado la protesta tiene escasa importancia, sindicalista en unos países o regiones, socialista en otros, anarquista en otros, etc. etc.
            La causa segunda, ya más próxima, de ese movimiento está en el enriquecimiento súbito de los patrones en Cataluña en los días de la guerra, sirviendo material más o menos caro a los beligerantes. Las masas obreras, que no se enriquecieron a la vez, acentuaron su oposición a un régimen económico que no daba al trabajador parte de las utilidades que el trabajador precisamente ganaba. Distanciación acentuada. Un abismo más hondo.
            La causa que se puede reputar más próxima sería el creer que la implantación de la República era ocasión propicia al implantamiento de una nueva sociedad, en la cual, los papeles trocándose, los dictadores fuesen los obreros y los oprimidos fuesen los ricos.
            Leyes sociales adecuadas y humanas no habían sabido salir al paso, con la rapidez necesaria, a esas injusticias de la organización económica. ¿Podemos decir que en 1925 aún Chile está más avanzado en legislación social que España?
            La dictadura realizó a tambor batiente buena labor social. Pero muy incompleta. Y la mayoría del país podía sospechar que el Poder Público no era más que para la minoría; que era, por lo mismo, necesario voltearlo. De ahí puede surgir todo: el bien y el mal; la convicción ciudadana y la bomba de dinamita destructora.

4. La socialización armónica rentada por la República
            Afortunadamente, dos hechos interesantes han ocurrido en los últimos años: la instauración de unas Cortes que nadie podría llamar capitalistas y la promulgación de una Legislación Social avanzada.
            Las Cortes españolas están formadas, en su 90%, por elementos obreros, ya obreros auténticos, que pertenecen a la vez a los oficios más humildes y al Congreso; ya profesionales votados por los obreros, y, por lo mismo, con mandato imperativo obrero. Siendo ello así ¡podrá darse una mejor situación para los obreros, teniendo en sus manos el instrumento legislativo? ¿Habría motivo para una revolución contra un gobierno obrero, hecha por los obreros?
            Cuenta que, al decir obrero, entendemos empleado, campesino y soldado, pequeño propietario, artesano, pequeño terrateniente. Es decir, pueblo. O, si se quiere, la antitesis de la clase capitalista,  que domina generalmente en provecho propio a la mayoría de asalariados.
            Por otra parte, ese Gobierno no se ha cruzado de brazos ante la Cuestión Social, sordo a los clamores de las masas. Ha realizado una enorme labor legislativa en su favor, en los pocos meses andados, y muy superior a cuanto había hecho la monarquía por siglos. Y aún puede añadirse que ningún país ha realizado tan intensa labor socializadora en tan pocas semanas.
            Actualmente acaba de salir a luz la Compilación de Leyes Sociales dadas por la naciente República. Es un voluminoso libro, que interesa, más todavía que por el volumen y la cantidad, por la calidad de esas leyes votadas por las Cortes republicanas. Ley organizadora del Ministerio del Trabajo, a base de oficinas técnicas directamente creadas por y para obreros y demás asalariados. Ley sobre las 8 horas máximas de trabajo y las 7 horas máximas tratándose de mineros. Ley sobre tribunales paritarios, sacando la justicia social de los tribunales ordinarios, organizados por y para una clase social dominante. Ley sobre reforma agraria, que hemos estudiado en esta Revista, tan avanzada, a pesar de ser una ley de Orden, como en ningún país se haya hecho. Otras múltiples leyes sobre numerosos sectores que estaban intactos de la actual inaceptable organización social.
            Cuando todo esto se hace para el trabajador ¿es admisible que el trabajador se rebele contra ese estado de cosas y procure votarlo por la borda? Sería lógico –y así lo hacen- que fuesen los desplazados, los que abusaban, los enemigos del trabajador los que procurasen derrocar lo existente. Pero es difícilmente concebible que la oposición, y tan violenta, proceda de los trabajadores mismos.
            De ahí la extrañeza que causan esas revueltas anárquicas en España. Aunque, a decir verdad, la palabra anárquica explica todo. Se trata de un mal que tiene sus raíces en los días de la Monarquía, en los cuales el terreno estaba abonado para que el trabajador se rebelase contra un estado de cosas que le era adverso. Elementos extranjeros expulsados hicieron escuela en Barcelona, prendiendo sus disparates en la leña seca de los abusos patronales, en unos días en que el capital, en todo el mundo, no se preocupaba más que de sus propios intereses. Y la propaganda hizo su efecto, soplada ahora desde los poderosos y activos hornos de Moscú.

5. Hay que reaccionar contra esto
            Sería cada día más necesario que en España se reflexione más sobre temas como este, que han ser abocados a estudio con perfecto sentido práctico
            Los potentados tienen aquí harto acopio de material para hundirse en reflexiones que tocan a su situación presente y futura directamente.
            Ellos han predicado a los obreros y empleados, durante cien años, que el sufragio individualista era el ideal democrático y justo; que ese sufragio es el generador legítimo del Congreso; que el Congreso es absolutamente soberano, pudiendo hacer y deshacer libérrimamente; que eso es la ley y nadie derecho a rebelarse contra ella.
            Pues bien: ¿quién impediría ahora al Congreso obrero votar una legislación confiscadora y echar a la calle al capitalista? Ello sería una barbaridad y un atropello: concedido; pero no serían los que han defendido este sistema los que podrían quejarse del despojo. Serían ahorcados con la propia cuerda que ellos tejieron.
            Esto, por el lado pacífico. Por el lado revolucionario, la cosa empeoraría todavía. Los asalariados constituyen una mayoría enorme, ante la cual la minoría posidente quedaría absolutamente inferior y desamparada. Los resultados son de prever, y nadie puede dudar hacia donde, al fin, se inclinaría la balanza del éxito.
            Consideraciones de esta clase aconsejarán cada día más a los patrones prudentes apoyar, más que hacer oposición, a gobiernos moderados como el de Azaña; a una República moderada como la actual en el sector económico, que reconoce claramente el derecho de propiedad privada y sabe emplear la Guardia Civil  contra las que la atacan violentamente. La más elemental prudencia los llevará a los patrones por ese camino de cordura sabia. Un desvío manifiesto y continuado provocaría inmediatamente la reacción extremista contraria, con la enorme mayoría proletaria en su favor. El Comunismo en perspectiva.
            Los obreros y desheredados tienen que pensar más todavía. Puede admitirse que existe una minoría loca y deschavetada que anda siempre fuera del campo de la prudencia y de la conveniencia. Pero la mayoría de proletarios ha de pensar que la República ha hecho en su favor todo loo que se podía –y más, tal vez, si se consultara un criterio prudente- y que es con una dócil sumisión al poder, y una propaganda ordenada en caso de discrepancia, como puede ser favorecida la causa de los trabajadores.
            La voz de Rusia no ha de ser escuchada. Un país que ha rechazado el  Comunismo, que no practica ya bajo ningún aspecto, y que no se empeña en predicarlo para que lo adopten los demás países, no procede con corrección honrada.
            Se impone en España la concordia, aún discrepando las clases sociales, como es lógico. La discrepancia no supone forzosamente el puñetazo, la bomba y el puñal. Hablando, las gentes se entienden. Y el momento mundial, y mucho más el momento español, más es para hablarse mutuamente y avenirse y transigir mutuamente, que para romperse mutuamente la crisma.
            Pasamos a una nueva Edad. Los patrones han de entender que es inútil cuanto hagan para impedirlo. Los proletarios han de comprender que una nueva Edad no quiere decir que ellos, como clase social, tiranicen sobre los demás.
            Reflexionemos. Los sucesos anarco-sindicalistas se prestan magníficamente a una serena y honda reflexión. Quien no lo haga, y se deje llevar, ya de la pereza mental, ya de actitudes prejuiciosas poco meditadas, tendrá que llevarse las manos a la cabeza. En la realidad social, el no meditar se paga siempre.