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Amadeo Vives, creador de la moderna lírica española Mundo Español  02/33 p. 20-27

l. El Escenario
            En los albores de este siglo, como 25 años atrás, reinaba en Barcelona una agitación espiritual enorme.
            La había motivado, como causa ocasional, la debacle de las guerras coloniales últimas, con las cuales se puso fin a la no interrumpida serie de reveses que, desde los días sangrientos de Rocroi, estaba sufriendo el poder militar de España. la guerra de Cuba había mal terminado. Peor todavía la de Filipinas. El enorme poder material de Norte América había caído sobre el fango hediente de la política española, que, a las órdenes de aquellas eminentes nulidades que se llamaron Cánovas y Sagasti, no hacía más que vivir al día con un ejército de hambrientos sobre la hacienda de la nación.
            Los historiadores superficiales, que se pagan de los títulos, las cortezas y las oriflamas, nos hablan de aquellas “eminencias” que fueron aquellos dos políticos, así como de la magnífica personalidad de la reina María Cristina. Nada más falso, y, a la vez, nada más criticable. Aquellos dos jefes de partido, desconocedores a fondo de cualquier problema político, fueron maestros en politiquería, en organización de la doble pandilla liberal-conservadora que comía sobre el país, de un caciquismo repugnante, que comenzaba en lo rural, entregados los pueblos a la voracidad de los ladrones de aldea encubiertos bajo el manto político de autoridades constituidas, y acababa en las covachas ministeriales de Madrid, desde donde la tragedia era dirigida y usufructuada. Todos los problemas quedaban por resolver, y cada hora traía un nuevo problema al viejo acervo de las cosas insolutas.
            En medio de esas pandillas y de la honda tragedia nacional, aparecía como queriendo cubrirlo todo con un manto de femenina protección, la reina madre. Los panegíricos que se han escrito acerca de ella, formarían volúmenes.  Se nos ha hablado de su piedad desde los púlpitos, demasiadamente dados a las cosas de los potentados. Se ha hecho lengua de sus virtudes familiares, entre ellas las del ahorro, llevada a sus últimos extremos. Se ha querido canonizar con cualidades privadas una absoluta inepcia gubernamental, que merece recordar las palabras ejemplares de Menéndez Pelayo sobre los dos últimos Carlos de nuestra dinastía borbónica: “Buen hombre, excelente caballero, que habría sido tal vez un buen alcalde de aldea, calamidad política, responsable de largos pasos en el camino de la decadencia nacional”.
            Entre esa decadencia se hallaba el Ejército español. Aquellas huestes que en los reinados de los primeros Austrias habían conquistado media Europa, ampliando las conquistas del ejército catalán en Italia desde el siglo XlV; aquellos Tercios que, con todos sus horrores, hijos de la época, habían dado días de gloria inmarcesible a las armas hispanas, venían sufriendo, desde los adentros del siglo XVll, continuos traspiés y castigos. Y la política conservadora-liberal no hacía más que mirar con impasible torpeza esa decadencia y aún acentuarla, mezclando los ejércitos con la política, intensificando la burocracia militar con más de 780 generales, presentando vistosas revistas sin elemento militar alguno.
            Así encontraron a la política y al ejército las tragedias de Cuba y Filipinas. Una enorme cáscara vacía. Unas ansias de heroísmo, sin el menor medio para sacar de él fruto alguno. Una enorme apariencia con la nada en el interior. Y, cuando esos ejércitos eran despedidos con los entusiasmos de un pueblo narcotizado y engañado por una prensa desleal y criminosa, que cooperaba ampliamente en esa decadencia nacional, nadie veía –si exceptuamos un núcleo de intelectuales de Barcelona y ese gigante que era en Madrid Pi y Margall- que se echaba al mar una enorme y pintarrajeada cáscara, que había de ser fácilmente aplastada por la bota, bien mercantilizada, por cierto, de Yankilandia.
            Vuelto a España el ejército destrozado y maltrecho, surgían dos corrientes, que habían de intensificarse día a día. Por un lado, el trabajo y el comercio, que acababan de perder por el Tratado de París sus más pingues mercados coloniales. Por otro lado, los intelectuales, que en Madrid tomaban el camino protestatario de la llamada Generación del 98, mientras que en