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Siempre sobre el abismo Mundo Español  08/36 p. 3-4
Las últimas Andanzas del Inventor del Autogiro Mundo Español  08/36  p. 37-41

            En el número de Junio escribíamos un largo artículo titulado “Intolerancia”. La dirección de “Mundo Español” lo colocaba en primera página y acertaba: porque el mal máximo de España, hoy día, no son las Derechas ni las Izquierdas, los blancos o los rojos, los monárquicos o los republicanos. Ni siquiera son el mal máximo los comunistas y los anarquistas. El mal máximo es la Intolerancia.
            Allí pintábamos con hechos –de otra manera no hubiera tenido fuerza el artículo- como en todas partes y sectores no reinaba más que la más burda y salvaje intolerancia. Poco podíamos prever que, a los pocos días, una guerra social sin nombre viniese, no solo a dar fe de nuestra tesis, sino a elevarla a los más extremados límites de la posibilidad.
            Porque en España no hay Derechas ni Izquierdas, y menos hay diferencias.  No hay más que un Odio solo, que une a todos, aunque estén colocados en distintas casillas del tablero. Odio ciego, animal, de hombre rudimentario, que no tolera que el de enfrente piense, haga y proceda como le dé la real gana, y mata por matar, es decir, para ponerse el matador en el lugar del matado.
            No hay ideales de Izquierda en ese sector compuesto de veinte grupos solo unidos por el odio a los de enfrente, sin tener un ideal fundamental común. No hay ideal de Derechas en ese sector opuesto de otros veinte grupos incompatibles en sus programas… si es que alguno de esos grupos de uno y otro lado tiene programa verdaderamente defendido.
            Y, no siendo el Odio prolífico, no amando cada cual sus ideales, sino aborreciendo los del contrario, el porvenir será igualmente malo triunfe quien triunfe. Si triunfan las Izquierdas, no tienen programa común y continuarán operando en odio a los otros. Si triunfan las Derechas, tampoco tienen programa y entre dos escasos puntos comunes hay la siguiente aberración de cerebros desequilibrados: “el unitarismo antiespañol afrancesado es lo español auténtico”.
            Es que no aman. Odian. No aman su programa. Odian el de los otros. Y, si esos otros son autonomistas, en vez de alegrarse por coincidir, se irritan y van contra el autonomismo. Y así de los demás problemas fundamentales.
            Hace poco, en Suiza pidieron los comunistas unas reformas fiscales. Reformas comunistas, cierto, porque no iban a hacer rezar una oración.  Y a las derechas de Suiza no les ocurría gritar ni insultar: un plebiscito. Se celebró. Los comunistas tuvieron unos 42 votos de cada cien votantes. Perdieron. Bueno. No se irritaron.  Otra vez será y se lanzaron a nueva propaganda.
            Pocos años atrás una parte de Suecia, llamada Noruega, declaró querer hacerse independiente. No se irritaron los suecos. ¿Para qué? Cada cual se manda a sí mismo. Celébrese un plebiscito. Se celebró. La inmensa mayoría de Noruega votó por la independencia. ¿Podía irritarse Suecia? Nada de esto. Encontró natural que los noruegos se gobernasen como les diere la gana. Y quedaron tan amigos.
            Es que son pueblos que no odian. Es que son comunistas y derechistas que aman apasionadamente sus ideales; no, odian a sus contrarios. Al revés: encuentran muy natural que sus contrarios piensen contrariamente.
            Cuán lejos está de esa serenidad la España bravía –bravo es sinónimo de indisciplinado, no sujeto a ley- de este siglo, hija legítima de la España bravía del siglo pasado.
            Nuestros abuelos se asesinaron mutuamente en 7 guerras civiles que duraron 18 años, y en 52 asonadas cuarteleras y revoluciones militares en el resto de los otros 82 años. A motín, tiros y asesinatos por cada 18 meses. Y sus nietos no parecen haber escarmentado.
            Concluirá esta guerra. Todo quedará igual… excepto los muertos y las ruinas. Si triunfan las Izquierdas, odio, persecución, incomprensión, incapacidad. Si triunfan las Derechas, odio, persecución, incomprensión, antiespañolismo, incapacidad.
            Hasta que, puesto que el pueblo es incapaz de gobierno, aparezca el Mal Menor: el hombre que meta una mordaza a las Izquierdas, otra mordaza a las Derechas y empuñe el látigo: contra el obrero salvaje, contra el patrón salvaje.
            Pero este hombre no apareció todavía.