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Pequeños comentarios sobre acontecimientos españoles. Grandmontagne ha muerto. Mundo Español 07/36 p. 27
El peñón de Gibraltar, espina clavada en el corazón de España Mundo Español 07/36 p. 38-44

            El formidable periodista español, que comenzó en España, se formó en los grandes diarios de Buenos Aires y retornó a España en los últimos años de su vida, acaba de morir en una aldea de la costa cantabrica.
            Grandmontagne era un erudito, un gran ponderado. Español de cuerpo entero, llevaba nombre francés. Y no parece sino que ese nombre lo había dotado de aquella “mesure” que es característica de Francia.
            El gran periodista escribía, desde hace veinte años, artículos largos para “La Prensa”. Y sabía de tal modo ocultar sus ideas ante la objetividad de los hechos, que sus críticas resultaban siempre, no sólo verídicas, sino objetivas, es decir, jamás dominadas por el prejuicio.
            Con él ha perdido España uno de los tres  ponderables cerebros que saben no ser sectarios: Grandmontagne, Osorio y Gallardo y Azorín. Procedían de campos opuestos, y pensaban lo mismo, y juzgaban de la misma manera.
            Con él se va del mundo de los vivos el ante penúltimo crítico. Porque entre mil críticos de nombre y oficio, apenas uno entre mil puede encontrarse.

El peñón de Gibraltar, espina clavada en el corazón de España
Mundo Español 07/36 p. 38-44

            Se habla en España, otra vez, de Gibraltar. Se rememoran historias, se destacan necesidades,  se habla, incluso –y ello es señal de vergüenza salvadora- de dignidad nacional. Y es necesario que el problema deje de ser cosa de cuatro locos y otros cuatro estudiosos, para que pase a ser problema vivo nacional. Para que el pueblo lo tome a pecho y exija que la cuestión sea convenientemente resuelta.
            Echemos una ojeada sumaria sobre un problema que tan íntimamente toca a la dignidad de España.

l. Allá en los tiempos de un rey extranjero
            A fines del siglo XVll moría en Madrid un idiota coronado que se llamó Carlos ll. no tenía cualidad alguna recomendable. Por o tener, no tenía hijos. Y dejaba la corona a merced de las más agudas ambiciones europeas.
            Carlos ll, hijo de aquel otro degenerado que se llamó Felipe lV, era un mal hombre y un mal rey. Dedicaba su vida particular a perseguir manolas y turbar la paz de los conventos en busca de novicias apetitosas. Tenía todos los vicios, aunque sin características, sobresalientes. Aún en el vicio, un vulgar ciudadano, que no habría pasado de gañán, si la desgracia no hubiese deparado a España la mala suerte de hacerlo nacer en las gradas de un trono.
            Como rey, se limitaba a cobrar y a pillar lo que a mano le viniese. Gobernaban cuatro palaciegos depravados. Y tenía vara alta en palacio un jesuita tonto –cosa rara- que tenía metida en la cabeza del rey que estaba hechizado, y que tenía necesidad de exorcismos y asperges. Y el rey se lo creía.
            Carlos ll, el Hechizado, no se preocupó jamás de los negocios de gobierno. Sus ministros, menos todavía. Y así andaba –es de suponer- el carro español. Los agricultores abandonaban los campos infectados de ladrones. El comercio estaba arruinado. El ejército en la degeneración más honda. La hacienda, limpia y sin blanca. Y “la marina de España, dos navíos y una tartana”.
            Al morir –lo único bueno que hizo, él también, fue morirse- dejaba el trono español a merced del que tuviese más agallas. Se lo disputaban los dos pueblos en aquel tiempo más